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Taller Literario de Salinas

Levantando el telón (V. O.)

Nos encontramos en un teatro, del exterior llegan unas campanadas, dong, dong, dong, suena una y otra vez, hasta doce, indicando asi el mediodia.

Ya que se trata de un ensayo, en él se encuentran el director y los actores. Se trata de un clásico, la más famosa obra de Sakespeare "Romeo y Julieta", la actriz es alta, un cuerpo esbelto, bien proporcionada y sobre todo muy bella, el actor, un enano, si tal cual, paticorto y cabezón, no creo que haga falta que siga con la descripción.

Vemos como él está recitando su parte del guión, y es interrumpido por el director, un poco afeminado, tanto por la forma de andar, de hablar y de vestir, aunque con un toque de elegancia.

Por: Alex (Altezax)

Levantando el telón

Nos encontramos en un teatro, un pasillo central, las butacas vacias, pues estamos en el ensayo, en primera fila se encuentran entre otros el director, en el escenario hay una decoración como de una habitación de un castillo del siglo XVIII, por sus telas con escudos y espadas, en medio los protagonistas iluminados por el foco.

Por: Alex (Altezax)

Propongo

Propongo

 

 

Propongo

 

Un ejercicio: cerremos los ojos.

 

Relajemos la mandíbula, soltemos el cuello, aflojemos los hombros.

 

Inspiremos suavemente por la nariz y dejemos escapar, al unísono, lentamente, el aire por la boca.

 

No te importe el tiempo.

 

Aunque no estemos juntos recuerda que tenemos una cita.

 

¿Dónde?

 

Elige tú. La única condición es que sea un lugar de tu pasado.

 

Piensa en él.

 

Es solo un juego.

 

Un olor,  una canción.

 

Puedes volver a escuchar, a  oler, a jugar.

 

¡Créeme!

 

Puedes dedicar el tiempo que desees, nadie tiene prisa.

 

¿Vuelves a ser niñ@? ¿Adolescente? ¿Vagabund@?

 

Por unos segundos…

 

¿Volviste a nacer?

 

Cuéntame.

 

Lo que me digas será para mí,

 

un Maravilloso Regalo…

 

Y ahora sí, si has terminado de leer: cierra los ojos, relaja la mandíbula, suelta el cuello…

 

 

                                                           Fonx

AQUEL LUGAR A MEDIA MONTAÑA

 

No era la primera vez que pasaba por aquel lugar, de hecho, lo había visitado varias veces, en los días en que mis salidas a la montaña eran más frecuentes.

Era una suave ladera a media altura, antes de llegar a aquella cumbre a la que me gustaba subir, desde la cual y pese a no ser de una excesiva altura, podía contemplar un paisaje esplendoroso que abarcaba desde la costa, hasta las más altas cumbre cubiertas por neveros.

Llegado a aquel recodo del camino, solía dejar este para ascender a través de las praderías, hasta alcanzar aquel rellano en el que siempre hacía una parada. Ascendía por los pastizales, separados unas veces por setos, otras por empalizadas o por viejos muros de piedra cubiertos de musgos. Era una zona abierta en la que aún no había hecho presencia la repoblación que se imponía en parte baja del valle y hacia la costa. Solo algún solitario castaño o algún fresno, daban en verano su sombra al ganado.

Me gustaba subir lentamente aquella loma, recreándome, para enseguida empezar a descubrir: primero el humo de la cocina encendida desde casi la madrugada, los tejados, primero el del hórreo y luego el de la casona de piedra con la cuadra adosada y por último, casi llegando al alto, en un lugar soleado y en el que siempre corría la brisa, aquel tendal en el que sábanas blancas, mudas y camisas, ondeaban al viento cual pendones engalanando un importante acontecimiento, o como las banderas de oración nepalíes que parecen saludar al caminante. Tal parecía siempre aquella colada que daba la bienvenida a cualquiera que se acercase a la casería.

En aquella ocasión me extrañó no ver el humo, no era habitual a aquella hora, pronto divisé los tejados y casi aceleré el paso para llegar a ver el tendal.

Un extraño sentimiento me recorrió todo el cuerpo y una vez más, el recuerdo de las banderas de oración nepalíes volvió a mi mente. En el tendal, a primera vista, seguía habiendo la ropa blanca tendida, pero algo extraño llamaba mi atención. En primer lugar, una de las cuerdas se había partido y la ropa esparcida sobre la hierba semejaba corras de champiñones nacidos al azar aquí y allá. En la otra cuerda, había un par de sábanas con algún que otro girón, así como dos camisetas y una camisa, que si bien seguían siendo blancas, no tenían ni el color ni la prestancia del algodón o el lino recién lavados. Entonces pude comprender, porqué se me había venido a la imaginación, el recuerdo de las banderas nepalíes, que aún desgajadas  y descoloridas, continúan ondeando al viento y elevando sus plegarias por los que en otro tiempo han estado entre los vivos.

