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Taller Literario de Salinas

sombra...

sombra...

Sombra…

 

Aun sentía el frío recorriéndome la espalda, un frío que días antes me había helado la sangre. Un halo de misterio envolvía esa casa y solo se notaba, cuando estaba dentro. Toda ella me atrapaba en un misterio, que al mismo tiempo se convertía en curiosidad.

Hice mis maletas, con la proposición firme de no volver la vista atrás ni una sola vez. El tiempo apremiaba para salir de allí a toda prisa. Yo también la había sentido, una presencia que te rozaba con sus fríos dedos, unos golpes a media noche, con murmullo de voces susurrando mí nombre. Recogí lo poco que había llevado, dejando atrás, todo lo demás; la razón me decía que nada de aquello me pertenecía.

Subí a mí coche y en el último momento sin resistirme, volví la vista un segundo; allí, tras las cortinas, la vi… como lo que era, una presencia aterradora.

El viajero

El viajero

El viajero.

 

Buscaba un lugar tranquilo para morir.

Viejo errante de pueblos sin fortuna, donde habitan gentes de todas clases; con su violín a cuestas, sus ropas hechas harapos, mendrugos de pan con tocino para sus viejos y carentes dientes… ¡benditas melodías, que en su día enamoraron a jóvenes parejas!

Pero sigue solo, más cansado que de costumbre, y busca un lugar donde acurrucarse del tiempo.

¡Viejo árbol, tanto como yo! ¡Dale descanso a este viajero!

Apoyado en sus raíces, se duerme para siempre, mecido ahora por el murmullo del viento entre las ramas. Una vieja estatua con violín, quedará en su recuerdo, y en los días de viento se dice que aun se pueden oír sus tristes melodías…

                                                                                                               Vero.

Nalfi y Piociprin

“Todo final puede ser el principio”.

Eso le acababa de asegurar su terapeuta; asi es que, seguro de si mismo, Nalfi le dijo a Piociprín:

--¿Qué te parece si por una vez me dejas estar delante?

Piociprín que no tenía ganas de pelear accedió…. y eso fue el principio del fin.

                                                                                Dominique

Si encuentran un teléfono no...

Buscaba un lugar tranquilo para morir cuando sonó su móvil. Antes de contestar se quiso asegurar de que no fuera su inconsiderado jefe y, una vez más, se alegró del progreso que había hecho del teléfono el no va más de la incomunicación. No le hizo falta sacar sus gafas de ver de cerca, ahí estaba en letra bien claras el nombre del inoportuno: MUERTE

 No le pillaba desprevenido, pero sí  le molestaba tanta insistencia; apagó el móvil y, con rabia, lo tiró por la ventana. Era verano y le quedaba aún bastante mundo por recorrer asi es que lo de buscar un lugar tranquilo para morir le parecía ahora una solemne tontería.

-- Ya  se encargaran otros de escoger por mí  ese lugar tranquilo, pensó en voz alta.

Preparó una maleta con algo de ropa y se dirigió al aeropuerto. En la calle, un transeúnte intentaba, con éxito, conectar un móvil de última generación que acababa de encontrarse como caído del cielo… ¡sí, funcionaba!... y además, en ese preciso momento llamaban:

--Sí, dígame, contestó el hombre con suerte.

--Soy la Muerte, le respondieron al otro lado del teléfono.

--Pues me pilla en plena calle, pero, si no le importa, concédame unos días para  buscar un lugar tranquilo para morir, y vuelva a llamarme. Luego, tiró el teléfono.  Dominique

Mensaje

 

 

 

Parecía que no acababa nunca, pero sólo duró unos minutos… Momsk miraba a Joachim y no podía creer el mensaje. De pie, en el umbral, temblando de angustia, el muchacho apenas podía respirar. Debía haber corrido a lo largo de los 10 Km. que los separaban de Katowice. Detrás de él la oscuridad de la noche envolvía la aldea. Sólo alguna luz perdida iluminaba el paisaje.

Abrazándole casi, le hizo entrar: Has sido un valiente muchacho judío esta noche. Siéntate y descansa.  Ahora tengo que preparar la partida.

Salió de la estancia y se dirigió al dormitorio: Maryan, despierta. Prepara a la niña. Recoge algo de ropa y de comida y tus joyas.  No las olvides. Pueden ser útiles.

