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Taller Literario de Salinas

Y más allá… hacia las montañas…

 

 

Miraba hacia el suelo con los ojos extraviados, era la primera vez que lo veía,  a pesar de haber convivido con el más de siete años. Aparecía ya en sus primeros recuerdos,  compañero en noches de lluvia y tardes de verano sesteadas al sol. Reconocía  su olor a cuero viejo y sudado que le  acompañaba fiel día y noche desde que tenía memoria. Y ahora, de pronto, después del infinitos saltos, yacía a sus pies sucio,  cuarteado y descolorido, como la peladura de una fruta  desconocida.

 

Tomás lo observaba desde la ventana, en un principio pensó en salir corriendo dando gritos con la esperanza de que se acobardara y así, poderlo encadenar de nuevo. Pero no lo hizo, esperó a que él tomara su propia decisión. Charlie olisqueaba el collar roto en el suelo, incrédulo, luego giró la cabeza y miró hacia la ventana desde la que le vigilaba su dueño. Levantó el hocico venteando la brisa procedente del bosque y se giró. Echó un vistazo a la estaca de hierro clavada en el suelo y a su caseta  azul y verde, su mundo diminuto en comparación con los árboles que se adivinaban al final del valle. Cogió carrerilla y saltó por encima de la cerca perdiéndose finalmente en el recodo del camino de tierra que llevaba hacia el castañar, y más allá… hacia las montañas.

 

 

 

 

                                                                        Alfonso 

julie vignon




DECISION

DECISION

 

 

Amanece. Apoyo mi frente sobre el cristal helado de la ventana para contemplar la calle vacía. Sólo se ven algunas  luces rápidas de coches que pasan a lo lejos. De Juan y sus amigos no hay ninguna señal. Estoy cansada y me siento sola. Lo peor es que mañana pasará lo mismo. Algunas excusas, murmuradas entre dientes, un leve roce en la mejilla  que pretende consolarme inútilmente, para volver a lo mismo. El vino, el vino y la juerga están tan presentes en mi casa como los objetos cotidianos. Cada año es peor. Debería  cambiar.

 

Amanece. Salgo al porche de la casa y miro a lo lejos. La luz se extiende sobre un cielo muy pálido, de suaves tonos azules, violetas y rosados mientras el sol se  levanta lentamente sobre la línea del horizonte. La quietud  invade el campo, los árboles y el río. Juan se ha perdido en algún lugar del tiempo. Y, a pesar de las dudas, por encima de ellas, por primera vez hace años, me siento en paz.

 

MEG

PALABRAS

PALABRAS

 

 

 

 

Con pocas palabras, pero claras y precisas, comenzó a explicar la situación. Mientras hablaba, yo sólo era capaz de repetirme: Cuba. Se marcha a Cuba. Y de imaginarme aquella isla tan lejana, con gente tan distinta a nosotros, con costumbres diferentes. Recordaba a los soldados que habían vuelto de la guerra, famélicos, delgadísimos,  amarillentos y con fiebres imposibles. Y eso, los que habían conseguido regresar. Pensaba en el largo viaje, en los peligros del mar, en las dificultades con las que tendría que enfrentarse en una ciudad  y en un país desconocidos.

Él seguía ilusionado: Mire madre, no ponga esa cara. Es una tierra rica y los españoles se ayudan unos a otros. No estaré solo. Podré trabajar y será más fácil abrirse camino. Con la preparación que tengo, mis posibilidades allí son grandes.

Un rayo de sol entraba por el balcón entreabierto en la tibia tarde de abril y se oía el entrechocar de las piñas en la gran red del carro que pasaba por la calzada y el rumor apagado de las voces de los carboneros de la casa vecina. Su mirada  parecía abrazar la habitación, la mecedora de madera y mimbre,  la mesa camilla,  el viejo aparador  con  la jarra del agua…

-¿Cuándo te vas, Julio?-  Era Jesús, el que hablaba. Y dirigiéndose a mí: Vamos. ¿No ves el calendario? ¡ 1927!  Y las cosas no son como antes.