Ya en la casa, pude comprobar que efectivamente así era. Todo estaba cerrado, silencioso, quieto, vacío. Solo aquella ajada ropa blanca, seguía incesante ondeando por la brisa, mientras seguía saludando al visitante, a la vez que parecía elevar una oración por los que habían vivido en aquel tranquilo, bello y soleado paisaje, de los pastos de la montaña asturiana

                                                                                   Sandex, 2 de febrero de 2010

 

 

 

Esclavos de la palabra

Esclavos de la palabra

 

Apasionada,

Aligera

El rigor

Invernal.

 

Fiel,

Permanece

Hasta que el día  

Se dilata…

 

..Y se va

 

Entonces,

En su ausencia,

La evocamos

Verde y líquida.

 

Pero,

Cuando amarillea

La hoja,

Re-aparece siempre

Cumplidora.

 

Y ahora,

Shiiii

Le toca a la palabra

 

(A TLS)

 

Bishaaa

 

Cuando los cerezos florezcan

La mujer descendió lentamente los escalones del porche de entrada a la casa. Vestía una desgastada bata de menudas flores amarrada por un cinturón a la gruesa cintura y en sus pies calzaba unas raídas zapatillas de cuadros. En la cabeza, un pañuelo negro del que se escapaban mechones grises.  Su cuerpo, pesado y lento, se inclinaba hacia un lado por el peso del canasto con ropa que llevaba apoyado en la cadera. Cuando llegó al tendal que se hallaba situado a un lado de la casa, apoyó el canasto en el suelo, quitó las prendas que había colgadas y las sustituyó por otras. Unas sábanas, unas enaguas y unas camisas, todo de color blanco, quedaron meciéndose con la suave brisa que recorría la llanura. La mujer miró al cielo. Los negros nubarrones que avanzaban por el oeste precipitaban el atardecer y en la lejanía, allí donde terminaba la llanura verde y rala y se levantaban los suaves cerros, una cortina gris de fina lluvia.

            Por eso me dolía a mí la cadera -pensó la mujer- no tardará nada en llover.

            Con pasos cansinos volvió a la casa, subió los escalones del porche y se sentó en la mecedora. Apoyó las hinchadas piernas en un taburete de madera y se arrebujó en una toquilla de lana.

            Todavía faltan dos horas para que oscurezca y no hace frío. ¡Ay! Si no fuera por este dolor de la cadera… -suspiró la mujer-

            Luego, como todas las tardes, su mirada se dirigió hacia la ropa que colgaba del tendal.

            Si, así estaba bien, como le gustaba a él cuando llegaba a casa. Y en sus recuerdos lo vio acercarse por el sendero de barro seco, coger las sábanas con sus manos y hundir su cara en ellas.

            Huelen a limpio, huelen a ti –le decía él riéndose-

            ¿Y cómo es el olor a limpio? –le preguntaba ella-

            El olor a limpio es… -dudaba él mientras pensaba- es como el aire del invierno, frío y puro.

            Ella sabía que él volvería. Por eso siempre había ropa colgada. Para que supiera que estaba allí esperándole. Como lo esperó siempre desde aquella vez que siendo una niña lo sintió debajo de su ventana.

            Primero el sonido del chiflo y luego aquellos gritos de su voz de niño que empezaba a ser hombre.

             ¡El afiladooor!, ¡Afiladooor! ¡Se afilan cuchilloooos, tijeraaaas…!

            Después de afilarle las tijeras ella le preguntó:

            ¿Volverás?

            Y el le contestó:

            Volveré… volveré cuando los cerezos florezcan.

            Y regresó todos los años en primavera para colocarse debajo de su ventana y gritar ya con voz de hombre:

            ¡El afiladooor!, ¡Afiladooor! ¡Se afilan cuchilloooos, tijeraaaas…!

            Y ella bajaba corriendo con el corazón saliéndosele del pecho, una flor en el pelo, coloretes en las mejillas, unas tijeras para afilar y una pregunta, ¿Volverás?

            Y él, mirándola dulce a los ojos, siempre le contestaba:

            Volveré… volveré cuando los cerezos florezcan.

            Hasta aquella primavera que llegó para llevársela con él. Se instalaron en la casa a las afuera del pueblo, en la soledad de la pradera que se extendía hasta las estribaciones ocres de la sierra. Y como allí sólo se tenían el uno al otro se quisieron mucho más.

            Pero al año siguiente, en un día frío y gris llegó una carta en la que lo llamaban a luchar en una guerra lejana. Y tuvo que marcharse.

            Cuando se iba, él dio la vuelta para mirarla y la vio, menuda y frágil, con su dolor y su vestido celeste.

            Ella, de pie en el porche de la casa, lloraba mientras lo veía alejarse, alto y perdido en su traje de domingo, por el camino de tierra seca.

