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Taller Literario de Salinas

NO, NO ES VERDAD...

 

 

 

 

NO, NO ES VERDAD…

 

 

 

 

No, no es verdad y tú lo sabes.

En tu sonrisa pálida

Falta la luz

De nuestras  madrugadas.

 

Nos veremos muy pronto…

Como siempre…

Hay algo falso

En tan pocas palabras

Existe en ellas un dolor oculto

El dolor del adiós sin esperanza.

 

Comprendo. Son inútiles

La nostalgia, las lágrimas

Y me voy a buscar otro camino.

Hacia  el olvido gris, hacia la nada.

 

 

          MEG

VIDAS PARA-LELAS

Vidas para-

           lelas

 

Al doblar la esquina se cruzaron.

Esto no es posible, ¿te das cuenta de que somos dos líneas paralelas?

No, no es cierto lo que dices.

Sí, es que ha habido un fallo de cálculo.

Y ahora ¿qué hacemos?

No sé ¿y tú?

No sé

Y como no sabían qué hacer continuaron, confusas, su monótono itinerario por el camino recto – y paralelo-.

A veces, sólo a veces, piensan que el mejor momento de su trayectoria se produjo por error…

…y desean que surja otra esquina que, sinuosa, las confunda…

…y romper por un momento el orden matemático…

…y cósmico.

 

 

La Vox

EL OLOR DE LAS PALABRAS

--¿Pero qué quieres decir al escribir esas cosas?

-- Nada, contesté yo, las palabras son como mariposas y dejo que se posen a su antojo.

-- Las palabras no son más que palabras, ni vuelan, ni se posan.

--Sí, lo hacen, las hay incluso que huelen.

 

 

El olor de las palabras

 

--No, no es verdad lo que dices… y no finjamos más que tengo dos hermanas ni que nuestra hija tiene dos tías;  a partir de ahora no quiero veros más por aquella casa, las cosas son como son, y si mi hermana escogió ese modo de vida…allá ella, que se atenga a las consecuencias. Para mí es como si no existiera ya.

La niña iba sentada detrás en el coche y sabía que más valía no decir ni preguntar nada cuando sus padres se enzarzaban en una de sus peleas. Sin embargo, esa no le pareció una pelea justa; su padre estaba al volante y mientras  la intensidad de su enfado parecía ir aumentando con el cambio de marchas, su  madre, normalmente  experta en apaciguar vendavales, se hacía cada vez más pequeña en su asiento, como buscando con el pie una inexistente palanca de freno a tanta furia paternal.

La pequeña no acertaba a entender las frases que iba pronunciando su padre, pero las palabras de las que estaban hechas, y sobre todo el tono de voz con el que las lanzaba, la llevaban al borde de una zona de sombras que la asustaba. 

Mi padre tiene una sola hermana, y yo, sólo una tía -- eso era lo único que entendía de todo ese galimatías. Pero, eso sí que no era verdad… ella tenía dos tías a las que quería mucho: tía Berta y tía Julia, y le encantaba ir a pasar la tarde a su casa; las meriendas de tía Julia eran diferentes y tía Berta, una de las primeras en tener coche en el pueblo, la dejaba jugar a “hacer que conducía”.

¿Qué había pasado en aquella cena de Nochebuena para que su padre se pusiera así y dijera ahora tantas tonterías? Sentada en el asiento de atrás en el coche, observaba el perfil de su padre, sombra chinesca en la  luz cada vez más fría de barrios cada vez más apartados; de repente, se arrugo la sombra y reconoció en la comisura derecha de la boca de su padre el mismo rictus que le había desfigurado cuando, a la hora de los postres y  estando sentado al lado de su hermana Berta, había exclamado mirándola furibundo:

--Lo vuestro es abyecto.

Había vomitado aquella última  palabra como lo hacía la pequeña cuando su madre la obligaba a comer algo que no le gustaba. Recordaba ahora  también como después de unos segundos de tenso silencio Julia y Berta se habían  levantado. Julia lloraba, Berta la cogió de la mano y las dos se fueron hacía la puerta. En el comedor olía a agrio.

