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Taller Literario de Salinas

haikus

haikus

Haikus.

 

Llora el amor

buscando un refugio

entre la niebla.

 

 

 

 

Loca paloma

que en el aire corres

hacia la quimera.

 

 

 

Llueve sobre mí

alma, purificando

la oscuridad.

 

 

 

 

Carmela.

 

 

El cuaderno de historias alegres

      “ Soy Samer, tengo diez años y este es mi cuaderno de historias. Me lo dio mi maestra el último día que tuvimos escuela. Nos dijo que cuando tuviéramos miedo pensáramos en una historia alegre y que la escribiéramos en el cuaderno.

A mi me gusta mucho mi maestra. En la cabeza lleva pañuelos de colores alegres, se pinta los labios, tiene los ojos negros, muy grandes y se ríe mucho. Cuando yo sea mayor quiero ser como ella, pintarme los ojos y los labios, llevar pañuelos y túnicas de colores. No  como mi madre que siempre lleva pañuelos negros, su cara es tan pálida, tan ojerosa y siempre está tan triste. Yo creo que es porque dos tíos míos y un primo se murieron el año pasado. También porque mi papá pasa mucho tiempo fuera de casa y hace mucho tiempo que no le vemos. Cuando le preguntamos donde está se pone todavía más triste y no nos contesta, quizá porque tiene miedo de que también haya muerto como mis tíos y mi primo.

Hace tres días que tenemos que salir corriendo de nuestra casa para escondernos en el sótano. El primer día era de noche cuando empezaron a caer las bombas y casi no nos dio tiempo a llegar. Entonces vimos el cielo negro llenarse de luces de colores, parecían estrellas que estallaban y se deshacían en estrellas más pequeñas que caían sobre nosotros. A mi me apetecía quedarme a verlo porque pensé que cuando cayeran al suelo podría tocarlas y luego, cuando volviera a la escuela, se lo contaría a mis compañeros para que me tuvieran envidia por haber cogido una estrella.  Cuando me acuerdo de la escuela si me pongo un poco triste, y es que cuando volvemos después de los días de las bombas siempre falta algunos de mis compañeros, la última fue mi amiga Muayad.

Ahora estamos en el sótano y sentimos el ruido de las bombas cuando estallan. A veces caen cerca de aquí.  Entonces todo se llena de polvo, la gente empieza a toser, los ojos te pican, los niños lloran, sus madres gritan. Mi mamá está sentada en el suelo,  balanceándose hacia delante y hacia atrás mientras recita salmos del Corán. Mi hermano pequeño, Nayet, tiene mucho miedo y se agarra muy fuerte a mi mamá. Mi hermano mayor, Yibril, dice que cuando crezca un poco más se convertirá en un mártir y se inmolará por Alá, como hizo nuestro vecino Munir. Yo no entiendo muy bien lo que quiere decir pero no debe ser nada bueno porque mi mamá deja de rezar y llora, grita, llora, grita ………

Yo ya no tengo miedo, porque soy mayor y tengo mi cuaderno pero cuando era pequeña también me asustaba como mi hermano Nayet.          .

             Ahora voy a contar mi  historia alegre. Un día cuando mi amiga Muayad y yo estábamos en……… “

De repente un estruendo invadió el aire de Gaza, el cielo se llenó de luceros de colores y una estrella letal cayó sobre el sótano de Samer y su familia. Remolinos grises de humo y polvo borraron el pasado y el presente en aquel lugar.

Aquel anochecer en aquel paisaje desolado sólo quedaron escombros, el cuaderno sin historias alegres de Samer y el silencio de la muerte.

         

 

Este poema no es mío pero buscando información lo encontré y me gustó, así que lo dejo como complemento de lo anterior.

 

Han pasado veinte años, veinte eternidades...

Siento la sangre

Y las lágrimas como una llaga

vertidas por el mundo de la desgracia.

Suena en mis venas la campana de los muertos.

Oh, sumar mi lucha con la de los combatientes.

Tender mis manos y empuñar el destino.

Mi amor: ahogarme en lo hondo de mi sangre,

llevar el fardo del hombre,

y resucitar la vida,

pues mi muerte es una victoria.

 

(de la obra de Badr Chaker al Sayyab, 1926-1963, es un canto al retorno, al arraigo a la tierra de Palestina, que es para él, esposa y fuente...).