            Y en sus ojos quedó grabada su imagen diciéndole adiós con la mano y en sus oídos nunca dejó de escuchar su voz traída por el viento que le decía: 

            No llores, amor, no llores… ¡Espérame! Ya sabes que volveré… volveré cuando los cerezos florezcan.

 

Xeres

instantes cuponeros

Sin adjetivos

 

Lo cuelgo por corto ( vaya como suena esto…) en el blog

 

INSTANTES DE CUPONERO

 

 

 

Desde fuera, te oigo pedir el café,

pero me toca ayuno en tal desayuno

y quisiera ser la taza, la leche y el terrón.

 

Ahora… si, la música, acercándote,

¡Que ritmo!...ese taconeo…

Quiero ser tacón

 

Junto a mí pasas moviendo el aire

y llega la galerna de tu olor

¿Qué perfume llevarás…?  (…?)

Del frasco anhelo ser tapón.

 

Yo, sin ver, te siento mujer,

tú, que ves, me ignoras

Y solo valoras

Evitar el tropezón

 

No has llegado y ya te alejas.

Aun escucho tus pasos

y la estela de aromas que dejas

resultan colofón.

 

Mañana repetiremos

lo que ayer ya repetimos,

yo el ciego que vende lotería

y tú  que nunca le compra el cupón.

 

Por unas pocas palabras

o simplemente tocarte,

te regalo la tira entera,

“peaso” bombón

 

mogox

 

Carta a un desconocido

S.P.O.

(Concepción)

 

Mi pequeño Adrián,

 

      Otro año que no podré ir a tu cumpleaños. Pero no te preocupes, lo he dejado todo en manos de los abuelitos, estoy segura de que te prepararán una gran fiesta, como siempre.

    Ya les he dado tu regalo. Se lo encargué a Dionisia, una ATS nueva, muy maja y que me trata muy bien. Espero que te guste, pero ten cuidado ¡eh! No la cojas por la carretera, que los coches son muy peligrosos.

    El abuelo me ha prometido que te enseñará a utilizarla. Se emocionó mucho cuando la vio. Debía de recordarle su niñez  ¡Está tan mayor el pobre! Quiéreles mucho (a los abuelitos), que nos están ayudando un montón.

    También están preparando tu Primera Comunión. Seguro que para entonces estaré bien y podré salir de aquí, y abrazarte ¡por fin!

 

Tu mamá que no te olvida,

Conchita.

 

 

(Historial de la paciente Concepción Martínez Guerra.

Esta es una de las muchas cartas que escribe a su inexistente hijo, Adrián. Concepción presenta SPO (Síndrome Postraumático Obsesivo), por la pérdida súbita del bebé de 7 meses que estaba gestando, debido a una de las muchas agresiones de su marido. Le escribe como si hubiera nacido, pues aún no ha aceptado la pérdida, ni previsiblemente lo hará en un futuro próximo. Es una consecuencia sico-patológica que surge como respuesta prolongada a un dolor profundo… y crónico).

 

Bicha

Bandera sangrienta

Bandera sangrienta (en siete líneas)

Una sábana blanca ondeaba en el viento, en el suelo habían caído varios pañales y alguna braga mal pinzada, el humo de la chimenea señalaba que los inquilinos estaban en ella. Se asomó una cabeza con cuidado por la puerta trasera, oyó risas de niños en el patio delantero, ¡Nadie se había dado cuenta! ¡Nadie había oído los gritos de esa zorra! Salió de prisa huyendo, todavía con el hacha en la mano, pasó entre las sabanas y rápidamente se ocultó entre los arboles del bosque.  Una mancha roja quedó impresa en la sábana blanca ondeando al viento.

Otra versión más larga y descriptiva:

Una sábana blanca ondeaba en el viento junto con camisas y pantalones muy usados y varios pañales blancos curtidos de tanto lavarse. Era el patio trasero de una cabaña de piedra y techo de madera con cortinas de flores en las ventanas. Estaba en un claro de un bosque de abedules muy retirado de la carretera general, un camino de tierra llegaba hasta ella y la mantenía escondida de los turistas y senderistas que frecuentaban esa zona montañosa de la sierra de Cuera, la chimenea humeante señalaba que estaba habitada, al lado de la puerta había un deposito de leña cortada para la chimenea junto a un tocón de un árbol talado que se veía por las muescas y cortadas que se usaba para cortar la leña, se oían risas y juegos de niños en la parte delantera, por la puerta trasera entreabierta se asomó el rostro de un hombre mal encarado, con ojos inyectados en sangre y el pelo enmarañado, después de comprobar a ambos lados salió corriendo entre la ropa tendida, se enredó en las cuerdas y halando rompió una de ellas cayendo al suelo varias prendas de ropa, el hacha que llevaba la lanzó al depósito de leña y huyó por el bosque dejando tras de sí una mancha roja impresa en la sábana blanca ondeando al viento.