 

 

 

 

No, no es verdad lo que dices

No, no es verdad lo que dices

Saturno devoró a sus hijos

pero el tiempo no se detuvo,

las mujeres fantasma mueren lapidadas,

Edvard Munch pinta “El grito” y

los cerebros estallan  en un dolor universal,

los niños de Bangladesh

llevan ladrillos en sus cabezas,

Kafka no tenía pesadillas

el hombre -cucaracha existe y

el ciudadano Joseph K no tiene escapatoria,

Stalin inventó el gulag, pactó con Hitler

se hizo viejo y luego, murió en su cama,

No, no es verdad lo que dices

la Inquisición hizo una hoguera

con Giordano Bruno

y Dios que todo lo ve fue testigo,

los talibanes dinamitaron

los silenciosos budas de Bamiyán

Alá lo ordenó,

en las cámaras de gas ardieron

millones de judíos

y Jehová no dijo nada,

los aztecas en los cultos sagrados

inmolaban seres humanos

sus dioses se alimentaban de sangre

No, no es verdad lo que dices

en el Congo, Leopoldo II  el rey filántropo

cortó las manos  de los africanos desobedientes,

los “fazendeiros” asesinaron a Chico Mendes y

su espíritu calcinado vaga por la Amazonía,

Eva, la pecadora, engañó a Adán 

aún no fue perdonada,

en  Bebelplatz,   los nazis quemaron los libros,

hombres con sotanas violan a los niños y

el Vaticano regatea el silencio,

en Jerusalén, los fieles colocan sus plegarias

entre las piedras de un muro,

Rock Hudson se enamoró de otros hombres y

el Danubio no es azul.

 

Xeres

 

 

Mentiras

MENTIRAS.

 

No, no es verdad lo que dices

mientes cuando hablas

mientes cuando besas

tus gestos…

son fantasía

quieres que te crea

quieres que me acerque

pero solo hay lejanía

nos separa un gran muro

que recoge tus mentiras

la bruma que las envuelve

luego las utilizas

arrasando todo al paso

como un gran campo sin vida

 

 

 

Bordex.

Encuentros en la 3ª carpa

Encuentros en la Tercera Carpa

 

 

    Lauren deambulaba aburrida por Xixón. No tenía nada que hacer ni adonde ir. Estaba de vacaciones.

    A lo lejos divisó una gran noria. El bullicio la guió hasta donde estaba ubicada la SN. Recorrió el mercadillo interétnico sin mucho interés. Luego, vio la exposición de fotoperiodismo, que la dejó bastante impactada. -Nunca se acostumbra una del todo a esos horrores. Por fortuna, pensó, no debemos olvidarnos de los que sufren-. Pasó por delante de la pequeña feria del libro, la Carpa de las ONG, la Carpa IQ, y llegó a la Carpa del Encuentro que además de charlas contaba con bar. Estaba en la Semana Negra.

    Compró un botellín y se acomodó en una silla de plástico verde, de publicidad de cerveza. Guillermo De Veró disertaba sobre su novela “Dejá vu”. Hablaba del dopenguenga de la vida. “…la vida tiene muchas capas – afirmó - yo mismo no soy lo que parezco. Hasta tal punto que a veces siento que soy el autor y otras un personaje de la novela. En este momento creo que soy más bien un personaje. Cuando te sumerges en este mundo, es difícil discernir entre  realidad y ficción”. Cuando lo dijo, la miró fijamente. Esto le ocurría con frecuencia, quiero decir, lo de pensar que el orador está hablando sólo para ella, o incluso de ella. La audiencia se rió cómplice.

    Cuando empezó el reparto de ejemplares gratuitos, la mayoría de los asistentes se abalanzaron sobre la azafata rubia que llevaba una camiseta negra con la impresión de la portada del libro. A Lauren le apetecía tener un ejemplar, pero no tanto como para pegarse por él. Así que después de unos segundos de espera, desistió, aunque decidió acercarse al autor para felicitarle. Inusitadamente éste se encaminó hacia ella también…  - ”Pues…”-dijeron al unísono, estallando en una carcajada. Parecía que a los dos les apetecía conocerse. Le alargó un ejemplar y le dijo: “Expresamente para ti”. El hecho le hizo gracia – una forma como otra cualquiera de ligar – pensó. Nunca le había interesado especialmente la novela negra, pero aquella quería leerla ya. Se alejó del ruido y se sentó cómodamente en un banco de Poniente…

    El libro tenía una dedicatoria: “Para ti de mí”. - Frase genérica para cualquier mujer que se le acerque. ¡Qué agudo!- se dijo. Cuando abrió la primera página se quedó perpleja: “Lauren deambulaba aburrida…”

 

 La Vox

traba...

traba...

 TRABA-LENGUAS.