 

 

 

Mercedes

La final

Hola me lllamo Alfonso y hoy juego la final de tenis del torneo 2008 del Principado de Asturias.

Todos dijeron que no sería capaz, que no llegaría tan lejos, pero no me conocen bien, la verdead es que hasta yo estoy sorprendido.

Cojo la raqueta de la suerte, la pongo en mi bolsa con las demás, si gano pienso brindar con una botella de champan y sino también, llegar hasta aquí merece celebrarlo y no es para menos.

Estoy en el hall de mi casa, me santiguo, me miro en el espejo de la pared al lado de la puerta, abro, salgo, miro al cielo y suspiro.

Deseenme suerte, hasta luego.

Por: A. M. de Diego.

Nieva

Papá, mamá, está nevando!!!

sonaba en mi cabeza, un sábado por la mañana en el més de diciembre, nuestra hija nos despertó con semejante júbilo y nos puso a todos en danza, venga a correr por los pasillos, gritando venga! mirad! que bonito!. Unos en los baños, lavándose, y mi mujer y yo vistiéndonos en la habitación.

Preparamos los desayunos, nos abrigamos con guantes, gorros y bufandas, aunque luego la mitad de las cosas a los crios les sobran. Hicimos el típico muñeco de nieve con todo, unas ramas simulaban los brazos, y unas piedras la cara. Como no, jugamos a la tirarnos bolas, nos deslizamos por todas las cuestas que pudimos en trineo, una y otra vez, arriba y abajo.

Es curioso a la vez de bonito como el paisaje cambia, donde antes había verde, ahora hay una manta blanca algodonosa, que cruje a cada paso.

Al final llegas a casa, todos exahustos, aunque con gran alegría recordando todo lo hecho por la mañana, pero queda la tarde, uf bueno, ahora a reponer fuerzas con una buena sopa caliente.

Aún recuerdo como yo a su edad también gritaba:

Papá, mamá, está nevando!!!

Por: A. M. de Diego.

Cotidianeidad

El olor a café

sube por la escalera.

Escarcha en el aire

Cristales empañados

Voces en la radio

Ruido de tazas y

tintineo de cucharas

El gato enroscado

duerme la mañana

 

El trac, trac, trac

de la máquina de coser

Los hilos en la cesta y

las telas en la silla

Palabras y risas

La luz taciturna y

la lámpara que se enciende

El perro adormilado

deja pasar la tarde

 

Oscuridad tras las ventanas

Postigos que se cierran

Pisadas en el pasillo y

susurros en la habitación

El libro en la cama

El tic, tac del despertador

El gato y el perro

cierran los ojos y

estiran las patas

en la noche que llega

 

 

Mercedes

El último árbol

El pintor veía el árbol desde su ventana,

un árbol solitario, centenario y orgulloso.

Aquella mañana de primavera decidió pintarlo.

Cogió sus pinceles, su paleta y su silla y

sentándose delante de él comenzó su obra.

Un sol dulce y benévolo acariciaba al pintor

y al árbol.

Pintó un árbol frondoso, lujuriante,

con hojas sombrías y palpitantes.

El tiempo pasó y

llegó el verano.

El pintor veía el árbol desde su ventana,

un árbol elegante, antiguo y altanero.

Aquel mediodía de verano también decidió pintarlo.

Un sol inmisericorde y ardiente abrasaba al pintor

y al árbol.

Pintó un árbol agónico, decadente,

quemándose en la canícula del estío

un árbol de hojas calcinadas y mustias,

de ramas quebradizas.

Se sucedieron los meses y

comenzó a otoñar.

El pintor seguía viendo el árbol desde su ventana,

un árbol gentil, sabio y arrogante.

Aquella tarde de otoño no pudo evitar pintarlo

Un sol suave y mortecino rozaba al pintor y

al árbol.

Pintó un árbol caprichoso, tornadizo,

confundido con el crepúsculo cobre

un árbol de hojas volanderas, ocres, amarillentas.

Rápido discurrieron los días y

la nieve acompañó al invierno.

El pintor seguía viendo el árbol desde su ventana,

un árbol deshabitado, secular, altivo.

Aquel atardecer de invierno se sintió obligado a pintarlo

Un sol aterido y azul arrullaba al pintor y

al árbol

Pintó un árbol triste en su desnudez,

un árbol de ramas descarnadas y macilentas,

mancillado por el hielo y la escarcha.

