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Taller Literario de Salinas

¿El mundo al revés?

Me hallo sumido en el marasmo, le dijo Severino a su compañero de sillón, pero este que dormitaba plácidamente mientras un hilillo de saliva resbalaba por la comisura  derecha de su boca hasta caer en una gastada chaqueta gris no lo oyó.

                ¡Pascual! ¡Qué me hallo sumido en el marasmo! ¡Mira lo que están contando en la televisión! ¡Qué no entiendo nada!  - repitió en voz más alta Severino -. Pascual cabeceó, miró con los ojos entrecerrados a Severino y sin decir nada volvió a inclinar la cabeza, esta vez hacia el lado izquierdo mientras un hilillo de saliva comenzaba a resbalar por este lado de su boca.

                Severino miró a su alrededor deseoso de contarle a alguien lo que en ese momento pasaba por su cabeza. Pascual, insensible a sus voces, seguía durmiendo. Angustias, amarrada a su silla de ruedas con una cincha que la sujetaba a la altura de la cintura para que no se cayera hacia delante, miraba fijamente la televisión. Severino la descartó porque estaba sorda como una tapia. Clementina, aferrada a su toquilla de color malva, estaba obsesionada con los robos y cuando alguien intentaba hablar con ella prorrumpía siempre a gritar:

- ¡No!. ¡No me la quitaréis!. ¡Desgraciados!. ¡Ladrones!. ¡Socorro!. ¡La toquilla no me la robareis!

                 Anselmo y Marina sentados enfrente de él y cogidos de la mano cantaban una canción mientras que Ramiro enfadado los amenazaba con su bastón para que se callaran. Silvina, una coqueta y menuda anciana, acariciaba con sus finas y blancas manos el pelo de la muñeca que tenía sentada en su regazo. Hilario haciendo equilibrios en el borde de la silla  se balanceaba hacia delante y hacia atrás mientras repetía en una letanía monocorde:

- “lunes, martes, miércoles”, “miércoles, martes, lunes”, “lunes, martes, miércoles”, “miércoles…”.

                Carlota con su flácida humanidad repantigada en el sillón y sujetando con su mano derecha el tembleque de su mano izquierda, intentaba conversar con su vecina de asiento que estaba concentrada en enrollar y luego desenrollar una madeja de lana rosa.

                Severino miró hacia el pasillo y vio venir a Manolo que caminaba a trompicones pues su medio cuerpo vivo arrastraba a su otro medio cuerpo muerto. Detrás dos cuidadoras se acercan con paso firme y ágil. Llegan a la salita y comienzan a ayudar a los ancianos a levantarse para ir llevándoselos uno a uno a sus habitaciones. Es la hora de acostarse.

- ¡Ande Severino, cójase de mi brazo! ¿No tiene sueño? ¿Qué tal pasó el día?

- ¿Sabes María?

- ¡Dígame Severino!

- ¡Qué me hallo sumido en el marasmo!

- ¿Cómo? Pero…  ¿Qué quiere decir con eso?

- Es por una cosa que escuché hoy en la televisión. Tengo muchas dudas pues no sé si habré oído bien

- Pues cuénteme, cuénteme Severino, que si puedo yo lo saco de la duda.

- Ahora mismo estaba yo viendo un programa de televisión en el que salía una pareja que estaba esperando un niño y…

- Que las parejas esperen niños es algo muy normal Severino – le interrumpe la cuidadora-

- Ya, pero es que en esta pareja el que iba a tener el niño era el hombre, ¡era un hombre embarazado!

- ¿Que el hombre estaba embarazado? ¿Cómo puede ser eso? – la cuidadora mira extrañada a Severino –

- Bueno, es que exactamente no es así. Creo que no me expliqué bien.  El hombre antes era una mujer, pero quería ser un hombre y ahora es un hombre, pero un hombre embarazado. ¡Y Patricia ahora es Patricio!, ¡que hasta tenía un poco de barba!, ¡que yo lo vi!. Y su pareja, la mujer, antes era un hombre y como quería ser una mujer, pues ahora es una mujer…  pero una mujer con pene. ¡Y la mujer con pene dejó embarazado al hombre que antes era mujer!.  ¡No me mire tan raro María que no chocheo!, ¡qué era un hombre embarazado!, ¡un hombre que antes era una mujer!. ¡Y la mujer tenía tetas pero también tenía pene!, ¡que yo lo vi!, ¡qué lo decían en la tele María!

- ¡Ay!, ¡Ay! ¡Severino!, ¡Severino! Lo que yo creo es que se quedó dormido y empezó a soñar con el marasmo, el hombre embarazado, la mujer con pene y ¡que sé yo con que más habrá soñado!

- ¡Que no María!, ¡que no!, ¡que no soñé!, ¡que sólo es que el mundo está al revés! Que después de esto ya no me queda nada por ver.