Gloria estaba haciendo unos aperitivos para recibir a su amiga Dora. Hacía tiempo que no se veían y tenía muchas ganas de verla y mostrarle la nueva compra. Apremiaba a su hija para que todo estuviese perfecto, y por qué no, darle un poco de envidia también, pues Dora siempre estaba haciendo alarde de sus propiedades, para humillarla tal vez; no estaba segura.

Llamaban al timbre y, nerviosa, corrió hacia la puerta deseando abrazar a su amiga.

-¡Hola querida! ¿Como estás?  No hace falta que respondas, porque te veo estupenda.

-Pues sí, afortunadamente me encuentro muy bien. En cambio tú pareces tensa.

-¡Que va! Pasa anda y saluda a Yali…  estuvo preparando unos pinchos que tienen muy buena pinta.

-Ya veo. Una amita de su casa (risita)

-Esta tía no cambia aunque la maten. Pensó Gloria.

-¡Vaya! ¿Has comprado un “religerador”?

Que torpe… No se dice así mujer, se llama “ciroligico”.

-¡Ah!

Yari escuchaba la conversación conteniendo la risa.

-Con lo fácil que es decir nevera y os complicáis la vida queriendo ser finas.

-Pues… dijeron al unísono, estallando en una carcajada.

 

 

 

 

 

Carmela.

 

 

 

 

 

Tres mujeres, unas risas y un ligón de playa

Una tarde de verano en alguna playa de un lugar de costa cualquiera con chiringuito playero, hamacas y sombrillas-palmera de alquiler, negro vendiendo relojes de imitación y CDs piratas, marroquí voceando “foombras”, “fooombras” y rumano de etnia gitana  que lleva en la espalda algo semejante a unas parihuelas pero en versión nevera portátil cargada de refrescos y helados.

            Entre la abigarrada multitud de cuerpos que se tuestan al sol tres mujeres con esa edad indefinida en la que bien pueden tener entre treinta y cinco y cuarenta años. Sus respectivas parejas ven un partido de fútbol en la televisión del chiringuito playero y los niños juegan en la orilla del mar. De las mujeres, dos toman el sol, tumbadas boca arriba en la toalla mientras que la tercera, sentada en una hamaca y con cara de aburrimiento fuma un cigarro. De repente algo llama su atención.

            A una distancia aproximada de metro y medio de donde ellas se encuentran un individuo de unos cuarenta años está colocando una toalla en la arena. Lentamente y consciente de las miradas de los que le rodean se desviste. Se quita la ceñida camiseta naranja de tirantes, hincha el pecho, marca los abdominales,  enseña los bíceps. Deja caer el minúsculo y apretado  pantalón corto de color blanco para mostrar un diminuto tanga negro que por delante le cubre lo indispensable y por detrás una fina tira deja sus nalgas al aire.  Luego se recoge la corta y engominada melena de pequeños rizos de color negro en una coleta, unta de crema su bronceado y barbilampiño cuerpo, se coloca las gafas a modo de diadema y ya brillante y aceitado procede a estirarse en la toalla pero con los codos en posición de ángulo recto y la cabeza levantada para mirar y ser mirado.

            ¡Chicas!, ¡Pili!, ¡Pepi! ¡No os perdáis el espectáculo! – dice la mujer que fuma el cigarro -

            ¿Espectáculo?, ¿Qué espectáculo Puri?   – incorporándose Pepi en la toalla -

            Mira el tío ese de la toalla blanca – le señala Puri con un leve movimiento de cabeza –

            ¡Ahí va!, ¡Parece de anuncio pero en versión hortera! ¡Vamos, un ligón playero! – Pepi muerta de risa –

            Anda, despierta a la marmota de Pili que nos vamos a reír un rato – Puri a Pepi señalando a la adormilada Pili –

            Pepi le da una sacudida en el hombro a Pili que se despierta sobresaltada.