            - Mi padre tiene razón. El viaje no será largo, tan solo dura quince días. Tengo pasaje para el  Alfonso XIII  Embarcaré en La Coruña el 20 de mayo.

-¿Ya? No hay tiempo para preparar nada-. Ahora era yo la que hablaba muy bajo y con miedo de que las lágrimas se escaparan.

- Tampoco será necesario. No necesito mucho. Solamente un poco de ropa y algo de dinero. El viaje puedo pagarlo yo.

Jesús se había ido al dormitorio a buscar los documentos.

            Con  el número de mudas, el traje que habría que comprar, la maleta. se mezclaba el dolor y la nostalgia, el temor a  esperar  diariamente una carta que nunca me iba a explicar como estaba porque ya no tendría el sonido de su voz, ni su sonrisa, ni  sus protestas y sus enfados. Tan solo  su recuerdo.

 

MEG

COSAS VEREDES

 

 

COSAS VEREDES

 

 

 

La bacinilla no estaba debajo de la cama. ¡Claro que no! Estaba en  una vitrina, en el centro de una sala llena de estanterías donde, colocadas según el material había una colección impresionante. Pequeñas, para niños-niniorinales-, medianas, grandes. Se distinguían también por el material, de porcelana decorada con motivos florales o vegetales, con paisajes, con cortesanos propios del siglo XVIII, de diferentes colores, de metal… La que se destacaba en el centro era de tamaño mediano, con tapa, con flores y pájaros. Procedían de diversos lugares y épocas, chinos, árabes, europeos. Algunos, incluso se habían utilizado en barcos. Asombraba encontrarse con aquella colección en una pequeña ciudad castellana. Las necesidades humanas  y la imaginación dan para mucho.

 

MEG

NADA ES YA IGUAL (La bacinilla...)

NADA ES YA IGUAL (La bacinilla...)

La bacinilla no estaba bajo la cama, como la última vez que dormí allí, en casa de mi abuela, en el pueblo y en invierno; pero el colchón seguía siendo el mismo, el de lana, el que te abarca y se abraza como un enorme pijama para que no te muevas... ni pa mear...

La nueva dueña de aquella casa, hoy centro de turismo rural, me dijo que los colchones de lana los iban a cambiar porque varearlos cada día daba mucho trabajo, igual que cambiaron las bacinillas por un cuarto de baño porque, al parecer, no reunían los requisitos higiénicos pertinentes.





SAM

ER PURGAR DE PEPE (La bacinilla)

ER PURGAR DE PEPE (La bacinilla)

 

La bacinilla no estaba debajo de la cama, tampoco la chaqueta lo estaba. Pepe había permanecido durante dos días “ausente” debido a una pleuresía, los demás soldados lo habían encubierto para no tener que ser trasladado a la enfermería la cual, se hallaba hacinada por los cientos de heridos.

Cuando despertó de aquellas fiebres que le usurpaban hasta el alma, pleno de sudoraciones toses y  pesadillas, lo primero que necesitó fue evacuar el intestino; sus fuerzas eran nulas como para levantarse a las letrinas, y no había nadie, no sabía dónde estaba el batallón, y él no podía aguantar más.

Estiró la mano debajo del catre y tanteó en la penumbra, pero sus manos no hallaron nada, entonces buscó a sus pies la chaqueta del uniforme, pero tampoco estaba donde siempre.

Se sentó como pudo en un lateral del catre con los pies, ahora gélidos, tocando el suelo, y su cuerpo comenzando a tiritar. Buscaba desesperadamente.