 Bulldox       2 de febrero de 2010-

Como pasar de paciente a cliente

Como pasar de paciente a cliente

Era la primera vez que iba al dentista en Asturias y aunque ya tenía una experiencia muy larga en estos menesteres me sentía nervioso. Había pedido una cita para reparar una amalgama caída que realmente me incomodaba cada vez que comía dejándome algún residuo de comida entre las muelas.

Me había indicado la chica de la recepción que llegara temprano si no quería esperar mucho y me dio cita a las diez de la mañana de un martes próximo. Con esa explicación y sabiendo que me molesta que me hagan esperar en la consulta de un medico, me presente a las nueve y media. Fui el primero en llegar, la chica muy amablemente me dijo que me sentara en la sala de espera, prevenido como siempre me llevé un libro que estaba muy interesante y faltaba poco para terminarlo, y así me distraje leyendo, solo interrumpido por los buenos días de algún otro paciente también citado a la misma hora. En un determinado momento que vi el reloj eran las diez y cinco minutos y éramos siete en la sala de espera. Tratando de no cabrearme seguí leyendo, pero pensando que era un error citar a tanta gente a la misma hora, me harían esperar a mí, o tendrían ellos que esperar varias horas para ser atendidos; si era solo un dentista que atendía a tantos pacientes. Me decidí a preguntar en la primera oportunidad cuantos dentistas atendían a los pacientes. Pero la duda que realmente me asaltaba era si me llamarían de primero, por orden de llegada o por otros criterios. En eso estaba, leyendo y no leyendo por los pensamientos que se me atravesaban y no me dejaban leer, cuando de repente se abrió la puerta y una chica morena en bata blanca dijo Gregorio, Michael, Laura y Maritza síganme.

Nos levantamos cuatro personas y la seguimos por un pasillo, ella al llegar al fondo empezó a repartirnos en cuatro puertas distintas y me dijo: “Tu, mi amor, en esta sala”, abrió una puerta a mi izquierda y me introdujo en un habitación que tenía una silla odontológica y su instrumental correspondiente, al cabo de unos segundos se asomó de nuevo en la puerta y me dijo:

-        “siéntate mi vida, por favor” y volvió a salir.

 

La silla miraba a la pared de espalda a la puerta. Volvió unos minutos después y me puso un babero,  me volvió a decir algo que incluía “mi amor” y se volvió a ir. Yo trataba de quedarme quieto y tranquilo viendo al techo, a las paredes llenas de diplomas médicos y el instrumental de torturas que estaba al lado de la silla donde estaba sentado, que tenía jeringas, taladros y brocas de todos los tamaños. En ese momento entró alguien y una voz de hombre me habló desde atrás y me pregunto: ¿Qué lo trae por aquí?, dio la vuelta y se sentó en un taburete al lado de mi silla, era un paisano de bata verde con lentes, le expliqué que era una amalgama, esas modernas, de resinas, que se me había caído.

-       ¿Le duele?

-       No, solo que se llena de residuos de comida y es una molestia.

-       Bueno, vamos a ver y me abrió la boca mientras simultáneamente mi silla se reclinaba hasta quedar prácticamente acostado a su lado.

 

Después de revisar un poco tomo una jeringa y me dijo:

-       Abra la boca y me inyectó, muy suavemente, realmente no lo sentí, o quizás también fue porque en ese momento entró de nuevo la chica morena guapa, que esta vez no me dijo nada, pero recibió instrucciones del paisano de verde mientras me inyectaba.

 

Se fueron los dos y me dejaron esperando unos, quizás diez minutos o más, realmente no vi el reloj, pero se me hizo eterno esperando a la chica guapa o al paisano de verde, repasé todos los cuadros y diplomas, cambié de posición los pies varias veces, me quité y me puse los lentes otras tantas veces, sentía que se me dormía la lengua y una mejilla, ya no sentía el hueco en el diente. Al cabo de varios minutos entró el paisano de verde y dijo:

-       Bueno, acomodemos esta amalgama

Entró la guapa morena y entre los dos empezaron a manipularme la boca, con un taladro el paisano y con un succionador ella. Yo con la boca abierta, a veces con la mano del paisano en mi nariz o la de la morena guapa en mi boca, no podía ver lo que pasaba y tragaba con cuidado de vez en cuando. Entró una persona a preguntarle al paisano algo relacionado con papeleo administrativo mientras el mantenía su mano en mi boca y la chica el succionador. Al cabo de un tiempo resolvieron el problema y el de la bata verde, sin sacar la mano de mi boca continuó con su trabajo. El paisano por fin soltó el taladro, cogió algo mas, como una brochita, luego una inyectadora o un instrumento similar que no pude distinguir, la chica además del succionador tenía algo parecido a una pistola extraña y entre los dos siguieron unos minutos haciendo cosas en mi boca hasta que ella soltando la pistola y mi boca y el soltando las pinzas y mi nariz me dijo:

-       Muerda suavemente

-       Mordí y espere.