Luego se dirigió al patio.  Iba en busca del viejo taxi que utilizaba para trasladar cada día gente de la aldea a la ciudad. Miró el depósito para comprobar la gasolina. Estaba lleno. Colocó unas mantas en los asientos traseros y llamó a Joachim. Avisa a los vecinos y diles que adviertan al resto. Tú vendrás con nosotros.

Una hora más tarde rodaban por la vieja carretera llena de baches. Devorah al salir, asombrada y feliz a pesar del sueño, había señalado las estrellas, luego se había vuelto a dormir abrazada a su madre. Momks conducía inquieto. Joaquim sentado a su lado miraba constantemente hacia atrás, lo mismo que Maryan temiendo ver los uniformes verdigrises de la Wehrmach avanzando sobre su tierra polaca. Amanecía. Era el 1 de septiembre de 1939 y una nueva guerra se cernía sobre Europa.

 

HUÍDO DE LA SOLEDAD

HUÍDO DE LA SOLEDAD

BUSCABA UN LUGAR TRANQUILO PARA MORIR, y así, llegó un buen día hasta aquí, Manhattan, el paraíso del ruido y de la vorágine. Al principio, cuando lo conocí y me dijo esta frase, no me atreví a preguntarle más, me pareció un loco o algo así; hoy, después de tres años y tres meses de amistad, éramos cientos, los que reunidos en el cementerio le rendíamos el último y triste, muy triste, adiós.

no hay final...

no hay final...

Principio y fin.

 

 

No todo es final.

El final de la vida y el nacimiento  de otra.

El final del ocaso y el comienzo del alba.

El final de un amor y el principio de otro.

El final de la angustia y el regreso de la calma.

Es así…

 

                   Bordex.

decisión

decisión

Buscaba un lugar tranquilo para morir. Para ello eligió una pequeña cabaña cerca de un hermoso lago. Quería prepararse para la hora final y allí encontraría la paz que tanto necesitaba, lejos del ruido y de la vida disoluta que lo había arrastrado a tan patético mal.

Pasaba el tiempo con su lectura favorita, su música y su meditación, llegando a la calma más absoluta. Cuando el cuerpo se quejaba, daba grandes paseos contemplando el idílico paisaje y envidiando la fuerza del bosque, con sus poderosos árboles desafiando los vientos, haciéndolos bailar a su ritmo.

Era tan feliz, que la sola idea de volver a la ciudad para una última revisión, le horrorizaba, y no le veía sentido, si ya nada podía hacerse para recuperar la “vida.” Aprovecharía el viaje; necesitaba algunas cosas, como el último libro de su autor preferido y también, ¿por qué no?  Una caña de pescar. Había visto muchos peces en el lago y sería una nueva experiencia.

Ya  en la ciudad, hizo las compras apresuradamente. No aguantaba las prisas, los tumultos, empujones y por supuesto, el aire, aquel no era como el de la montaña, puro, reconfortante, permitiendo oler la diferencia de aromas mezclados, pero descriptivos para el olfato.

En la consulta no sentía ninguna sensación de angustia, ni nerviosismo, estaba preparado para el momento, la opinión del médico le daba igual. Pero las cosas iban a cambiar. El doctor, disculpándose constantemente, pidiendo perdón, por los resultados confundidos. Estaba limpio, sano como una roca y con muchos años por delante.

No reaccionó para nada, confundiendo al especialista. Se limitó a sonreír, y dándole las gracias, se fue dejando un gran desconcierto.

Sus planes no habían cambiado un ápice, se quedaría en el lugar elegido para morir. 

La butaca

De la casa de la calle Aribau no me llevaba nada, salvo una butaca destartalada  que me había dejado en herencia el hombre para el que había estado trabajando durante más de 20 años.

--¡ Una broma del señorito! pensé yo, al verla en medio de mi diminuta habitación; una butaca estilo Carlos de Inglaterra con orejas, brazos y una tapicería de cuadros terminada en una falda tableada que dejaba al descubierto dos, o mejor dicho cuatro patas arqueadas y huesudas.

--¿Cómo aquel hombre había podido dejar semejante testamento?...¿nombrarme, a mí, su asistenta, única heredera de la única cosa que, por lo visto, le quedaba en propiedad? ¿ Una burla de despedida tal vez?