                Severino se queda triste y entra en su habitación pensando que ya ni con las cuidadoras puede hablar. María,  mientras se aleja por el pasillo murmura muy quedo:

- para uno que todavía tenía la cabeza bien…

 

Xeres

MALDITAS VACACIONES

MALDITAS VACACIONES

"Me hallo sumido en el marasmo" lo sabía, sabía que iba a acabar así si no me salía con la mía; no tengo nada que hacer, no me apetece salir o ir al cine como me dice Tona, la asistenta, que no hace más que estorbarle mi cuerpo abandonado en el sofá solo cambiando de postura cuando me echa con la escoba para limpiar debajo de él, momento que aprovecho para ir al baño a hacer pis y de paso y por su monótona insistencia, a asearme un poco.
Han pasado ocho días, dos horas, cuarenta minutos y 10 segundos desde que salí por la puerta con gran pesar y desolación tras aquella cita con Elena. Todas mis expectativas se fueron al garete ante su negativa, no importaron todos los reproches que salieron por mi boca, inevitablemente, a pesar de haberme prometido a mi mismo, que no soltaría  nada de lo que más tarde me pudiera arrepentir.
No pude evitar aducir todos los argumentos posibles, con tal de poder quedarme el mes de vacaciones allí, bajo aquellas cálidas paredes de color verde que tanto me acompañan, y que son "mi hogar".
Rogué y supliqué, renuncié al sueldo correspondiente, pero Elena, inflexible me echó a la vorágine de la ciudad donde me siento como en la jungla, indefenso y anodino. Cuento las horas y los minutos que quedan para que acabe este infernal mes de Agosto.
Distrax

marasmo e impotencia

Me hallo sumida en el marasmo. No encuentro como salir de esta situación. No encuentro fuerzas para levantarme de este estado de postración y de este sentimiento de impotencia. Y todo por culpa del gas. Hace más de diez días que están por ponerme el gas. Y nada de nada.

Primero porque el instalador no había entregado un documento, después por que faltaba la fecha en el certificado, ahora porque la contrata es la que tiene que venir y no aparece mi número en la lista programada para los instaladores.

-       Hola, llamo para el alta de gas que pedí hace días y que me dijeron que venían ayer a instalarlo. He estado esperando desde ayer y …

-       Veamos a ver, aquí tenemos una contrata para la avenida el Campón número uno ----

-       ¡Pero esa no es la dirección!, no es el número uno, es el número 25, tienen un error debe corregirlo.

-       Nosotros no podemos, eso debe hacerlo el promotor, debe modificar el registro del certificado para nosotros hacer un nuevo contrato.

-       Pero no puede Ud, modificar en el ordenador y donde pone 1 poner 25

-       No, eso debe solicitarlo el promotor y con el nuevo registro hacer un nuevo contrato.

Y así unos días más sin agua caliente.

Por fin llegaron los del gas. Eso está listo, pero el agua sigue fría.

Ahora lo que falta es dar de alta la caldera, o poner en servicio la caldera, pero no podía pedirlo hasta tener gas. Ya tengo gas, pero ya es agosto, el de la caldera está de vacaciones, pero harán una excepción, hay un contratista que trabaja en agosto y puedo hacerlo, pero debe esperar, la programaremos y le avisamos…

 “Me hallo sumida en el marasmo de la burocracia”.

¿Quien me provoca?

¿Quien me provoca?

¿QUIEN ME PROVOCA?

 

 

Me hallo sumida en el marasmo… que frase tan bonita

 

-Cuantas  cosas enseñan los libros… (pensaba Laura) si al menos tuviese más tiempo para leer.

-Pero no, yo aquí perdiendo mi vida metida entre cazuelas todo el día y sin esperanza alguna de un cambio próximo

-Que cosa… quien habrá puesto esa botella tan extraña ahí… aquí no entra nadie, excepto yo. Bueno, como estoy un poco pasada… igual fui yo y no me doy cuenta.

-La tiraré a la basura y ya está.

Todo esto comentaba en voz alta. Los días para ella solo significaban soledad y pensaba que si no utilizaba la voz, esta desaparecería.

Siguió con su tarea, pues pronto empezarían las cenas y no quería reproches del jefe.

Al volverse para coger unas verduras, su rostro cambió de expresión; la botella que había tirado a la basura estaba otra vez en el lugar del principio.

Aturdida y confusa por el hallazgo, decidió apuntar en un papel, la hora y el momento en que de nuevo volvía a tirar la botella.

Continuó con su trabajo preocupada- ¿y si estoy perdiendo la memoria? El jefe no dudará ni un momento en despedirme.- No debo ponerme nerviosa; seguramente son los nervios que me están tomando el pelo. El trabajo y mi vida son los causantes del trastorno, seguro. -

Pero la tranquilidad no iba a durarle mucho. Por tercera vez y como  una aparición , la botella seguía allí.

-¡Dios mío! Esto es obra del diablo… no puede ser… no estoy mal, yo no estoy mal.

-Hola Laura ¿Cómo estás? ¿Te ocurre algo? Parece que acabas de ver una aparición, estás muy blanca…

Laura, asustada, salió del restaurante corriendo tanto como sus fuerzas se lo permitían, intentando alejarse  lo más posible de aquel sitio maldito.

-Bueno… que chica tan rara, al jefe no le va a gustar esto; yo solo venía a recoger la botella para que nadie la vuelva a tirar ¡mujeres!