Le costó acomodar los ojos a la casi ya oscuridad interrumpida apenas por unos lúgubres rayos de luz que penetraban por algunas de las contraventanas de madera desvencijadas y viejas, e hizo un último esfuerzo venciendo al mareo, pues la necesidad imperiosa así lo exigía, para, justo antes de “irse por los pantalones” ver incrédulo  cómo a ras del suelo, se alejaban la bacinilla y su chaqueta solas. Tardó aún un rato en comprender que debajo de ellas habría un millón de pulgas.

 

 

                                                          Distrax

DELIRIUM TREMENS (la bacinilla no estaba...)

            La bacinilla no estaba debajo de la cama. La cama no estaba en la habitación. La habitación no estaba en la casa… ni yo tampoco. Había bebido hasta perder la consciencia y me encontraba en plena calle. Boca abajo, sentí entonces las primeras gotas de lluvia en mi cuello y me quede así un rato, inmóvil. Luego, me levanté y me dirigí hacia un callejón que no recordaba de nada. Saliendo a mi paso, desconocidos con cara de idiota me fueron empujando hacia una de las muchas puertas que se abrían a mi paso, la más pequeña. Tras ella, la oscuridad y el silencio eran absolutos. Con las dos manos apoyadas contra una de las paredes empecé a vomitar y caí al suelo. Entonces grité; legiones de bichos repugnantes se arrastraban hacia mí para devorarme… Hola, me llamo Carmen y soy alcohólica.

                                                                                                                                               Dominique.

Esos graciosos...

Esos graciosos...

Esos                            graciosos…

 

La bacinilla no estaba debajo de la cama y el abuelo la necesitaba constantemente.

Hacía tres años que se había quedado impedido por una lenta enfermedad que había dejado inmovilizado parte de su cuerpo. Por comodidad, mi madre había comprado tal cacharro que yo no podía soportar.

La pobre se volvía loca buscando la bacinilla que mi abuelo pedía, desesperado, y todos en casa corríamos de un lado a otro en busca del maldito artilugio.

Por el rabillo del ojo, un movimiento casi imperceptible me hizo girar la cabeza; dos pequeñas sombras grises y peludas me miraban desde un rincón... del susto casi me muero; allí estaba la bacinilla, reluciente después que mi madre se dedicará a sacarle brillo, como hacía siempre después de su uso.

Pero en ese momento había algo en ella: dos pequeños roedores me miraban como dueños de aquello, con sus ojos saltones y decididos; algo me decía que sería difícil quitarles la bacinilla convertida ahora en su hogar. Riendo a carcajadas me encontró mi madre. Aquel dia por fin me había librado de la bacinilla, el día siguiente … sería otro día…

Vero.

LA CAJA (la bacinilla...)

 

 

  LA CAJA

 

    Me desperté.

    Tenía una resaca brutal: la boca más seca que una lija de 40, el estómago al revés y unas insoportables ganas de vomitar. La cabeza me daba vueltas y no me sentía con fuerzas para sortear las gallinas del corral ni para soportar el olor a caca seca.

    Entonces la vi.

    Era una araña grande como un centollo, negra, y peluda como un oso. Y estaba en una viga sobre los pies de mi cama. Su visión me dejó petrificada. Para salir  tendría que pasar bajo ella. Me la imaginaba, a la asesina, posando sus asquerosas patonas como ventosas paralizantes sobre mi cuello.

    Decidí recurrir al “humillante”.

    Sin perderla de vista, me deslicé hasta el extremo derecho de la enorme cama niquelada. Tuve que inclinarme fuera de la misma hasta tocar el frío suelo. Nada. Me deslicé, ojo avizor, hasta el lado izquierdo, pero otra vez me topé con las gélidas baldosas, aunque yo sudaba como una cerda marina. De un salto, que me pareció mortal, me acucliyé fuera de la cama a riesgo de que la perversa sicaria se mosqueara y saltara, ella también mortalmente, sobre mí. Lentamente me abunqueré bajo la cama y palpé cada rincón con una pavorosa cautela no fuera que la malvada descendiera  sigilosa y anduviera merodeando en la oscuridad ajedrezada.