 ¿Qué pasa?, ¿Qué pasa?, ¿Le pasó algo a los niños? – asustada Pili mientras se levanta para salir corriendo hacia la orilla del agua –

            No nada, ¿qué va a pasar?, ¿tú tan histérica como siempre?    la tranquiliza Pepi -   

            Mira el tío ese que tenemos enfrente ¿qué te parece? – le pregunta Puri –

            ¡Mi madre!, ¡Cuánto músculo! ¡Si parece de mentira! y creo que se está dando cuenta que estamos hablando de él – un poco cortada Pili –

            ¿Os fijasteis en el bulto tan enorme que tiene entre las piernas? – asombrada Pepi –

            Eso es de relleno – le contesta Puri –

            ¿Cómo que de relleno? – Pili –

            Pues si, de relleno de silicona, como los sujetadores – Puri –

            ¡Claro!, ¡Puede ser! Hace poco me comentó una amiga que había hasta bragas y calzoncillos con relleno de silicona en las nalgas para potenciar el efecto de “culo levantado”. – casi convencida Pepi –

            Si, fijo que es de relleno, por que me dijo una prima mía que tiene una vecina que el novio hace culturismo, que una vez le comentó que de tanto hacer pesas y tomar tantas porquerías para tener el cuerpo así su pene se le había quedado muy menguado. – totalmente convencida Puri –

            ¡Además no tiene ni un pelo! Tiene la piel como el culo de los bebés. ¡Pero si tengo yo más pelo! – Pili -

            ¡Pareces tonta Pili! ¡Está así porque se depila con láser! – Pepi -

            Pero… ¿un hombre? ¡Ay! ¡Donde esté el pelo de mi Pepe que se quite “eso”! – Pili –

            ¡Pues sí!, a todos no les gusta ser como el “hombre lobo” que tienes tú por marido – Pepi -

            ¡Ay que cosas tan raras! – alucinada Pili –

            ¿Qué apostáis a que me lo ligo? – Puri –

            ¡Estás loca!, ¡En cualquier momento pueden llegar ellos! – escandalizada Pili -

            ¡No llegan, no!, ¿o es que no los oyes berrear con el puñetero partido? Además yo estoy diciendo que me lo voy a ligar,  no que me vaya a acostar con él – Puri –

            Puri mirando fijamente al ligón se reclinó en la hamaca, como la maja desnuda de Goya en el diván pero en versión playera, se bajó insinuante los tirantes de la parte superior del bikini, enseñó canalillo y sonriendo lasciva pasó lentamente la lengua por sus labios.

            El ligón que ya estaba a la expectativa captó enseguida el mensaje y al momento encontró el pretexto para acercarse a las mujeres. Cogió un cigarrillo de su pitillera y se acercó a pedir fuego a Puri.

            ¡Hola chiquitas! ¿Qué tal?, ¿Tendréis alguna fuego? – con voz de pito que no hacía honor a lo que se esperaba de aquel cuerpo –

            Y que os parece si nos vamos a tomar algo al chiringuito. Invito yo y luego, ya veremos… -  continuó el ligón dirigiéndose a las tres pero mirando fijamente a Puri -

            Pues… dijeron al unísono, estallando en una carcajada.

 

 

Xeres

PARA MICHEL(con todo mi cariño)

PARA MICHEL(con todo mi cariño)

En mi pueblo, como en la mayoría de los pueblos, había un tonto y ese era mi primo Michel. Nacido unos días antes que yo, era como si hubiese  gastado todas sus energías en crecer a lo alto y a lo ancho; no quedó para más, y en aquel cuerpo de adulto prematuro su cara se debatía entre la perplejidad y la euforia. Cuando a los siete años empecé a sentir vergüenza por ir en una bicicleta con ruedecillas, acudí a él para que me sujetara en mis primeros intentos con una de mayor. Durante más de una semana se nos vio y se nos oyó por todo el pueblo, yo, pegando gritos y él detrás tartamudeándome a pleno pulmón  sus recomendaciones.

--¡ Bi- bien, bien,  mi-mira la rue-la rueda, so- sólo la rueda!

Su técnica no era la mejor pero su paciencia infinita. En aquella época tuve las rodillas como dos farolillos y en más de una ocasión nos la tuvimos que ver con el guardia que solía estar en el cruce de la calle Mayor con el paseo del río.

--Si seguís en este plan os voy a tener que confiscar la bici, nos dijo muy serio, mientras el conductor al que habíamos hecho dar un frenazo se reponía a duras penas del susto.

-- Y¿ qué pasa con vuestros padres?...añadió el agente furioso.

Entonces mi primo Michel, el gigante cuya cara  se debatía siempre entre la perplejidad y la euforia, se plantó en medio del cruce y, con los brazos en jarras, contestó con total fluidez:

--Los “supermanes” no tenemos padres.

  El agente furioso y el hombre aún conmocionado se miraron perplejos:

--Pues… dijeron al unísono, y estallaron en carcajadas.                                Dominique

Muerte en la biblio

Muerte en la biblio

 

    A Carmela casi le da un pasmo cuando observó la escena.      