 

 

 

 

 

 

Bordex.

 

 

 

 

 

Buscando.

Buscando.

BUSCANDO…

 

Me hallo sumida en el marasmo

Los pensamientos golpean mi mente

Como alas de palomas prisioneras aletean

Buscando la libertad

 

No encuentran salida a tanto caos

Cantan voraces, unas tras otras

Y son lanzadas al aire

Como pétalos de rosas

 

Sus gemidos son oídos

Hasta en el más allá

Oídos, y no escuchados

Viajeras atónitas

Suben a la  Luna 

Para caer de nuevo

En ese remolino de aire

 

 Aire pesado y caliente

Cual lodo oscuro

Donde esconden los temores

Van al señuelo

Dejándose mecer por sueños

 

Un día tal vez, un día…

Consigan llegar

 

 

 

Bordex.

 

 

 

 

 

uno viejo que le ofreci a Dominique

Al entrar Carmela en el Cortijo vio a todos sus compañeros tirados en un charco de sangre.

Carmela, que llegaba tarde al entrar sonreía y de repente puso cara de espanto, al ver la cara que traía Carmela todos saltamos pensando que estaba a punto de darle un sincope. Nos acercamos y logramos tranquilizarla. Nos conto que venía de casa de Dominique donde se había comido unas setas, eso creía ella, que le habían caído mal y al entrar había tenido una visión muy extraña de todos nosotros en un charco de sangre.

Una vez tranquilizada Carmela empezó la cena, los cuentos, los aperitivos y las tapas especiales que había traído Tere. Vaya sorpresa a la media hora todos estábamos como Carmela cuando llego: colocados. Al empezar la reunión alguien había pasado unos pimientos de padrón rebosados hechos en casa que en realidad eran peyotes mexicanos a la romana. Su efecto era evidente.

Alejandro declamaba en voz alta uno de sus versos que rimaban en miento, eso sí con mucho sentimiento.

Begoña los traducía al inglés bailando sobre la mesa, mientras Encarna y Malala dirigidas por Dominique trataban de cantar en francés el “frere jaque, donne vous, sone le matiné ding dang dong”.

Maria que se había quitado las medias panty las tiraba al aire tratando de colgarlas de las aspas del ventilador del techo y Carmela la animaba mientras aullaba como un coyote.

Michael cantaba por bulerías tratando de imitar a Camarón de la Isla. Y gritaba periódicamente “que viva la merluza y los pimientos de Padrón”

En ese justo momento Alfonzo un poco achispado, con ojos de loco, saltaba detrás de la barra y acaparando todas las botellas de chupitos, rodeándolas con sus brazos las ocultaba del camarero, y con un paraguas las defendía cual Dartagnan mientras gritaba que eran suyas y de nadie más.

También nos enteramos de las causas del cierre de la Gaspara, porque la policía lo cerró al llegar de madrugada y encontrarnos en el local todos colocados. La merluza a la romana y los pimientos de Padrón que nos brindó Tere, realmente eran peyotes rebosados y las setas eran hongos alucinógenos mexicanos que la policía supuso contaminados con las setas leonesas que tenía el dueño de la Gaspara, pero eran en realidad los que importaba Dominique de Oaxaca en México a través de sus contactos de los bajos fondos.

Aunque la distribuidora de los hongos y peyotes más eficiente había resultado ser Tere, era sensacional la actuación que lograba con su disfraz de monja y la naturalidad con que se presentaba pidiendo donaciones en todos los bares y restaurantes de la zona que le había asignado Dominique. Esa misma tarde había logrado distribuir un alijo enorme de hongos y de peyote llegado la semana pasada.

A David que no le gustaban ni los pimientos de padrón ni la merluza, se preguntaba preocupado que había pasado, extrañado del comportamiento de sus alumnos siempre tan cuerdos y tranquilos y  muy serio nos informaba que la tarea para el próximo miércoles era escribir un relato sobre Carmela y un charco de sangre.

 

El baile de las ánimas

Cae la tarde, un cielo granate y ocre, quizá preludio de lluvia, oscurece mi habitación. Miro por la ventana y a la derecha, en la lejanía, veo el apéndice rocoso de la Peñona rodeado por  el mar, hoy tranquilo y apático. A la izquierda, más cerca y en lo alto de la colina, la torre de la iglesia de San Martín. Detrás y aunque no se ve, el pequeño cementerio donde están enterrados todos mis antepasados y con los que dentro de no mucho tiempo espero compartir morada.

                Hace un año que retorné a mi pueblo después de una larga y fructífera vida  y como famosa reportera y cronista de todo aquello que me ha tocado vivir recibo todas las semanas varias peticiones de entrevistas. Procuro en la medida que mi salud me lo permite atenderlas todas, pues considero que por un lado mantienen mi mente despierta y por otro puedo ejercer el maravilloso don de la palabra.