    Definitivamente la bacinilla no estaba debajo de la cama, pero encontré una caja de zapatos…

 

Lavox

¿VERDAD O MENTIRA?

¿VERDAD O MENTIRA?

--¿Y qué puede usted añadir en su defensa?

--Que si en un momento la odie

   fue con toda mi alma.

 

                               La bacinilla no estaba debajo de la cama. Era las tres de la mañana, la abuela salía de debajo de las mantas con  tanto ruido como una vieja locomotora saliendo de un túnel.

--¿Y la bacinilla?... ¿quién me ha cogido la bacinilla? increpó a la vez que cogía su bastón; a tientas, intentó dar con el orinal tal vez algo más metido debajo de la cama que de costumbre.

--¿Es que en esta casa nadie respeta nada? Tú, Lucía ¡despierta! ¡levántate! y mira a ver si la ves, que yo no me puedo agachar más.

Hacía poco que la pequeña compartía habitación con la abuela Marga.

--Eso o la residencia, le dijeron sus padres cuando la niña había torcido el gesto al ver a su madre apilar camisetas con jerseys en su armario.

--Hay que hacer sitio para la ropa de la abuela.

--¿Y por qué tiene que ser en mi armario?

--¿No querrás que la abuela comparta la habitación con tu padre y conmigo?

Pues sí que lo hubiese querido, pero se ve que los adultos se salen siempre con la suya. Cuando se vestía, parecía ahora que toda su  ropa olía a violeta como la de su abuela...

--¡Qué asco!, huelo a vieja...

Así es que cuando podía, se metía un rato en la sala de juegos del barrio para impregnarse de olor a tabaco.

--¡Como fumes a escondidas te vas a enterar!… amenazaban sus padres.

A ella le daba igual que la regañaran… todo, salvo oler a perfume empalagoso de vieja.

Figiendo que no se había enterado de lo que ocurría, Lucía protestó mientras encendía la luz de la mesita de noche y se agachaba.

--Abuela, no sabes que mañana me tengo que levantar pronto…

--Pues lo siento pero no estoy dispuesta a coger la muerte por ese pasillo del demonio para ir a mear… con lo bien que estaba en el pueblo, no sé aún lo que hago aquí…¡ ya veras cuando tengas mi edad!

Aquella frase aterrorizaba a Lucía… no, no quería tener la edad de la abuela, ni sus  tetas colgantes , ni su enorme culo, ni su amargura… ni quería oír por más noches el ruido que metía al mear ( porque a eso se le llamaba “mear” y no “aliviarse la vejiga” como quería su madre que dijera) en aquel orinal que llamaba “bacinilla”. Por eso, desde que compartía habitación con ella, la pequeña no podía dejar de añadir a sus oraciones nocturnas lo de:

—…y por favor Jesús, haz que nunca me parezca a la abuela.

La mujer tenía que rendirse ante la evidencia: la bacinilla había desaparecido. Maldiciendo entre dientes( algo más de respeto le tenía al sueño de su yerno que al de su nieta) se fue hasta el baño, mientras Lucía se preguntaba cómo no se le había ocurrido antes lo de enterrar el orinal  al fondo del jardín.

 

A los pocos días,  mientras la investigación sobre la desaparición de la bacinilla seguía su curso, la abuela Marga, que no quería oír hablar de otro orinal que no fuera el suyo de toda la vida,  caería en uno de sus paseos nocturnos hacia el baño…  de la caída a una silla de ruedas, de la silla de ruedas al hospital, del hospital al cementerio.

Desde ese día en su tumba,  y escondidas detrás de un  aparatoso tiesto con flores de plástico, nunca faltarían unas cuantas violetas “de verdad” en un orinal de porcelana blanca.