Volvió con el taladro y ella con el succionador y de nuevo muerda suave.

Y vuelta al taladro y vuelta a morder y después de varias veces me dijo:

-       ¿Ahora qué tal? ¿Cómo lo siente?

-       Yo le dije bien.

Y mi silla inmediatamente se empezó a enderezar, separaron el instrumental de tortura, sin darme cuenta la chica me quitó el babero y el paisano me dijo:

-        bueno ya está listo le recomiendo una revisión anual.

Me dio la mano y se fue.

La morena guapa después de decirme mi amor me hizo seguirla a la recepción donde habló con la recepcionista, se volteó me dijo hasta luego mi vida o mi amor, ya no estoy seguro y se fue por el pasillo a atender a otro de sus amores.

La chica de la recepción me cobró 55 euros y me preguntó si quería una factura.

En la calle con el frio matutino y con la boca dormida mi fui soñando con la morena guapa a mi casa.

 

LA CLÍNICA DEL DR. ROMERO

 

Aparentemente, no dejaba de ser un edificio más de aquel barrio, no obstante, tanto la botonera del portero automático como, la puerta de aluminio acristalada, mostraban claramente una adaptación a tiempos más modernos; precisamente eran estos dos elementos los que denotaban que no se trataba de un edificio más; un trozo de papel en forma de flecha pegada a la pared, apuntaba hacia uno de los botones del piso tercero. La puerta y los cristales exhibían una pátina que solo el tiempo y la desidia son capaces de acumular; esta sensación se acentuaba, cuando tras apretar aquel pulsador, la puerta franqueaba el acceso al oscuro portal, en el que era imposible de adivinar el color de la pintura.

 Los peldaños de la escalera, de madera desgastada por los años, iban ascendiendo entre algún que otro crujido que su misma antigüedad les arrancaba, sería toda una osadía apoyarse en el pasamanos. Solo funcionaban tres de la bombillas de los cinco pisos y la luz que entraba por el lucernario, parecía filtrada a través de un cortinón de terciopelo, por las telarañas que acumulaba; el rellano del tercero tenía la bombilla encendida, de modo que podía leerse, aunque vagamente, el letrero de porcelana con algún desconchón que había en la puerta: “ CLÍNICA DEL DR. ROMERO”.

La puerta se abrió perezosa y pesadamente y un bulto semi invisible en la penumbra, señaló con su mano un pasillo, que bien podría ser la boca del infierno. Parecía interminable y al recorrerlo en dirección a lo que debía de ser la sala de espera, se pasaba junto a una puerta entreabierta a través de la cual, se veía un sillón de cuero raído con algún desgarro, frente a una oscura mesa atestada de librajos y papeles; cerca, algo parecido a lo que en su día pudo haber sido una camilla de un  paritorio, pero que ahora, la suciedad por la falta de higiene y el reiterado uso durante años, lo había convertido en algo parecido a un cadalso, donde absolutamente todo quedaba en manos de aquel ser, tan oscuro y tétrico como el ambiente en el que se desenvolvía.

Una pequeña mesa metálica cercana, portaba una serie de extraños y espeluznantes instrumentos sobre un descolorido paño, que de algún modo, hacían parecer aún más patético aquel lugar al que había tenido que recurrir y que, nunca hubiese querido visitar.

                                                         Sandex, 19 de Enero de 2010

Naturaleza.

Naturaleza.

HAIKUS.-

 

 

Hoja otoñal

Seca en el camino

Triste y sola.

 

La nube pasa

Dejando una estela

De imagen fría.

 

Gime el viento

De dolo, de tristeza…

Nadie escucha.

 

Mi cuerpo inerte

Y mi mente flotando

En la lejanía.

 

 

No alimentamos

La profundidad del alma

Lo suficiente.

 

 

Llora el gorrión

Llamando a su cría

Se fue, no volvió.

 

 

Brota la semilla

Que mano dura corta

La esperanza…

 

 

Vacía la vida

De aquel servil hombre

Que no piensa.

 

 

 

Carmela.

VIAS DE TREN

VIAS DE TREN

Vias de tren que no sabemos donde tienen su fin.
Esperaremos en el anden a subirnos a ese tren que no dejaremos escapar en esta ocasión.
Sube al tren, la aventura espera, que importa donde nos lleve; lo que importa es el viaje.
Vias de tren, cruzando paisajes, el tren deslizandose a toda máquina a través de nuestros sueños viajeros.
Vias de tren,
vias muertas rasgando el horizonte.
Quizás esta vez alguién espere por nosotros en la estación.
Dejamos nuestras maletas abandonadas en el andén.
Lineas paralelas atravesando nuestros corazones.
No sabrán que nos hemos ido,
y cuando nos extrañen ya estaremos muy lejos.
Vias de tren,
nos vieron partir y saben que no regresaremos.
 