                Recuerdo con especial interés a un joven periodista de un diario local que se presentó en mi casa hace quince días. Al principio pareció ceñirse a un texto previamente marcado pero a medida que yo contestaba a sus preguntas saliéndome de esas pautas pareció liberarse de ataduras y fue más espontáneo y desinhibido en sus preguntas.  En un momento dado quiso saber cuál había sido el momento de mi aventurera  vida en el que yo había pasado más miedo. Me acerqué  a la ventana y señalándole el campanario de la Iglesia de San Martín le dije:

                “Mire joven, ¿ve usted ese campanario?, pues detrás, en una solitaria pradería, azotado por el nordeste y escuchando el faro de San Juan en los días de niebla hay un pequeño cementerio. Hace muchos años, una tarde de verano cuando yo tenía once, doce o quizá trece años, no recuerdo exactamente pues a veces la memoria empieza a fallarme…, pero no se crea joven, sólo en los pequeños detalles. Como le iba diciendo, decidimos subir una ociosa tarde de finales de agosto hasta el cementerio. No era la primera vez que lo hacíamos, nos gustaba merodear entre las tumbas, mirar los nombres de las lápidas, las fechas de su nacimiento y de su muerte y cuando veíamos que habían muerto jóvenes nos producía un sentimiento de tristeza. Nos deteníamos especialmente en aquellas devoradas ya por la maleza,  porque sabíamos que a los que estaban allí enterrados ya nadie los recordaba. En las tumbas sólo cubiertas por un pequeño túmulo de tierra y rodeadas por una hilera de piedras sentíamos pena porque pensábamos que de tan pobres ni para una lápida tenían. Y luego estaban las diminutas sepulturas de los niños,  separadas del resto y rodeadas por una pequeña verja de hierro pintada de negro, las más antiguas con carcomidas flores de plástico y las más recientes cubiertas de flores frescas. Dejábamos siempre para el último momento las sepulturas que tenían las lápidas rotas porque sabíamos que en alguna se veían los pelados huesos de los que un día fueron allí enterrados.

                Aquella tarde, entre juegos y risas pasó el tiempo y cuando llegamos al cementerio ya anochecía. Como la cancela de  hierro estaba cerrada saltamos la tapia que lo rodeaba por una zona donde el muro estaba semiderruido. No habíamos avanzado ni dos pasos cuando a una distancia de unos dos metros de donde nos hallábamos vimos unas extrañas fosforescencias que flotaban en el aire. Y pudimos comprobar aterrorizados que no sólo flotaban sino que se balanceaban como mecidas por el viento, que unas eran mayores que otras y que las formas y los contornos de estas luminiscencias eran cambiantes y diversas.

                Creo que a lo largo de toda mi vida nunca tuve la sensación de haber corrido tanto. Mis pies eran alados, pues apenas tocaban el suelo sino para coger el impulso necesario para que mi cuerpo se desplazara. Cuando por fin despavoridos nos alejamos del cementerio y bajamos la cuesta de San Martín, todavía aquel miedo oscuro y terrorífico recorría mi espina dorsal y mi mente permanecía embotada por la visión de aquel suceso, pues para mi en aquel momento era algo inexplicable y pertenecía al mundo de lo sobrenatural haber sido testigo de lo que decían era el baile de las almas de los muertos.

                Esto que le acabo de contar es el momento de mi vida en el que he pasado más miedo, yo, que he conocido el horror y el espanto más absolutos. Ni las bombas cayendo en los edificios al lado de donde yo me hallaba, ni las balas silbando a mí alrededor, ni soldados locos y borrachos de sangre armados hasta los dientes, ni masas enfurecidas sedientas de venganza  hicieron que volviera a experimentar una sensación de terror semejante a la que le acabo de narrar.

                Hoy se, que aquello que vimos aquel anochecer en el cementero no eran sino fuegos fatuos y que todo tiene una explicación científica y racional. No soy una persona creyente, no concedo ningún valor ni credibilidad a los fenómenos de tipo paranormal o de carácter pretendidamente sobrenatural pero aunque me avergüenza decirlo nunca en mi vida pude volver a un cementerio al anochecer. “

                Como me pareciera ver en los ojos de aquel joven cierta risa irónica ante mis últimas palabras, lo invité a que una tarde cualquiera cuando comenzara a anochecer se acercara a un cementerio. En ese momento bajó la vista y no hizo ningún comentario sobre mi invitación. Hoy he recibido en mi correo este escueto mensaje: “Yo tampoco puedo ir a un cementerio cuando anochece. Tengo miedo”

 

 

Xeres

 

Sincronías

Sincronías

-       Hola Michael, que bueno que llegaste

-       ¿Porque lo dices?

-       Porque tu mama se acaba de caer y aunque no parece nada lo mejor es llevarla al médico.

Al acabar la reunión, que aunque importante resulto muy pesada y molesta, tome mi coche y dada la hora, me dirigí a mi casa. Tenía que atravesar parte de la ciudad para tomar la carretera que iba hacia al sur y mientras pensaba distraído en la reunión fui conduciendo sin preocuparme de nada.

Eso creía, de repente me di cuenta que me había desviado del camino a mi casa y me encontraba en una urbanización muy al norte de la via, sector que conocía muy bien pues en esa zona vivía mi madre y mis hermanas. Y estaba justo en la esquina del edificio donde vivía mi madre.