Pero el hecho es que ahí estaba aquella butaca y no pude resistirme a sentarme un rato. A pesar de sus muelles rotos y de su tapicería raída era cómoda y, estando a punto de quedarme dormida, mi mano izquierda fue deslizándose desde el brazo de la butaca hasta el borde del faldón; el contacto de mi mano contra la fría pata arqueada me espabiló, y mis dedos tropezaron con una especie de palanquita…tiré de ella y, atónita, vi como empezaban a caer montones de billetes de quinientos euros formando una tupida alfombra a mis pies. Entonces sí, recordé la frase del “ señorito” unos días antes de morir:

  --Dentro de poco no sé donde estaré sentado, si a la derecha, a la izquierda o en brazos del Señor, pero te puedo asegurar que tú, en brazos de este sillón, estarás en el paraíso.

--El pobre ya está chocheando, eso había pensado. Elegantex

HUELLA

Huella.

 

 

De la casa no me llevé nada, porque nada había, excepto una huella impregnada sobre un armario. Tan sólo eso quedaba de su paso por esta vida, una vida corta pero intensa.

La estuve observando un tiempo indefinido, cerrando los ojos y recordando todo lo que aquel simple dedo significaba para mí. Absorbí los olores, los sonidos, los recuerdos…

Puse mí  dedo sobre ella y traté de retenerla para siempre en mí piel. Me fui llena de amor...

No llevé nada y lo llevé todo… ¡la esencia del ser!           

                                                                                                     Bordex.

 

 

 

        

 

La Puya

La Puya

(Decisión salomónica)

 

Parecía que no acabaría nunca…

 

¿Al principio? ¿Al final?

¿En el medio?…

Él sólo quería existir, sin condiciones.

¿Arriba? ¿Abajo?

El relato estaba desconcertado…y se acabó

 

…pero sólo duró unos minutos.

 

La Vox

UNA NUEVA VIDA

UNA NUEVA VIDA

Parecía que no acababa nunca, pero sólo duró unos minutos… pues al momento, coronó la cabeza, otro empujón más, y ya había nacido. Era una niña sonrosadita y con las facciones muy finas, todo el mundo me decía que se parecía a mi, debía de ser para consolarme por tanto esfuerzo. Bueno, todo había pasado, y una nueva vida, comenzaba.

                                    Distrax

Raquel

 Parecía que no acababa nunca, pero sólo duró unos minutos…

Unos minutos de lenta agonía, tan intensos y largos como la vida. Intenta recordar qué ha pasado, en qué momento todo se volvió oscuridad. ¿Dónde están los demás? ¿Por qué nadie dice nada? Intenta moverse, pero le duele tanto… Quiere hablar, pero las palabras se secan en su boca. ¿Dónde está ella? ¿ Dónde está la mujer que un día le robó el alma?… ¡Tantos años de felicidad juntos, colmados con el nacimiento de su pequeño de pelo azabache! La llama, pero no oye nada, sólo esas extrañas voces pidiendo ayuda… sirenas de policía, de ambulancias…  los sonidos, masa amorfa, se confunden en su cabeza.

Ahora le sacan del amasijo de hierros en que se ha convertido el coche. Ya no siente dolor, no siente nada… corren… de nuevo la luz, una luz fluorescente que le daña los ojos. Pero ya nada se puede hacer por él; se va pensando en ella, con una sonrisa en los labios y susurrando su nombre:

--Raquel, Raquel…

Le cierran los ojos. Alguien pregunta por la mujer cuyo nombre susurró el hombre antes de morir.

--Para ella también todo se ha acabado hace rato, le contesta otro.

Apagan la luz. Cierran la puerta. 

LA ESCAPADA

 

Marina era una hormiga muy independiente. Cada día, como sus hermanas salía al campo, recorría el sendero que habían construido y volvía cargada de comida hacia el hormiguero. De noche soñaba con el cielo azul, el sol, las flores de colores y las mariposas. Poco a poco comenzó a detestar el uniforme negro que llevaba. No entendía porqué no podía cantar como su amiga la cigarra que alegraba la vida a los demás insectos, o volar como sus hermanas las avispas, o las abejas, amigas de las flores y de los pájaros.