    Michael, Malala y Alex yacían como si fueran una pequeña familia: ella mirando, soñadora, al horizonte; Michael abrazándola desde atrás, como para que no se escapara, y Alex, a la espalda de este, en posición fetal, como protegiéndose (¿de las salpicaduras?).

    María, se deducía que había redactado el manifiesto (porque aún llevaba puestas las gafas de rafia amarilla) y que no había podido escribir todo lo que habría deseado, porque todavía tenía el boli en la mano.

    Begoña, con la boca semi-abierta en un rictus lector y las gafas de Malala, estaba junto a Alfonso, feliz este, porque la acaparadora, en un acto de postrera generosidad, le había invitado a recitar “al alimón” la pancarta plantada frente a ellos.

    Había alguien acuclillado en una gatera. Supo que era David por el anular inhiesto, que mostraba claramente el rombo tatuado que parecía decir: “mayores de trece”. De vez en cuando de la caja salía una vocecilla que canturreaba: “…mira mi dedo tatuado con ese rombo de mujeeee…”

    A Carmela se le escapó una risilla cómplice.

    Dominique yacía a su lado, en posición supina superior, con un ojo guiñado. Entre las manos enlazadas a modo de difunta, sostenía un pequeño bolso beige, del que asomaba un paquete de cuchillas bien brillantes y afiladas.

    Tere se había negado a participar en lo que había calificado de  patochada literario-criminal, aunque hizo acto de presencia con un platito de croquetas caseras y se rió a mandíbula batiente pasándoselas a los “cadáveres” literalmente por las narices.

    Merce declaró que aún no tenía el cuerpo para más carnicerías y escribió una serie de mails de apoyo, que le inspiró el hecho, y que acabaron convirtiéndose en una novela de éxito: “Mazorca para escritores muertos”.

    Encarna no pudo tomar parte porque había llegado tarde, pero sí tomó unas excelentes fotos para la posteridad, mientras sacudía a Pepe que se dedicó jocoso a hacer cosquillas a los supuestos finados, obligándoles a perder la compostura.

    A Pepa, tanto le espantó la idea, que echó a correr y no paró hasta llegar a Senegal, teniendo que viajar por tierra, mar y aire. Aunque, cuando se enteró de lo de las croquetas, por un instante se arrepintió.

    Carmela, en fin, que por primera vez en su vida literaria se había retrasado (¡manda buevos!), se encontró a sus compañeros de taller en el suelo sobre un gran charco de sangre que manaba de sus venas. Lágrimas cargadas de rabia empezaron  circular por sus mejillas.  Se dejó caer, abatida,  en una silla de la terraza mientras protestaba iracunda: “Nunca os perdonaré que no me hayáis esperado para participar en esto y si alguno se mueve lo re-mato yo”.

    Y leía incrédula: “El TLS llevó a cabo un suicidio coral para protestar por su disolución  estivalera, celebrando con dignidad teatral su funeral literario”.

 

La Vox

Locura de verano ( adaptación de un trabajo anterior)

 

Cuando Kermele* llegó al Kerteje* encontró a sus demás compañeros de taller tendidos en un charco de sangre.

--¿Como es que no me habéis esperado? les reprochó cogiendo el último chipirón que quedaba en la bandeja y acercándose al charco…  ¡hacerme un sitio!

 

Unos días antes, después de uno de los talleres y de vuelta a casa en coche.

 

--Muy bueno tu texto

--Ya, pero… ¿no te parece que el de la semana pasada estuvo mejor?

--La verdad, aunque me mates no lo recuerdo para nada.

--Ah…

--¿Por qué este… ah…?

--Por nada… pero es que me extraña.

--¿Te extraña que no recuerde tu texto?... pero si no recuerdo ni el mió… ¿no te estarás tomando todo eso del taller demasiado en serio?

--Tal vez… pero si no es así entonces…

--Entonces ¿qué?

--Nada.

--Vale, lo que tu digas.

 

Unos segundos de silencio.

 

-¿Qué nos queda por hacer?

--Pues a mí casi nada… sólo me queda freír unas patatas.

--No, no me refiero a esto… me refiero a ¿qué nos queda por hacer que valga la pena, que podamos tomarnos en serio?

--Pues eso: freír unas patatas y cenar a gusto.

--¡Ba!

--Vale, de acuerdo, hablemos en serio.

 

Otro silencio

 

--¿Te acuerdas de Telma y Louise?

--Sí, claro…¿y?

