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Taller Literario de Salinas

Musculitos.

Musculitos.




La hormiga marina era una hormiga independiente:
Vivía sola apartada de todos y de todo. Durante el invierno, se mantenía en el pequeño refugio situado en lo alto de un hermoso árbol, donde guardaba todas sus provisiones recogidas en la época de estío. Era feliz con su vida de ermitaña; nada añoraba y nada pedía, pero la comunidad no estaba de acuerdo con su excéntrica forma de vida.
También poseía una propiedad en la playa; una concha diseñada por ella misma donde pasaba los meses de calor, bañándose y recolectando víveres para el invierno, por eso la llamaban “hormiga marina”, pero a ella todo le daba igual. Un día apareció por su territorio una hormiga macho (¿o debo decir hormigo?) muy chulo, con bañador de rayas, gafas de sol y unos pectorales muy, muy trabajados. Ella no soportaba la intromisión en su intimidad y recriminó su atrevimiento, pero él, con su encanto estudiado y poniendo ojos tiernos, decidió que aquella hormiga impertinente, sería suya. Durante días aparecía por la playa con diferente atuendo, llevándole chucherías, exquisiteces, y así conseguir atraparla. Naturalmente, después de tanto halago, tantos regalos y tato encanto, nuestra amiga sucumbió…
Nunca había experimentado tanto amor, sintiéndose flotar como una nube, olvidándose de todo… ya no recogía nada, no nadaba, sólo estaba dispuesta para aquel hermoso y fantástico macho aparecido en su vida.
Pero aquel macho maravilloso, una vez cumplida la misión y plantada su semilla, no volvió a aparecer nunca más por la playa, dejando a la enamorada en un estado de abandono total.
Nuestra pequeña hormiga se fue apagando como se apaga una vela; nunca más se la vio en su tronco, nunca más se la vio en su concha.

Déjà vu

Déjà vu

La hormiga Marina era una hormiga independiente. Llevaba días huyendo de su colonia y, al sentir debajo de sus patas el tacto de un felpudo, cansada, se detuvo.”Bienvenido a la república independiente de…” Marina no se tomó la molestia de terminar de leer aquellas enormes letras que adornaban el felpudo, tan  feliz estaba de haber dado con el hogar que buscaba: el reino de la independencia. Entró entonces en la casa como lo hubiese hecho cualquier hormiga: en silencio y sin ninguna dificultad. La atmósfera de aquel hogar le gustó: temperatura ideal, luz tenue, pero, decidió darse un paseo por cada habitación antes de afincarse definitivamente.

En la estancia mayor se encontró con una mujer gorda recostada en un sofá de cuero blanco; con la mirada fija en una pantalla que cubría media pared sacaba de una bolsa de papel, en un movimiento de brazo mecánico, unas cositas que crujían dejándole los labios de un brillo grasiento… mientras, en la pantalla, se insultaban sin parar otras energúmenas de labios siliconados. Marina acababa de tener su primera sensación de “déjà vu” pero no quiso hacerle caso. ¿Qué tendría que ver aquella escena que acababa de presenciar con la reina de la colonia de la que huía?—imaginaciones mías—pensó y siguió con la visita.

En la habitación  contigua todo estaba de color rosa: la pared, las cortinas, la lámpara y, en medio de todo, una especie de nido de tela... rosa también. Trepó para asomarse a aquel nido y descubrió entonces lo que le pareció ser un bebé humano; aquella criatura intentaba recuperar, sin éxito, algo que se le había caído de la boca y que se encontraba ahora  a unos centímetros sólo de su mano derecha; aquella cría tenía extremidades, sin embargo era tan indefensa y torpe como las larvas de las que Marina había tenido que ocuparse durante demasiado tiempo en la colonia. Se apartó rápidamente de tan angustioso recuerdo para dirigirse hasta el otro extremo de la casa.

Detrás de una puerta se encontró entonces con otro mundo: el de las tinieblas, del desorden y del mal olor. Un bulto, preso de espasmos ritmados por una música que Marina no acertaba a oír,  yacía envuelto en un capullo de plumón nórdico; asustada por aquella visión que la estaba  llevando  a su tercer “déjà vu” del día, la hormiga  fue retrocediendo hacía la puerta para alejarse lo antes posible de aquella enorme pupa, de aquel trozo de hombre en plena metamorfosis y salir a toda prisa de lo que bien hubiera podido ser la cámara de crianza de su colonia. Fue entonces cuando llegó él… gigantesco y malhumorado.

--¡Dios mió! si es igual que un oso hormiguero, murmuró Marina viéndole desplazarse por todo la casa entre portazos y gritos, tengo que huir.

Pero el hombre abría ahora la única puerta tras la que la hormiga no había investigado; su  curiosidad pudo más que su prudencia y su deseo de independencia. Se acercó al hombre despacio y observó la escena. El oso estaba gritándole a una pobre criatura que, toda vestida de blanco  y con una escoba en la mano, agachaba la cabeza y le decía entre sollozos:

--Lo siento señor pero es que no tuve tiempo para más… la señora me pidió que limpiara el salón a fondo, tuve que bañar al…

--Y a mi que me cuentas, cuando llego a casa quiero tenerlo todo dispuesto, chillaba el depredador.

En su antigua colonia Marina había sido una buena obrera y sabía lo que era eso de trabajar de sol a sol sin rechistar; pero, más adelante  había sido guerrera  y sabía  también cómo defender la colonia de los indeseables osos hormigueros. Marina era independiente pero ante todo era hormiga roja, y no iba a dejar a una obrera, aunque de blanco vestida, en manos de aquel predador. Trepó lo más rápido que pudo hasta llegar al cuello del engullidor de hormigas, entró por sus fosas nasales hasta donde supuso dar con un cerebro, y ahí inyectó toda su carga de veneno… a los dos segundos el hombre se desplomaba en medio de la cocina. Muerte instantánea por infarto, diría el médico ¿Y  Marina?… dicen que pudo salir de aquellas fosas peludas y seguir su camino; pero nunca más se atrevió a entrar en casas cuyos felpudos hablaban de “republica independiente”.    

 

 

 Marina: hormiga roja de fuego que ataca cuando se perturba a su colonia; trepa a la persona incluso antes de que ésta se dé cuenta de lo que ocurre. Luego la hormiga comienza a picar inyectando el veneno, que se siente como un pinchazo con una aguja caliente.

                                                                                                                                       Memedó

El grito

El grito

 

Dentro, el grito

desespera por salir,

Ahogado en el silencio…

¿Cuántas veces...?

¿Cuántas veces...?

 ¿Cuántas veces te he escuchado las mismas palabras? El móvil seguía sonando, mientras Irene permanecía muy quieta. Con un movimiento rápido apagó el pequeño artefacto .Cerró los ojos y se encogió en la mecedora intentando recuperar la paz perdida del silencio.

 En el piso de abajo se oía el llanto de un bebé. ¿Cuántas veces te he escuchado las mismas palabras? Y la voz de Carlos seguía: Pero no son más que excusas. Los proyectos, los viajes y todo lo demás. Irene sabía que era verdad. El llanto le llenó de una oscura nostalgia. En  el CD sonaba “Hoy es el día de decir adiós”. Cambió el disco y las alegres notas de la Sinfonía 40 llenaron la habitación. Es hora de trabajar se dijo y encendió el ordenador.