Un día de verano, muy temprano, casi al salir el sol, decidió escapar. Salió de la fila de hormigas obreras y se escondió detrás del tallo de una flor. Desde allí contempló cómo desaparecían a lo largo del camino y comenzó a trepar hacia los pétalos que le atraían con sus alegres colores. Cuando, después de muchos esfuerzos y gracias a sus seis patitas logró llegar, se asombró de los diferentes tonos rosados que cambiaban con la luz, de la suavidad de su tacto, de la dulzura de su olor.  ¡Qué bien se está aquí¡ Si mis hermanas los pudieran ver… Una mariposa se acercó agitando sus alas azules y doradas y la saludó. Sintió el calor del sol, sin el agobio de la carga diaria, y la tranquilidad de disfrutar del paso del tiempo sin prisas ni agobios.

Y pasaron las horas casi sin darse cuenta. Empezó a sentir hambre. El sol desapareció. La oscuridad de la noche fuera del hormiguero la asustó. ¿Sabría volver a casa? Sin embargo, no le importó demasiado. Las hormigas obreras sólo viven ocho días y ella lo sabía.

 

Esculturas de arena

 

“Ser estatua está masificado y en decadencia…, y es efímero” Era el texto que se leía en el libro que la figura de mujer sostenía sobre su regazo. El joven que la estaba esculpiendo sobre la arena húmeda la había hecho surgir de una base rústica, aborregada, como una especie de milagro. Pensativo, el muchacho se alejó para contemplar su obra. Alrededor, en la playa, muy cerca, una cabeza de anciano perfectamente modelada miraba a su alrededor con una mezcla de burla y picardía. Más allá, próximo a las olas, un castillo lucía sus almenas y su elegante torre.

El joven examinaba su escultura. El pelo formando grandes bucles sujetos  apenas por el sombrero que aparecía sobre la espalda, caía con gracia sobre los hombros. La cabeza estaba inclinada ligeramente hacia el libro y el rostro tenía una expresión serena matizada por una suave melancolía. Miró hacia el castillo. Recordaba su afán por modelarlos, la fuerza y la belleza que lograba transmitir y sus innumerables premios. Sacudió la cabeza. Eran otros tiempos.

Al acercarse, modeló otra vez los labios y los ojos con suavidad, casi como si fuera una caricia. Luego escribió al pie de la escultura “Maite”. De repente sonrió con tristeza, una gota de lluvia, como una  lágrima, corría por el rostro de arena de la muchacha. Comenzaba el final.

nubes

nubes

                                                                  

 

Parecía qué no acababa nunca, pero sólo duró unos minutos.

Era intenso el deseo.

Lento como una agonía.

Parecía no terminar nunca.

Pero sólo en unos minutos… tomó la decisión.

                                                                                    Bordex.

 

SER ESTATUA

SER ESTATUA

 

Mi afición por la quietud viene de lejos.

De pequeño jugaba a aguantar sin moverme, sin pestañear. Me asomaba a la ventana y, cuando alguien pasaba, movía una parte de mi cuerpo: levantaba una pierna, un brazo…y así me quedaba hasta que pasaba otra persona. Con el tiempo desarrollé movimientos más sutiles: el meñique de la mano izquierda, el dedo gordo del pie derecho…A mi madre le asustaba mi extrema quietud – niño, muévete, que pareces un muerto viviente – me decía, y me daba una colleja.

Un día vi un reportaje sobre hombres-estatua. Nunca hubiera pensado que se podría ganar dinero de esta forma.

Cuando cumplí los 18 me compré un inter-rail y recorrí muchas ciudades haciendo de estatua. En Ámsterdam me contrataron como maniquí viviente para un escaparate. Los viandantes se paraban perplejos, era tan real…la mayoría tenía que marcharse antes de que me moviera.

A la gente le sorprendía muchísimo que ni siquiera pestañeara y así fue como empezaron a echarme monedas para animarme a moverme.

Hoy, todo ha cambiado.

Hay muchos hombres-estatua, algunos espectaculares en sus disfraces. Han fundado una Asociación de Estatuas Vivientes (AEV), con sus cv., sus carnets identificativos, concursos de estatuas, muestras internacionales…

¡Uff, tanta organización me abruma! Yo voy por libre y sin disfrazar. Así que la gente pasa por delante de mí y ni siquiera me mira. La quietud, en sí misma, ya no llama la atención.