Bueno ya que estoy aquí, pensé me acerco a saludarla. Pero mientras estacionaba el coche recordaba el concepto de “sincronía”, si había llegado aquí era por algo. Nunca pasaba por su casa entre semana, lo hice hoy distraído. Sin pensarlo. No era el azar, era para y por algo…

Mi madre, al caer se había roto el fémur y hubo que operarla de emergencia esa misma tarde. … alguna fuerza me llevó hasta ella.

En Psicología [tomado de wikipedia)] El psicólogo suizo Carl Gustav Jung denominó sincronizaciones a las coincidencias aparentemente inconexas pero muy significativas, y sugirió que "se debería estar deseoso de leer esos patrones ocultos".

Para F. de D.

Para F. de D.

 

F era un pintor de primera  pero no le gustaba que ella se lo dijera:

--No, no soy ningún artista pero me gusta aprender de los que sí lo fueron de verdad.

Por eso,  a la vuelta de cada  exposición  F solía enfrascarse en la reproducción de una de las obras que más le había impresionado.

Uno de los cuadros que a D le gustaba particularmente, y que F había copiado con auténtica maestría,  era el de una mujer sentada de espaldas; colocado en la pared frente a su cama era lo primero que D veía cada nuevo día al abrir los ojos. Se sabía ya de memoria esa nuca de piel muy blanca, el pelo recogido en un moño del que escapaba unos mechones, la blusa de tela de algodón grueso, el frutero de loza blanca encima de una mesa, y la pared de un color indefinido que servía de fondo a la escena; una escena donde, aparentemente, no pasa nada… inmovilidad total, cierta languidez en la postura de la mujer, y una extensa paleta de tonos grises  para un momento de profunda soledad y de silencio.

 Muchas mañanas, tumbada en la penumbra de su dormitorio, D se preguntaba, una y otra vez, cómo sería la cara de la mujer del lienzo; pero un día, estando aún al borde de la estrecha línea que separa el estar despierta del estar dormida,  D recordó con una intensidad inusual uno de los sueños que habían animado su noche.

En el sueño D terminaba de arreglarse para salir, cuando había visto cómo la mujer del cuadro se daba la vuelta para decirle con voz cansina:

--Abre la ventana de par en par,  que pueda oler la primavera.

Recordaba ahora con toda nitidez esa cara que tantas veces había intentando imaginar y le molestaba que, en su sueño, no fuera ni tan guapa, ni tan expresiva como a ella le gustaba creer.  A lo largo de todo el día aquel rostro corriente la fue siguiendo, y al llegar la noche se sentó frente al ordenador dispuesta a encontrar algún dato sobre la mujer que había servido de modelo a  Hammershoi , el autor del cuadro. Comprobó entonces que su nombre aparecía entre las noticias del día:

 

Gran hallazgo: un cuadro hasta ahora desconocido del  pintor danés Hammershoi, encontrado en un antiguo almacén.

 

Intrigada D amplió la noticia:

 

Por primera vez Ida Ilsted, la esposa del pintor, la mujer que siempre hizo de modelo en sus cuadros, sale de frente y….

 

En un lateral de la pantalla se podía contemplar el cuadro hallado; D interrumpió de inmediato su lectura y quedó perpleja frente al retrato de la mujer… Ida era idéntica a la mujer de su sueño: los mismos ojos, la misma boca, nariz, frente…

 –Es increíble, repetía D una y otra vez, increíble.

 Intentando admitir lo incomprensible D se fue tranquilizando, pero volvió entonces a sentir la misma decepción que al despertar de su sueño… una cara demasiado anodina  para una nuca tan sugerente.

D  contó a F lo que había pasado, su asombro  pero también  su desencanto.

--Es asombroso, sí, pero no entiendo tu decepción… lo que te planteabas al mirar aquella mujer  no pasaba de ser un detalle demasiado anodino para un cuadro tan fascinante, le dijo F.

 Ahora, cada mañana al abrir los ojos,  D  contempla a Ida sentada de espaldas y se pregunta una y otra vez:

--¿En qué pensabas Ida?... y se levanta a abrirle la ventana. 

                                                                                                                        Dominique

Visiones.

VISIONES.

 

 

Tan solo tenía diez años. Mucho miedo a lo paranormal y con una imaginación desbordante.

Estaba cabreada porque el día no había sido bueno. Una pelea con mí mejor amiga había sido la causa de todo, terminando ella, con una pedrada en la cabeza y como no había inmunidad, yo estuve castigada sin salir para nada de mí habitación.

Me acosté pronto (creía así que amanecería antes) para mitigar mi mal humor, y contenta  porque con la llegada del alba sería absuelta y perdonada.

Aquella noche fue peor que un castigo. Cada vez que habría los ojos, veía la imagen de mi abuela suspendida en el aire y sonriéndome. Yo los cerraba para espantar el miedo, pero la curiosidad me podía y al abrirlos, allí estaba… con su moño a medias de peinar, aquella sonrisa pícara… (Será la mala conciencia, pensé) pero no se iba.

Sin poder resistir más el terror que sentía, empecé a gritar llamando a mi madre, que apareció rápidamente asustada por aquellas voces sonando trágicamente en mitad de la noche.