--¿Te parece que nos estrellemos contra un árbol?

--Ellas se tiraban por un barranco.

--Ya, pero es que aquí hay más árboles que barrancos.

--Vale, pero tengo que fumar un último cigarrillo.

--Ni hablar, ya sabes lo de los fumadores pasivos.

--A  estas alturas no creo que tenga mucha importancia lo del tabaco… ¿no decías que nos íbamos a matar?

--¡Pero es que no tiene nada que ver matarnos con morirnos de un puto tumor¡… lo primero es algo muy serio, es adelantarse  al destino… jugarle una mala pasada.; lo otro es sencillamente morir.

 

Silencio…sólo se oye el ruido del motor del coche.

 

--Vaya susto que se van a llevar todos.

--Ya… menudo follón que se va a organizar en casa con lo del pésame… por cierto, deje las camas sin hacer.

--Y yo un montón de ropa sin planchar.

--Tampoco tenemos tanta prisa por estrellarnos,¿qué te parece si lo dejamos para mañana?.

--Sí… tienes razón, tampoco tenemos tanta prisa… además, creo que tendríamos que avisar a los demás… ¿no viste que andábamos todos deprimidos después de lo que dijo Elejendre* sobre el destino? tal vez algunos quieran unirse a nosotras.

--Ya, pero con la mierda de coche que tienes, lo del suicidio colectivo no va a ser posible.

--Tienes razón… de haberlo sabido compraba una furgoneta.

--Busquemos otro método.

--Sí… ¡la intoxicación!

--Buena idea…¿ setas? ¿carne con hormonas? ¿ pirobenceno de barbacoa?

--No, chipirones del Kerteje*… con esto bastara.

 

Una semana más tarde Kermele* tragando a toda prisa el último chipirón de la bandeja y acomodándose en el charco entre sus compañeros.

 

--¡Cómo sois! habíamos quedado para las 9h...

 

Parece que ninguno de sus compañeros  está  ya  en condición de poder contestarle sin embargo…

 

--Te equivocas Kermele, dije a las 8h...  pero ya sabes, como tú quieras, como tú quieras…murmura Deved*.

--Pues a ver ahora con quién hablo mientras este chipirón me hace efecto… creo que me dará tiempo fumarme un último cigarrillo.

Se incorpora ligeramente para ver donde está Elfense*… el hombre ya está más “pa’ ca que pa’ lla” …

--Menos mal,  que si no seguro que me pediría un pito…¡y con lo que cuestan!

 

(* hablando con la “e” para más discreción).   Dominique

 

 

 

 

 

 

Taller.

Taller.

PRIMER DIA DE TALLER. (VERANIEGO)

 

Era el comienzo de la primera reunión estival “cortijera”. El sitio preferido para opinar, reír y beber. Carmela estaba contenta de volver a retomar las famosas frases; originales, inteligentes ( a veces)  y simpáticas, motivo siempre de risa y disculpa para pasar un buen rato.

Ese día, estaba precisamente satisfecha de su texto. Por primera vez en mucho tiempo, creía haber conseguido algo verdaderamente bueno. Algo que merecía la pena ser leído.

Con estos dulces pensamientos, caminaba rauda al lugar elegido, ansiosa por enseñar su trabajo.  Al doblar la esquina desde donde se podía ver perfectamente la terraza, algo divisó que no encajaba en aquel sitio siempre bullicioso y alegre.

Varios agentes de policía habían acordonado la calle para que nadie pudiera pasar.

Preocupada por sus compañeras, rompió la cinta pudiendo esquivar a los uniformados que corrían tras ella. Paralizada quedó ante semejante visión.

¡Esto no puede ser!- Gritó Carmela.- Un policía la sacó de aquel sitio deprimente.

Pero al volverse, vió como  una de ellas respiraba aún.- Carmela histerica le gritó.

-!No  puedes morirte todavía! !No sin antes leer mi texto! Por favor...

Carmela.

 

 

 

 

RECUERDOS DE UN VERANO

 

 

 

El azul transparente de días luminosos

Ventanillas que corren sobre campos dorados

Las  rojas amapolas en humildes cunetas

La quietud de la siesta y los niños jugando

Y cantos. Y excursiones con olor a tomillo

Prendido entre las manos.

Barcas que se deslizan por el río

Y cobijan amores casi, casi olvidados

Lecturas que llevan a mundos invisibles

Mientras pasan las horas en el patio

 Y al caer de la tarde, el viento que golpea

En la cara y los brazos

Y también te susurra  que eres libre

Y yo me siento libre entre el cielo y el páramo.