Y es que ser estatua está masificado y en decadencia.

 

La Vox

 

A MÓVIL

A MÓVIL

"Ser estatua está masificado y en decadencia". Así rezaba la inscripción en el dorsal de aquel hombre que, desnudo, recorría las calles de Barcelona.
Su profesión, había sido la de nómada, barrendero, vendedor de enciclopedias, artista, mimo, camarero, y hasta hace unos meses, estatua; los últimos cinco años, los había dedicado con gran esfuerzo a ser estatua, si, parece que no es una profesión, parece que es una forma más de sacar los cuartos a la gente sin hacer nada, y esa es la gran equivocación, pues “el no hacer nada” o lo que es lo mismo, “estar quieto” tiene su mérito, debes de vencer la vergüenza de estar expuesto a las miradas, risas y/o comentarios, las molestas moscas y otros insectos, el frío intenso que hiela los huesos, el calor abrasador que pone en peligro el trabajado maquillaje, los dolores de huesos y articulaciones consecuencia de la inacción, sufrir la sed y las ganas de realizar esas necesidades perentorias para evitar ajar el disfraz etc etc.
Para encima, ahora como suele ocurrir, cuatro payasos que simplemente se pintan la cara de blanco y se ponen una tela de raso encima, se plantan en todas las esquinas, con lo cual, la gente se cansa de tanta estatua, y los que tenemos talento, por mucha antigüedad conseguida, no nos sirve para cobrar trienios, y menos para gozar de preferencia a la hora de reservar el lugar.
Por ello, he tenido que dejar momentáneamente mi profesión, para llamar la atención y reivindicar cualquier tiempo pasado; esto si que es mucho más estimulante, y los inconvenientes se pueden minimizar: que tienes frío, corres, que tienes ganas de orinar, media vuelta y en una esquina, que una mosca volando, pues un manotazo, como todo el mundo, y a correr...sobretodo cuando aparece la
policia.

Tarama 28/07/2008

Inerte

Inerte

SER ESTATUA ESTÁ MASIFICADO Y EN DECADENCIA sin embargo es lo que soy. Y no crean que fue tan simple llegar a ello. Necesité de años de estudios, de sacrificios, de renuncias, de prisas, y todo, para  llegar a tiempo para subirme a aquel magnifico pedestal desde el cual se decía poder contemplar todo el camino recorrido y, feliz, descansar. Pero, en aquel lugar en el cielo que había creído sólo mío, éramos muchos. Reptando habíamos llegado a la cumbre, sin embargo, sólo uno de nosotros conseguiría erguirse: en el pedestal resbaladizo dos únicos huecos para dos únicos  pies. Entonces, como titanes tuvimos que luchar hasta que, golpeado con fuerza, quede expulsado del paraíso prometido. Fue una caída brutal pero sobreviví. Ahora, encerrado en un cuerpo marmóreo sólo me queda esperar que algún transeúnte de vida gris, viendo que aún parpadeo, me ponga a salvo de los que, segundo a segundo, van cayendo.

                                                                                                                        Dominique

Soy lo que soy…

Soy lo que soy…

 Ser estatua está masificado y en decadencia:

Esta retahíla diaria tenía que escuchar, mientras mis músculos entumecidos por la humedad del agua ya no tenían capacidad para nada. Creo que la frase en cuestión, va dirigida directamente a los humanos copiones de nuestras costumbres.

Mucho antes de su aparición por toda la geografía, nosotros ya estábamos siendo el deleite de niños y mayores en todas las playas del mundo;  ¿estamos en decadencia?  No sé mis queridos compañeros vuestro pensamiento, pero yo sí que estoy harto de la inmovilidad impuesta para divertir al ser humano. Nos cogen con descaro modelando nuestros principios a capricho, sin poder decidir en que nos convertiremos. Después de someterme a todo tipo de torturas y vejaciones, me convierten en un horrible cocodrilo a la orilla del río… es irónico ¿no creen? Pero… si no puedo moverme para filtrarme entre las hermosas y  turbias aguas donde mi cuerpo se libera dejándome extasiado de felicidad… Sólo puedo quedarme quieto y sentir como poco a poco mi cuerpo va desapareciendo fundiéndose en lo que un día fui.