 

Dominique   Vernay

 

       

 

 

   

 

METAMORFOSIS DE ARENA -A Dominique (crítica literaria)

METAMORFOSIS DE ARENA -A Dominique (crítica literaria)

la primera estrofa me encanta... "dibujar las palabras de nuestro adios" asi como la presentación del poema... colocadas de esta manera parece que las palabras son de arena y que juegas a encerrarlas en tu puño para luego soltarlas muy poco a poco como si fueran agua de mar....

                                                                                                     Dominique (del poema DESPEDIDA)

 

Las palabras de nuestro adiós

dibujadas en la orilla

 

Aquellas palabras

formadas

mezcla de arena

y de salitre

de aquel mar tan azul

eran sostenidas

en una mano

bajo un puño

           replegado

en sí mismo

encerradas

entremezcladas

sin cabeza

ni tampoco

manos

y por lo tanto

sin ningún sentido

sin significado alguno

 

 

al soltarlas

dejando pasar

un resquicio de luz

entre sus dedos

            blancos

-por la presión sostenida- 

ávidas de libertad

como en un tobogán

  se dejaban                

divertidas

         resbalar

y en su gracioso descenso

            un movimiento

un giro

            respuesta

a una brizna de aire

con sabor a mar

hacen recobrar

el sentido

hondo

y acertado

que algún día

habían tenido  

 

Al fin

Tras el breve pero arremolinado

recorrido

ganaban el suelo

en su ya precipitada caída

para cubrirlo de palabras

tan saladas

tan azules

que formaran un mar

 

 

 

                                                 María

                                                                      24/09/2008     

EL PODER DE LAS PALABRAS

EL PODER DE LAS PALABRAS

 

 

 

 

Pocas palabras

 

Pocas palabras forman un hermoso poema

Pocas palabras tiene una canción de amor

Pocas palabras pueden mitigar una pena

Pocas palabras, saben rechazar el horror

 

Pocas palabras logran dibujar la sonrisa

Tranquila y confiada en un rostro infantil

Pocas  palabras pueden, suaves como la brisa

Alegrar la mirada de un anciano senil

 

Pocas palabras, logran ofrecernos consuelo

Y curar las heridas que  en la vida se dan

Pocas palabras pueden moderar los anhelos

Y  aliviar el camino que conduce al final.

 

 Pocas palabras…

 

 

 

MEG

 

Misterio...(la bacinilla no estaba...)

Misterio...(la bacinilla no estaba...)

 

La bacinilla no estaba debajo de la cama.

¡Oh, misterio! ¿Dónde está?

Tantos años de servicio

nadie la usaba ya,

me apremiaba tenerla,

era una necesidad,

una parte de mi vida,

era mi identidad.

El producto de mis digestiones,

mis mareos, mis micciones.

En un rincón olvidada,

la vi triste, la vi rara.

En el fondo de su mirada,   

el reproche del olvido.

Sintiendo pena por ella

me aleje avergonzado,

viendo como algo tan valioso

había sido abandonado.

 

Bor…

 

 

 

Canción por Lola (en pocas palabras...)

Canción por Lola

 

 

Me lo dijiste en pocas palabras, pero contundente.

Te recuerdo con tu larga melena rubia, adornada, sonriente y vital. ¡Cuánto te gustaba viajar!

Toda esa energía se te va apagando, poco a poco…pero tus ojos no. Una luz brilla cuando te miro.

Ya no viajas físicamente, te faltan las fuerzas. Pero disfrutas de tu viaje interior y de ahí la luz.

 

Lavox

MENTES ABIERTAS (con pocas palabras, pero...)

MENTES ABIERTAS (con pocas palabras, pero...)

Con pocas palabras pero… ¡cuanto decían!. Lo había visto en la biblioteca miles de veces y nunca hasta ahora me había parado a mirarlo. Él lo cogió con sumo cuidado de la estantería, lo trataba con tal delicadeza que  parecía como si estuviera acariciando a un niño. Se dirigió a una mesa del rincón. Aquél día la biblioteca estaba casi vacía y para disimular, yo también cogí un libro y me senté a observarle; nunca antes había visto nada igual… devoraba las páginas con tanta satisfacción que hizo que sintiera ganas de arrebatarle el libro de las manos y saber qué leía con tanta atención.