 
Vias de tren.
Jorgexx

La cita

 

Acudía puntual a su cita, así que, como tenía por costumbre, atravesó el Collao, tocó el picu “El Cornín” y descendió veloz por la pradera  “Las Cerezales”, dejando a  derecha “Fontarente”  y a la izquierda la “Pena el Cuetso”. Se giró al pasar la braña vieja y tomando el valle del río llegó a la aldea.

 

Allí lo esperaba Valiente, a pie de cuadra, viéndole llegar y mirándolo de frente; y allí  sintió su aliento cálido en la cara.

 

Así que se adentró en la oscuridad del establo, y,  tomando la cuerda trenzada para amarrar los xatos se subió a un tayuelo, pasó la soga por la viga cimera y deslizó el extremo opuesto, el del  lazo, por su cuello.

 

El visitante golpeó furioso la puerta de madera, reclamó su deuda y el estallido que produjo el portazo ahogó, misericorde,  el sonido regular del tayuelo rodando por el suelo de piedra de la corte.

 

Hálito terrible y mesetario,  exhalación brutal y terrestre: el viento del sur, había llegado.

Cuando el viento cesa...

 

Son las cuatro de la mañana y en la noche sin estrellas el pequeño palacete de piedra gris, con las puertas y las ventanas blancas, emerge entre una niebla baja y densa que sale de la tierra húmeda. El viento que serpentea entre los cuidados setos del jardín francés que la rodea, mueve las flores rosa de las azaleas y hace entrechocar las diminutas piedras del sendero de gravilla que lleva hasta la puerta principal. En la explanada circular situada delante de esta puerta, una pequeña fuente que remata en un dorado pez, de cuya boca abierta en forma de O sale un surtidor de agua. En la casa, las luces apagadas. El viento que mueve las cortinas, sube por las escaleras hasta llegar a la habitación y se cuela por debajo de la puerta. Una pareja reposa en la cama con dosel cerrada por unas vaporosas cortinas blancas. La cabellera cobriza de la mujer, que duerme de lado, se esparce sobre la almohada y uno de sus brazos, blanco y torneado, descansa sobre su cadera. El hombre yace boca arriba y su torso desnudo se mueve pausadamente al ritmo de su respiración. De repente, el viento cesa. Las flores de las azaleas cuelgan marchitas entre las frondas verdes, un olor dulzón y pegajoso de hojas pudriéndose en una ciénaga llena el ambiente y de la boca en forma de O del pez dorado de la fuente deja de salir el agua. Un cerco verde y negro de moho cubre las escaleras de la entrada principal del palacete. En su interior una atmósfera viscosa y densa lo impregna todo. Las cortinas de las ventanas cuelgan pesadas y herméticas. En el enorme espejo del aparador de la entrada un reflejo negro y al fondo una débil luz parpadeante. Las sombras negras de los muebles se hacen más largas. En el silencio resuena el eco arrastrado de unas escaleras quejumbrosas y al llegar al descansillo, en la oscuridad de la ventana sólo una débil luz. Los ruidos, amplificados por la calma, se suceden. El chirrido del pasamanos…, el crujido rítmico de los escalones…, el siseo de una tela contra la pared…, un rozar inevitable en la madera del pasillo... Al llegar a la habitación, aunque no hay viento, la puerta se abre como empujada por un golpe de aire y choca con estrépito contra la pared… El hombre, pálido y sudoroso, está sentado en la cama. Sus ojos, extraña y desmesuradamente abiertos, miran al fondo de la estancia y sus brazos temblorosos comienzan a elevarse para luego rodear su cuerpo en un vano intento de protegerlo. La mujer, también sentada en la cama y con un grito mudo en su boca abierta, tiene los brazos cruzados sobre el pecho y sus uñas, que permanecen clavadas en los hombros, van dejando caer un hilillo de sangre por su piel marmórea. Al fondo de la habitación y reflejándose en la ventana sin cortinas sólo una luz parpadeante…

Xeres

El Bosque

Este es mi bosque, el de todos, en realidad puede ser cualquier bosque, se trata de imaginarlo, para mí el bosque tiene varios aspectos el dedía y el de noche, es como si se transformara, magia, también hay que saber mirar y contemplar lo que el bosque nos ofrece, depende de con que ojos, una rama por ejemplo, puede ser eso una rama o tal vez una espada, escalibur, o la del cid, una piña puede resultar lo que ves o una granada de la guerra civil. El bosque tiene árboles que no se pueden contar, si te fijas y miras al cielo y a las copas, es como si bailasen o se moviesen, además si afinas el oido, puedes oirles, aunque puedes pensar que crujen por el viento o de la edad que tienen. El bosque a parte de árboles, tiene arbustos, plantas y rocas donde subes y gritas ¡Soy el rey del mundo! a lo Leonardo DiCrapio en "Titanic" por supuesto, riachuelos, rios y lagos. Su fauna también varía, puedes ver las cabras que dejans su"rastro" para no perderse y como no esos seres de los que se habla pero no se ve, como hadas, elfos, duendes que hacen posibles el color de las cosas, el sabor de las frambuesas y moras, sin olvidarse de lobos, zorros y osos, a su vez, están las brujas, orcos y trols que hacen que tengamos miedo del bosque, aunque creo que es el bosque quien nos teme, con tanto leñador y pirómano que lo destruye. pero lo mejor radica en su historia, dinosaurios, romanos, moros y cristianos, todos pasaron por él, quién sabe si ese caminito nos lleva al mago de Oz.