 

 

                        MEG

Amaneceres

Amaneceres, atardeceres, anocheceres.
Días, méses, años.
La luz del sol sale
como ojo que se abre,
lento, para darnos cuenta
que otro día ha empezado.
Amaneceres.
El Dios sol hace su trabajo.
Atardeeres.
El Dis sol termina su traajo.
Anocheceres.
La Diosa luna empieza su cometido.
Amaneceres, atardeceres, anocheceres.
Mezcla de colores,
mezcla de sensacones,
mezclad situaciones.
Amaneceres,
todo empezar.
Por: A. M. de Diego.

Muerta

En el bosque me encuentro.

En el bosque me pierdo.

En el bosque juego.

El sol juega conmigo,

al escondite,

tras las nubes.

Lo delatan algunos rayos.

Se que se ríe.

Se que se burla.

Y yo corro,

por el riachuelo.

Y yo corro,

por las rocas,

por las hojas caidas,

por las ramas.

El tiempo pasa.

Ya no hay cigarrillos.

Ya no me esperan,

me veo reflejada,

muerta, cadaver, putrefacta.

Mañana,

tal vez

salga el sol

y juguemos.

Por: A. M. de Diego.

La ventana del dolor.

La ventana del dolor.

LA VENTANA DEL DOLOR

 

 

 

 

Cómo una rama intenta alcanzar el muro

Para bordear la ventana de tu alma

Cristales de fino borde

Salen a su encuentro. Duros, trasparentes

Está subiendo tranquila, casi llega al cielo

Una lagrima cristalina, impide el trayecto

Rompiendo su aventura y muere…

Ajada, sola, en la llanura de la cima

¿Por qué buscas la armonía con el riesgo?

Te alimentas del calor, no te importa el sufrimiento.

 

 

 

 

 

 

 

Carmela

En una décima de segundo

“Si volviera a nacer… ¿Qué haría si volviera a nacer?”.
El hombre sentado en la silla tenía la cabeza, que permanecía inclinada con los ojos fijos en el suelo, colocada entre sus manos y los codos apoyados en las piernas. En la austera celda la silla donde estaba el hombre, una mesa, una pequeña cama, una tabla colocada en la pared que hacía las funciones de estantería y un lavabo. El hombre meditaba. ¿Por qué ahora? – se preguntaba- ¿Por qué el final estaba cerca? Quizá fuera por eso. Para encontrar una explicación. Para saber porqué a unos hombres les sucedían cosas buenas y a otros como él, cosas malas. Pero, ahora ¿de qué le serviría?, ¿a quién se lo iba a contar antes de que lo “frieran”?, ¿al sacerdote?, ¿al guarda? A nadie, no se lo contaría a nadie pero su alma descansaría en paz como le decía su abuela, el único ser bondadoso que había conocido.
Y así dialogando consigo mismo como llevaba haciendo durante mucho tiempo el hombre continúo con su monólogo interior:
“Si volviera a nacer cambiaría el color de mi piel, eso sería lo primero que haría. Los blancos no viven en barrios como el mío donde el olor a podredumbre y a heces se te mete hasta en los huesos. Sus calles huelen a árboles, a flores y a hierba recién cortada. Nadie grita y en primavera se escucha cantar a los pájaros. En mi calle no había árboles, los quemábamos y las flores no crecían, como si supieran que su presencia no era necesaria. A mi barrio nunca venían los pájaros porque tenían miedo. Los matábamos a pedradas y ellos lo sabían. También matábamos a los gatos y a los perros pero de forma más sofisticada. Nos servía para aprender. Había que estar preparado para lo que te pudiera pasar. También cambiaría a mi padre y a mi madre. Mi padre, ¿dónde estará?, si es que vive. Y si no vive, seguro que en el infierno, friéndose eternamente en una silla como la que me espera a mi si nadie lo remedia. Recuerdo el miedo, las palizas, los gritos…. Yo, que era el más pequeño, nunca corría lo suficiente para esconderme a tiempo y sus golpes sobre mi cuerpo eran despiadados. Mi madre no hacía nada, sólo miraba porque sabía que cuanto más descargara sobre mí su sadismo menos le tocaría a ella. Y un buen día desapareció. Pero la vida no fue mejor. Mi madre trajo a otros hombres. Hombres que se emborrachaban, que maldecían, que rompían los muebles a patadas, que gritaban, que pegaban… Yo siempre tenía hambre y pronto supe que el olor del pegamento podía sustituir a la comida. Pero eso fue sólo el principio. Luego, el mundo real dejó de existir para mí. Descubrí que había lugares luminosos, espacios limpios y diáfanos, como los barrios de los blancos. Pero cuando la realidad maloliente y miserable volvía necesitaba comprar de nuevo aquel mundo feliz. Y un mal día maté a alguien. Aquel hombre no paraba de gesticular, de mover los brazos. Yo le decía que levantase las manos, que quería verlas, pero él bajó el brazo y yo pensé que iba a sacar una pistola. Entonces le clavé la navaja en el pecho, a la altura del corazón. De todo aquello sólo recuerdo sus ojos. Su rostro hace años que se me perdió en la memoria, pero sus ojos siempre me acompañaron. Muy azules, muy abiertos, quizá ¿sorprendidos?, ¿tristes?, ¿angustiados? Todo eso y más, porque ahora sé que sus ojos reflejaban el certero horror de saber que se moría. Y sin embargo envidio a aquel hombre porque en una décima de segundo supo que iba a morir mientras que yo llevo ocho años agonizando. Y eso es algo que si yo volviera a nacer también haría, cambiar mi vida por la de aquel hombre para que alguien me mate rápido… en una décima de segundo.”