Cuando le relaté mi historia entre suspiros y sollozos, me miró fijamente y dijo.

-Eso te pasa por leer cuentos de miedo.

Al insistir en lo que yo consideraba una verdad, me cogió de la mano y me llevó a la habitación de la abuela hablándome para tranquilizarme.

-Mira, tu abuela está durmiendo placidamente y ahora acuéstate, porque mañana tengo un día muy duro.

Ya lo creo que fue duro, porque mi abuela no despertó de aquel sueño tan placentero.

 

 

 

Bordex.

 

LA ASCENSIÓN

LA   ASCENSIÓN


Mi compañero y yo llevábamos juntos de servicio patrullando las calles cuatro años casi, habíamos visto de todo: desde tiroteos, peleas con arma blanca, asesinatos, robos, hasta toda clase de exhibicionismo, por no olvidarnos de extorsiones, violaciones y suicidios, pero nada como lo que vimos aquel viernes por la tarde.
Era agosto, y el calor había apretado durante la mañana para a media tarde  nublarse, parecía inminente la lluvia: el día había sido tranquilo: un percance con un peatón, un hurto de una cartera, una discusión subida de tono, nada de importancia, hasta que nos avisan de centralita a eso de las siete de la tarde de un robo de coche a punta de pistola en la carretera general de Hijar hacia Alcañiz con la víctima dentro. De inmediato nos dispusimos a su persecución mientras otras dos unidades harían el recorrido a la inversa, es decir, saldrían de Alcañiz hacia nosotros. No podía haber confusión, pues el coche robado era un Volkswagen Golf Cabrio de primera generación, todo un clásico, de color cereza y capota de piel blanca. Estaba todo calculado y por nuestros transmisores nos dábamos la información oportuna según se iba estrechando el cerco, no faltaba mucho, unos diez kilómetros. Entramos en una recta enorme que parecía no tener fin; la niebla iba penetrando en las capas bajas, de modo que se perdían por momentos los coches entre ella, lo cual nos inquietó, aunque no había por qué, todo estaba calculado milimétricamente, tan solo faltaban cinco minutos a lo máximo. Tras un espacio en el que la recta en su porción final, ascendía en una cuesta pronunciada (allá en el infinito) los coches, aparecían al final de ella para desde la cumbre, desaparecer como por arte de magia en el cielo, tal parecía ser tragados, engullidos en el éter. Fue toda una impresión, dijimos óptica, cuando nos miramos con caras de escepticismo.
Al llegar al punto de cruce calculado, nos damos de morros con las otras dos patrullas cortando el paso; ni rastro del Golf, ni de sus ocupantes, rastreamos la zona peinándola durante tres días, pero nada, como si se los hubiera tragado la tierra, no perdón, el cielo...  
 
Distrax

Volver

Volver

Era uno de esos días que no quisieras volver a vivir, lleno de amarguras y desilusiones. Los acontecimientos revolvían mi ser. No me sentía muy bien.

Sentí un agudo dolor en el brazo, el pecho se me encogía, el corazón parecía desbocarse, la respiración era intermitente. Perdí el conocimiento y de pronto me encontré volando sobre mi cuerpo. Abajo una camilla, luces potentes y hombres vestidos de blanco, poniendo sobre mi parches con cables conectados a una maquina con un sonar intermitente.

Mi cuerpo desdoblado, sentía una sensación de tranquilidad infinita; veía como todos apresurados trataban de infundirme vida. Yo no quería, me sentía muy a gusto. Mi alma fantasmal decidió salir de aquel espacio. Nadie me podía ver y yo observaba todo. Salí al espacio, quería ir, recorrer caminos, volando sin que nadie me molestara, al final decidí volver.

Mi familia en pleno esperaba afuera de la habitación, donde los médicos estaban haciendo lo imposible por que volviera.

Es impresionante ver a los tuyos con aquel dolor en sus rostros, yo quería decirles que estaba bien, que no se preocuparan pero no me oían.

Decidí volver a la habitación para ver que ocurría con mi cuerpo, me metí en él y abrí los ojos. Los médicos alrededor respiraron tranquilos, ya había pasado lo peor, ahora solo tenía que reposar tranquila, llevar una vida menos conmocionada.

Mi gente llenó la habitación, ya no se veían triste, solo preocupados por todo lo pasado.

por Malalax 1 de agosto de 2009.

El peligro se siente

El peligro se puede sentir.  Por bulldox

Las vacaciones en Cancún habían sido cortas pero muy buenas, veníamos camino a nuestra casa en Caracas en el avión lechero que aterrizaba en casi todas las capitales de Centro América. Ya llevábamos varias horas de vuelo y tres o cuatro paradas. La última había sido en la zona franca del aeropuerto de Panamá. Realmente la parada en Panamá era de 45 minutos sin otro motivo que pasaras un rato de compras en las tiendas duty free del aeropuerto, donde mucha gente iba a comprar artefactos eléctricos, cámaras, y ordenadores.