Las horas pasaban y más que mirar mi libro, le miraba a él: sus gestos, el brillo de sus ojos, su delicadeza al pasar las hojas… ¿Sería así con las mujeres? ¿tan sensible, tan dulce?… pensaba en eso cuando levanté la vista y le vi frente a mí; me tendió el libro y lo puso en mis manos.

-Creo que deberías leerlo, empaparte de el, merece la pena.

-Gra… gracias… parece interesante.

Mi boca no conseguía articular más palabras.

-Lo es y lo sabes ¿verdad?... llevas muchos tiempo observándome...¡ja, ja, ja!

Sentí como el rubor subía a mis mejillas y bajé la vista. Él había sabido desde el principio que le observaba ¡Dios mío! ¿Qué estaría pensando de mí?

-Tranquila Sofía... y recuerda que si no leemos los libros con la mente abierta, nos perdemos la mitad de las cosas que nos cuenta el escritor.

Dijo esto y se fue.

¿Sofía? ¡Sabía mi nombre!

Aún nerviosa, me puse a leer.                            Vero

 

 

DESPEDIDA (Con pocas palabras pero)

DESPEDIDA (Con pocas palabras pero)

DESPEDIDA

 

Con pocas palabras

pero

tristes

dibujo

en esta arena

clara

y fina

las letras

de nuestro

       Adiós.

 

El mar

junto a mis lágrimas

rotas

de dolor

borrarán

nuestros recuerdos

 

El silencio

será

arrebatado

por el rugido

de las olas

al romper

en un quejido

                                   María

                                                                                   22/09/2008

 

Anónimo.

Anónimo.

 

 

(Para el anónimo)

 

 

 

 

Dos caras tiene la gente.

La puesta, la ausente…

Esta última,

sale en ocasiones puntuales,

sorprendiendo a,

amigos, y familiares.

Esto es así.

Pero, como bien dices,

Debatir puedes.

 

 

NO CON TU MADRE (con pocas palabras, pero...)

NO CON TU MADRE (con pocas palabras, pero...)

“Qui voit la mère voit la fille” (un dicho francés)

 

Con pocas palabras pero con voz firme Héctor dijo:

--No, no quiero.

Aquella respuesta cayó como una ducha de agua helada sobre todos los invitados allí presentes, una ducha helada sobre moños laqueados, cuellos almidonados, caras empolvadas.

Después de unos segundos de denso silencio llegaron los murmullos, los carraspeos, las miradas inquietas de gallináceas, hasta que el desmayo de la novia  y el ataque frontal de la  madre de ésta hacía Héctor, volvieron a enderezar moños, cuellos y papadas. Cogiendo al novio  por la corbata, la mujer parecía querer arrancarle el “si” y de paso matarle un poco.

--¿Por qué? gritaba una y otra vez.

Aparte del hecho de que Héctor estuviese ocupado en seguir respirando, lo que hubiera podido decir sobre el por qué de su “no” era aún demasiado confuso par él; lo único que sabía con certeza era que tenía que huir de todo aquello lo antes posible. En cuanto pudo liberarse de la presión de su atacante, balbuceó un atropellado “perdón” hacía la novia que, poco a poco, recobraba el sentido. Reprimiendo entonces unas terribles ganas de correr, optó por dar media vuelta con la cabeza bien alta y, a zancadas mesuradas, fue hacia el portón central abierto de par en par. Esta vez los acordes del órgano fueron sustituidos por insultos que, a cada paso que daba, le lanzaban a media voz los invitados de la derecha, los de la novia:

--¡Sin vergüenza!

-- ¡Hijo de puta!

--¡Maricón!

--¡Mosquita muerta!

--¿Quién es la otra?

--¡Cabrón!