Por: Alex (Altezax).

Caso sin resolver.

 

Caso sin resolver.

 

 

Acurrucada dentro de una manta, pensaba en lo complicada que se había vuelto su vida. Todo había cambiado en cuestión de segundos. Aquel hombre acosador, al final consiguió su propósito y continuaba con su vida sin preocupaciones; libre. Mientras que, para ella todo era obscuridad y dolor. Vivía prisionera en su propia casa, con el temor de que algún día él volvería. Nadie le había creído, a pesar de las huellas dejadas en todo su cuerpo. Pero no podía seguir en ese estado, tenía que reaccionar, continuar viviendo y seguir  con su trabajo.

Al día siguiente, a pesar del dolor que su cuerpo le transmitía, estaba dispuesta para afrontar cualquier cosa.

Se puso el uniforme de enfermera y comenzó la tarea de ponerse a realizar las visitas correspondientes. Necesitaba ponerse al día.

Su ronda llegaba al final y todo parecía ir bien, cuando recordó que aún le quedaba el paciente de la sala trece. Al abrir la puerta, su corazón casi deja de latir al descubrir que el enfermo era su atacante, cerró de nuevo y se dirigió al baño para tranquilizarse. Entre sollozos y nauseas, comprendió inmediatamente que lo tenía en sus manos. Pasado el temblor, se dispuso a ejecutar su plan.

Respiró hondo y como un ave rapaz, fue en busca de su presa. Lo encontró inconsciente, debido a los medicamentos suministrados, momento que aprovechó para lo que tenía en mente. Una vez concluido el trabajo se fue tranquila y satisfecha.

Al despertar de su letargo, el paciente de la sala trece tenía atado a su mano un frasco con un contenido siniestro. Sus partes más íntimas.

 

 

 

Bordex.

 

 

 

 

 

 

 

LA NUTRIA.

 

 

 

He visto a la nutria pescando en el río. Se lo he dicho a todos, pero se han reído de mi ¡no es verdad! ¡Sería una rata! Seguro lo habrás soñado,  contestaron…

Al día siguiente volví al río. Se lo conté todo a la nutria.

Basta con que tú me veas, me dijo, pero… abre los ojos, ¡ellos son tu pesadilla!

 

 

 

Bordex.

La bestia

Nadie hubiese podido decir si el control que ejercía sobre los sentimientos había sido  adquirido o  era de nacimiento. Jamás dejaba que las emociones la afectaran más de lo debido; por un amor nunca hubiese renunciado a un proyecto, ni la vista de un niño muerto de hambre en un telediario de la noche, le hubiese quitado las ganas de comer. Así pues, no era de extrañar que no tuviera muchos amigos y que no compartiese nada. Un sinfín de manías regían aquella vida  y una de ellas consistía en un paseo, cada mañana, al borde del mar; nada más llegar a la playa se descalzaba… ¿Compulsión? Quizás… pero el caso es que, invierno o verano, siempre lo hacía, y cuando las primeras pisadas en la arena eran las de ella, se sentía como una conquistadora en una tierra sin explorar. Mas aquella mañana, alguien se le había adelantado; eran huellas de hombre-gigante y, cosa del azar tal vez, pisó justo donde él lo había hecho. De inmediato, le llegaron un montón de emociones de las que no había sabido nada  hasta aquel día y que la embriagaron… podía pensar y sentir todo lo que aquel ser pensaba y sentía, entonces, deseó poseer su alma. Para eso tenía que ir tras él y acelerar el paso siguiendo las huellas. Al cabo de unos minutos  vislumbró  la silueta del hombre; empezó a correr notando como la piel se le iba transformando hasta adquirir  el aspecto de la de los camaleones, y como la lengua se le iba alargando, enrollándose y llenándose de babas. Cuando estuvo lo bastante cerca del gigante emitió un sonido que hizo que el hombre se diera la vuelta y se estremeciera; apenas si hubiera visto a la mujer que, con la piel color arena, le estaba retando, ahí,  donde el mar y la tierra se funden, de no haber sido por aquellos ojos… unos ojos  de reptil enfocando a una presa, y  nada pudo hacer cuando  con  fuerza  y furia la bestia lanzó su lengua de camaleón justo allí donde reside el alma.  Dicen que durante meses, un gigante sin alma vagó por aquella playa, y que, un día, le vieron  adentrarse en el mar. 