Ya superadas esa hora de compras y de haber estirado los pies viendo las vidrieras de las tiendas, nos encontrábamos sentados esperando en la cola del enorme avión, en la zona de fumadores, en los asientos 47 A y B, detrás de nosotros solo habían cinco o seis filas vacías, que se iban estrechando con el fuselaje del avión. Ya había subido todo el pasaje, cerradas todas las puertas, habían dado las instrucciones de vuelo repetidas ya cinco veces ese día mientras el avión carreteaba hasta el extremo de la pista. Éramos los terceros en la fila de aviones en espera para despegar y el piloto ya nos había anunciado que demoraríamos unos quince minutos más.

Leía una novela muy interesante de Irving Wallace mientras esperábamos. En un momento dado la aeromoza y el sobrecargo pasaron apurados hacia el fondo y vimos por la ventanilla que se acercaba un coche oscuro hasta el avión.

-       Estos privilegiados que los espera el avión en la cabecera de la pista, comente

-       - Si; a nosotros nos hubieran dejado hace ya mucho tiempo y a ellos los traen en coche hasta el avión en el extremo de la pista.

-       Lo que son las cosas dije, y seguí leyendo mi novela.

De repente sentí como un golpe en el estomago, un golpe de miedo y di un salto. ¿Qué te pasa pregunto margarita?  No sé; le conteste con una palidez enorme, siento pánico, siento como una ola de miedo muy fuerte, y un nudo en el estomago.

Detrás, en ese mismo momento, por la escalerilla del cono de cola entraban varias personas de traje y gafas oscuras y traían a una persona mal encarada que esposaron al último asiento. ¡A esté ni agua!, le dijo a la aeromoza el que figuraba como jefe del grupo. Se despidieron y salieron de nuevo por la escalerilla del avión.

La sensación de miedo se me quito al cabo de unos minutos, nunca sabría porque me pasó. Ni sí la causa de esa sensación era la peligrosidad del esposado o la violencia que irradiaba el policía que lo llevó al avión.

Pero me di cuenta que mi cuerpo poseía una antena parabólica y era un buen receptor de peligro o de violencia y era la boca de mi estomago el que me avisaba.    

LA VERTICALIDAD

LA   VERTICALIDAD

¿ Dónde está el mando? preguntó una voz chillona aparentemente sin dueño tras el mostrador; el operario estiró todo su cuerpo para asomarse al otro lado e identificar al dueño de dicha voz: un señor de estatura casi enana vestido y peinado de Elvis Presley, miraba hacia arriba con cara de malas pulgas. El cabo le indicó la puerta donde debía esperar sin dejar de observar a aquel mini-hombre tan singular.
Unos días después, oyó algo sobre él, dejando atentos los oídos poseído de una curiosidad inusual; el tal Sr Perez y Perez había sido engañado por unos supuestos agentes de estrellas firmando un contrato para actuar en un circo durante una temporada, hasta ahí, todo normal, si no fuera porque hubo de entregar a cambio una cantidad de dinero importante en base a crear una sociedad de la que tendría un 45% de beneficio, los planes eran muy halagueños, pues el exito, estaba casi asegurado, y después de haber vagado de trabajo en trabajo, era hora ya de asentarse y crecer (personalmente hablando)
De dónde había sacado él el dinero para la sociedad no estaba nada claro, pero sí, el que había sido víctima de una estafa, ya que ni tal empresa, ni tal circo existían; él aseguraba que no era tonto, y que le habían enseñado por internet el circo que se encontraba actualmente en Toulouse y todos los detalles, el pago lo había realizado ante un abogado (de la otra parte claro) y todo parecía limpio. A los pocos días, se denunció un robo con violencia de una cantidad similar a la aportada en el negocio por el mini-hombre, pero nadie pensó nunca en él excepto el operario, pero que enseguida se lo quitó de la cabeza.
Gracias a su aspecto físico, había podido ir librando de pagar ante la justicia los numerosos atracos que había realizado junto a su medio- hermano gemelo; siempre habían estado juntos como su padre les había enseñado: "dos medios, valen más que uno entero"

 Distrax

REFLEXION (Malalax)

REFLEXION

Donde está el mando?

A veces me pregunto

Mi vida discurre

Se interna en un bosque

Camina por senderos

No encuentra salida

Busco el mando

No lo encuentro

Al final vislumbro

Una luz intermitente

Alguien mueve los hilos

Solo Dios sabe

Él tiene el mando

 

Todo por el mando

Todo por el mando

(Bajo el volcán)

 

  - ¿Dónde está el mando?

  - ¡Y yo qué sé, siempre lo tienes túúú!!!

  - ¡Mamón!

  - ¡Bruja!

  Y el volcán, tanto tiempo latente, explotó. Del cráter de sus bocas salieron ríos de lava ferviente, insultos brutales como descomunales pedruscos. Volaron figuritas, ceniceros, revistas…y el mando, que acabó destrozado. En pocos minutos todo quedó reducido a cenizas, incluido su matrimonio.

El proceso de divorcio fue largo y muy violento.

  La tele, como ninguno de los dos quiso llevársela en el reparto, amaneció un día junto a los contenedores de la basura.

  El Milio paró la fregoneta e inspeccionó el aparato. - ¡Bah! No tiene mando -, le dijo a la Reme.