 Los detalles, fijarse en los detalles para no perder la compostura, eso era lo que Héctor trataba de hacer; entonces, se concentró en la alfombra roja, se sorprendió de lo mullida que era y se extrañó de no haberse percatado de ello antes.

Aquel día era la tercera vez que Héctor se fijaba en menudencias; la primera había sido por la mañana cuando, por una casualidad de puertas mal cerradas, había irrumpido en la habitación equivocada. Ayudada por su madre, Marta se estaba vistiendo de novia y, al oírle entrar, las dos mujeres se dieron la vuelta…  al descubrir que era Héctor, le gritaron con un rictus mitad espanto mitad rabia, que se fuera, que eso de ver a la novia vestida de blanco antes de la boda podía traer terribles consecuencias. 

El joven salió de la habitación lo más  rápido que pudo pero, no lo bastante como para no reconocer en el rostro de su novia, el mismo rictus que el que su futura suegra llevaba casi siempre colgado de sus facciones de amargada. Eso había sido el primer detalle del día en el que se había fijado y ahora, camino de su casa, se extrañaba de no  haberse percatado de aquello antes.

Luego, en su prisa por salir de la habitación Héctor, o el destino de nuevo, hizo que la puerta quedase entreabierta y que oyera una frase, una simple frase mientras se alejaba por el pasillo; retrocedió y miró a escondidas.

La madre de Marta la estaba ayudando a abrochar los veinte botones que llevaba en la espalda y, para jugar a la perfección su papel de madre que sabe, le estaba dando los últimos consejos, uno por cada botón.

“Hay que saber mostrarles desde el principio, que con nosotras ya no se puede jugar” fue el primer consejo- botón, el que hizo que, por primera vez, Héctor fuera a hurtadillas por la vida. Las diecinueve otras recomendaciones eran de contenido similar y todo aquello no hubiera pasado de ser una grotesca escena de comedia americana de no haber sido por la reacción de Marta… primero, su silencio, y luego, en el último consejo-botón, aquella frase que dijo en un suspiro:

--¡Como me oprime este vestido!

Ése había sido el tercer detalle en el que Héctor se había fijado y ahora, sentado en su casa,  intentaba no pensar en nada… cerró los ojos, pero no lo hizo lo bastante rápido como para no darse cuenta de que una de las numerosas fotos enmarcadas que tenía en la pared, todas de Marta y de él sonriendo ante un objetivo, estaba torcida… asi es que se levantó para ir a enderezarla con un ligero toque en su esquina inferior derecha; la marca qua había dejado en la pared indicaba que llevaba tiempo torcida.... Héctor se extrañó de no haberse percatado de aquello antes.                                                   Dominique

 

   

Algo escondido...( Con pocas palabras pero...)

Algo escondido...( Con pocas palabras pero...)

 

Algo escondido…

 

 

Con pocas palabras pero… suficientes para que quede claro su contenido. Sus ojos cuentan una historia que jamás él se atrevería a divulgar, por incomprensible. Siempre exhibió un comportamiento que no correspondía con su verdadera personalidad, ya que los principios morales estaban por encima de sus verdaderos sentimientos. En aquella pequeña estancia y los dos frente a frente, lo que yo veo ahora en aquellos ojos transparentes como la brisa, es vergüenza y una súplica de perdón por haber estado viviendo una mentira, tanto, tanto tiempo y por el daño causado. Veo dos caras, dos personalidades, dos máscaras circulando por la vida; la auténtica; la falsa. Yo he convivido con la falsa sin tener conocimiento de ello. Ahora se manifiesta la verdadera y dentro de esa  “verdadera”, mi presencia no tiene puerta de entrada. Me alejo sin saber lo que siento ¿Rabia? ¿Decepción? ¿Tristeza?... Engaño sería la mejor definición para algo tan surrealista. ¿Cómo he podido estar tan ciega? Aquella forma de amar dejaba clara su inclinación.

Bordex.