Mercedes

El bosque

--¡Perdido en medio de un bosque sin GPS y en una noche sin luna! pensó mientras intentaba analizar todas las opciones que se abrían ante él.

-- Se acabaron los tanteos, cada paso que vaya a dar tiene que ser fruto de la lógica, asi es que, si aquí tengo un 4 no puede haber otro ahí, lo que me deja la vía despejada  para  un 2 que me llevará hasta este otro 2…

Era como pulgarcito dejando miguitas numéricas en su camino, y así, poco a poco, la luna salió de detrás de las nubes delatando un claro de bosque con su arroyo. Estaba salvado; sólo le bastaba seguir el hilo de aquellas aguas.

Las cifras ahora alineadas y quietas del sudoku nivel 8 habían perdido su aspecto amenazador como sucede con los árboles del bosque después del vendaval. El experto en sudoku podía dormirse sereno; una vez más había dado con la lógica del caos.

                                                                       Dominique

Las zapatillas (amanece)

 

Amanece.

Abrir un ojo,

abrir el otro,

desperezarse.

Amanece.

Un libro abierto

sobre lo último leído,

y las zapatillas,

que aguardan.

Amanece.

En la cocina,

el cacareo de la cafetera,

abajo, unas gárgaras, un taconeo.

Amanece.

En un movimiento de despliegue de abanico,

liberarse del cálido abrazo.

Amanece.

Cumplir 50 años.

Y las zapatillas que bostezan

o…

que se parten de la risa.

                             Dominique

 

Sin piedad

No entiendo porqué me está mirando, pensó, mientras a su vez lo observaba con aquellos ojos tímidos y dulces del color de las avellanas. Cuando llegó al claro del bosque sus sentidos sólo percibieron el olor de la hierba fresca y de las hojas húmedas de rocío. Ninguna señal le había advertido de su presencia. Amanecía y los rayos del sol de primavera que se colaban entre las copas altas de los árboles sólo iluminaban una parte del seto que tenía enfrente de ella.      

         Fue el ligero movimiento de una hoja, el roce contra algo que no era el rumor del viento lo que la asustó. Y entonces vio al hombre oculto entre los matorrales. Uno de sus ojos la miraba fijamente, sin pestañear y el otro quedaba escondido al final de un largo y estrecho tubo negro. Aquella figura no se movía, parecía no respirar. Y en ese momento su instinto la avisó del peligro, le dijo que debía huir, pero su cuerpo que sentía dolorosamente pesado le restó la agilidad necesaria. El cazador apretó el gatillo lentamente, sin ruido, el disparo rasgó el aire, la bala siguió la trayectoria marcada por el ojo y el olor a pólvora llegó hasta su nariz. La cierva, un joven animal preñada de su primera cría, sintió como el proyectil entraba quemando su cuerpo. Sus patas cedieron y cayó pesadamente de lado. Nubes negras comenzaban a invadir su cerebro y mientras desde el suelo miraba tristemente las copas de los árboles todavía le dio tiempo a pensar comprendiendo  que se moría, que al claro del bosque no volvería jamás.

 

Mercedes