                                                                                         Elegantex

 

"A quien madruga, a veces Dios no le ayuda"

La mujer que caminaba por la acera taconeó con impaciencia cuando vio entrar a dos personas en la carnicería hacia donde ella se dirigía.

             Bueno, toca esperar. Tampoco tengo tanta prisa. ¡Qué rabia me da! Es igual que madrugues que no. ¡Siempre hay alguien que llega antes que tú! –pensó mientras aceleraba el paso- 

            El rótulo “Carnicería Manolo” apenas se distinguía a esa hora de la mañana por la oscuridad de la noche que aún no se había ido. La mujer traspasó el umbral de la puerta y las aletas de su nariz se dilataron por el efecto que produjo en sus fosas nasales el olor a sangre que impregnaba el ambiente. Sin embargo le pareció que todo estaba como siempre. Las paredes con azulejos que llegaban hasta el techo, la luz de neón que magnificaba los objetos de la estancia, el almanaque del año 2010 con la foto de una gata con sus gatitos echados en una cesta de mimbre, las dos sillas de plástico pegadas a la pared, el paragüero, el reloj colgado de la pared que marcaba las 8.30 horas, el mostrador de cristal con los trozos de carne y el tocón de madera donde Manolo cortaba el material.

            Si –se dijo- todo estaba como siempre. Pero…  había algo que no le cuadraba. Quizá… ¿Aquel olor a sangre que parecía flotar en el ambiente?

            De repente se dio cuenta de un detalle. ¿Dónde estaban las personas que habían entrado antes que ella? –se preguntó-

            Buscó una puerta por donde pudieran haber salido. Sólo vio la entrada de acceso al local y la abertura de la cámara frigorífica en este momento sellada por una placa de acero. Estaba claro que por la puerta de entrada no habían salido, pues ella se los hubiera cruzado y desde luego, no le entraba en la cabeza que estuvieran en la cámara frigorífica.

            En ese momento, Manolo el carnicero se dirigió a ella:

            ¿Qué desea hoy? ¿Ponemos el lomo de los jueves? Hoy si que tenemos una pieza del que a usted le gusta. Nos llegó ayer por la mañana y mire… ¡mire que presencia tiene! ¿A qué no vio muchos así? ¿Eh?

            ¡Sí! ¡Sí!, ponme un trozo –contestó la mujer mientras miraba como Manolo cogía un trozo de lomo del mostrador de cristal-

            A continuación sintió un ruido a su derecha. Giró la cabeza en esa dirección y vio salir de la cámara frigorífica a Anselmo, el ayudante de Manolo. Este, que llevaba en su mano un machete, tenía el delantal totalmente cubierto de sangre y en su cara y en su pelo había salpicaduras de sangre. Durante el instante que la puerta permaneció abierta y al fondo de la cámara frigorífica la mujer alcanzó a distinguir, colgadas de unos ganchos, dos masas de carne que chorreaban sangre. Volvió a mirar a Manolo el carnicero y entonces observó que también él, tenía salpicadura de sangre en la cara y en el pelo. Y también pudo advertir el gesto de asentimiento que Manolo le hacía a su ayudante. Lo que ya no pudo ver fue lo que sucedió a continuación pues Anselmo, situado a su espalda y machete en mano, descargó un golpe en su cabeza que se la partió en dos y el cuerpo de la mujer cayó al suelo.

            Desde luego Anselmo, tengo que felicitarte ¡Vaya idea la tuya! Ahora todo son ganancias –le comentó Manolo a su ayudante con una sonrisa en la cara- ¡Nada de proveedores! ¡Nada de intermediarios! ¡Bien! ¡Muy bien! La mercancía entrando directamente por la puerta ¡Un genio! Eso es lo que eres ¡Un genio!

            ¡Si ya te lo decía yo Manolo! ¡Si es que la gente ahora no sabe lo que come! Con las porquerías que les dan a los animales para engordar ya no hay diferencias en el sabor. Tú les dices que es ternera… ¡Pues se tragan que es ternera! Les dices que cordero… ¡Pues cordero! –le contesta Anselmo mientras corta en filetes el hígado de la mujer-

            Esta era una clienta que nos hacía gasto y lo siento por ella pero… cuando ¡toca, toca! -dice Manolo el carnicero al tiempo que trocea en pedazos de carne para guisar una de las piernas-

            Bueno, ya sabes Manolo, cuestión de horario. Al que pase por la puerta entre las ocho y las nueve… ¡Zas! ¡Zas! -asiente Anselmo desde la cámara frigorífica mientras cuelga el tronco de la mujer de un gancho-

            El reloj de la pared marca las 9.05 horas. Manolo, que ya se cambió de delantal, da los buenos días con una sonrisa a una clienta que entra en ese  momento.

           

Xeres