 

La Vox

RUN RUN

 

 

 

RUN RUN

 

 

 

¿Dónde está el mando? La voz cargada de un leve malhumor llega hasta Lola que se envuelve en la cálida manta. Sonríe. A la derecha, contesta y sube la sábana hasta la barbilla como si al abrigarse buscara refugio. Poco a poco el run run de la máquina suena con más intensidad.  Con un movimiento inconsciente se acaricia los dedos, las manos. Ya no tienen grietas, ni se vuelven azules, casi morados. Run run sigue oyendo. Y se imagina la ropa que gira y  gira en el redondo  tambor. Sonríe. El río quedó lejos. Y el frío del invierno. Y la escarcha que cruje. Ya no necesita frotar y frotar  sobre la vieja tabla de madera ni  tiene problemas con el pastor cuando  extiende sobre la hierba la ropa para que la blanqueen los rayos del sol. Vuelve a abrigarse en la cama. Dentro de un rato se levantará para hacer el café y el olor de la ropa recién lavada la recibirá al abrir la cocina. Mientras vuelve a escuchar el run run de la lavadora. Suena a canción.

 

                                                                      MEG

Mando, o no mando

MANDO, O NO MANDO.

 

-¿Dónde está el mando?-

-¿Qué no mando? ¡Un respeto, mocoso! ¿Crees que porque soy una persona mayor no tengo autoridad?

-Que no abuelo; pregunto por el mando de la tele.

 

 

 

-Ya tan otra vez entamandola ¡puto mando! Toy farta de escuchalos

-¿Qué falas, má?

-Los vecinos… siempre lo mesmo. El vieyu sordo como la paré y el guaje, parez que y presta fastidialo co´l dichoso mando

Siempre tan igual, que yo, que tu… ¡al carajo los mandaba yo, fiu!

-¿Pa que te pones asina? Ye una bobaba.

-Bueno… ponenme alteriada les berrides que dan tos los díes. Pero ye verdá nin, pa que voy poneme mala sangre. Voy sentame  un poco pa ver la tele y tranquilizame. Pero… ¡Manin, guaje, donde ta el jodido mando!

 

 

 

 

Bordex.

 

American beauty o la historia de una bolsa.

Dónde está el mando?

Poder dar a pausa,

reprogramar sueños,

eliminar cadenas,

apagar el sol,

encender la luna,

abrir un camino, 

cerrar una brecha

y sintonizar de nuevo contigo.

¿Dónde está el mando?

Subir el volumen del silencio,

bajar los agudos del sinsentido,

darle más brillo a tu mirada

y menos contraste a la vida.

¿Dónde está el mando?

¿Por qué no me contestas?

¿Por qué ese empeño

en captar con tu cámara,

el vuelo azaroso de una bolsa?

¿Dónde está el mando?

Mi pregunta, como un grito,

subiendo ahora en el aire cálido de la mañana .

Mi grito, como un disparo,

 ahora junto a la bolsa alcanzada.

¿Dónde está el mando?

Grabar hasta perderlos de vista

y contemplar

una y otra vez,

cómo pregunta y respuesta

desaparecen tras la tapia,

a cámara lenta.

 

 

 

 

 

 

 

GADGETS

¿Donde está el mando?... mi padre , mi hermana y yo habíamos lanzado la pregunta los tres a la vez, antes de dirigirnos hacia el salón donde mi madre, exhausta, daba por terminada su sesión de gimnasia a pesar de las protestas de su robot entrenador que parecía haberse vuelto loco, y repetía una y otra vez  con  voz metálica: “inspirar, espirar, inspirar, espirar…”

 Nos habíamos mudado hacía poco a una casa de esas inteligentes donde, gracias a la robótica más avanzada,  todo, absolutamente todo, parecía hacerse por arte de magia, y donde cada uno de nosotros se veía acompañado y ayudado en sus actos más cotidianos por gadgets de todo tipo.

Sin embargo, había que reconocer que el sistema tenía sus fallos y sobre todo a las 7 de la mañana cuando toda la familia tenía que darse prisa por llegar a sus respectivas  ocupaciones. El brazo  afeitador electrónico de mi padre se había quedado a  mitad de la tarea, mi robot matemático se negaba a terminar de resolver el problema de álgebra que hoy mismo tenía que entregar en clase , en el armario de mi hermana un hermoso un calcetín a rayas se había quedado huérfano y el robot entrenador de mi madre seguía en plan cabezón.  En esos casos no había más que una solución: bajar al sótano para reiniciar el ordenador central de todo ese tinglado pero, para eso, hacía falta encontrar el mando de todos los mandos:

--Estará en su sitio, dijo mi madre con ese tono que tiene las madres cuando quieren dar por sentado que en sus casas está todo bajo control.

--Ya hemos mirado y no está, gruño mi padre con una mitad de la cara aún cubierta de espuma de afeitar.

--¿Es que tengo que estar en todo?... ¡como vaya yo y lo encuentre!...

Y sí, efectivamente, mi madre lo encontraba a la primera… y es que, en aquella casa de esas inteligentes donde nos habíamos mudado, el mando de todos los mandos seguía siendo: mi madre.          Dominique