Y aconteció una mañana

que el pintor no vio el árbol desde su ventana.

Porque era aquel un árbol derrotado ya en su plenitud,

condenado y lentamente ajusticiado

en la agonía de aquella llanura estéril.

 

 

Mercedes

En clase

Hola me llamo Alejandro, tengo 10 años y voy a contar lo que me ocurrió en clase.

Hoy cuando la profe explicó la lección de mates, al finalizar, preguntó si alguien tenía dudas y yo levanté la mano, no porque fuera preguntar algo del tema, sino porque quería pedir permiso para poder ir al baño, pero antes de preguntarme a mí, respondió a otras niñas, a mí me preguntó el último, pero ella se había dado cuenta de que levanté la mano antes y no dije nada hasta que m preguntó y me puso como ejemplo de persona educada, cuando por fin hice la pregunta de que si podía ir al baño, los de la clase se rieron y yo también al verles a ellos, con lo quela profe pensó qu me estaba burlando de ella y me castigó sin recreo.

Por: A. M. de Diego.

El pasar del tiempo

La vida.

Un tren.

Un tren rápido, rapidísimo, veloz.

Un tren con apenas paradas.

Miras por la ventanilla,

y ves que todo pasa,

como una película,

metro a metro,

parada a parada.

Apenas se detiene,

sabes su destino final,

aunque incierto.

Miras por la ventanilla

y ves el horizonte,

imaginas el futuro.

Miras alrededor

y ves el presente.

Miras atrás

y ves el pasado.

Pasado, presente y futuro,

se agolpan en tu mente,

en tu mente

y ves tus recuerdos

"pues a más recuerdos,

más años".

Tus recuerdos se suceden,

como sucede tu vida

y sin más,

miras por la ventanilla.

Por: A. M. de Diego

La oración de los jueves por la noche

                       

 

 

-¿Mamá, por qué te vas otra vez?

-¿Cómo que otra vez?  No empieces ya y no pongas esa carita porque sabes perfectamente que es jueves y que tengo una reunión... además os cuida la abuela.

-Ya lo sé... ¿llegarás tarde?

-No, como siempre... pero tú, a dormir que mañana tienes cole, ya te iré a dar un besito a la cama cuando vuelva.

Parece que siempre es  jueves…  odio los jueves. Lo único que me gusta de las  reuniones de mamá  es que puedo ver como se maquilla para salir aún más guapa... cuando yo sea mayor me maquillaré como ella... me gusta el olor de todas estas cremas que utiliza mamá, me gustan sus manos… no sé cómo puede meterlas  en el agua asquerosa de fregar los platos.

-Apártate un poco que no me dejas terminar y llegaré tarde... un besito y a la cama... cuidado, no hagas ruido que tu hermana ya esta dormida.

-Ya lo sé...

Dormida como siempre... ¿ cómo podrá estar dormida? Se va mamá y no está nada preocupada. ¡Qué fácil pasar de todo! Sin embargo es de noche, mamá volverá muy tarde y podría pasarle un montón de cosas. Todos dicen que mi hermana era preciosa cuando nació, y que al verla mi  papá se puso tan contento que le regaló un reloj a mamá... pero, ¿ quién se tiene ahora que quedar despierta para que no le pase nada a mamá? Pues yo. Rezaré un poco pero tendré que ponerme de rodillas encima de la cama porque si no, no vale.  Rezaré diez Ave Marías, creo que bastará… pero tengo que fijarme en cada palabra que digo  porque sino, tampoco vale... eso, nos lo dijo Sor Auxiliadora y mamá dice que es verdad y que hay que estar a lo que se está sin distraerse. Ya está, me he perdido... tengo que volver a empezar, tengo frío y ganas de llorar.”Dios te salve María llena eres de gracia...”.  Si me enfrío, lloro y rezo, es más fácil que la Virgen me haga caso y proteja a mamá... a la Virgen le gustan los sacrificios. El año pasado durante La Cuaresma hice un montón de sacrificios, muchos más que mi hermana... mamá me felicitó y dijo que la corona de Jesús en la cruz tendría una espina menos gracias a mí. Pero otra vez a empezar... no lo conseguiré nunca y si le pasa algo a mamá me moriré. No, no tengo ni que pensar en esta  palabra. A veces mama dice que nos quiere tanto que prefiere vernos muertos a que cometamos un pecado mortal. Sé que hay una palabrota muy fea que es mortal y la dice a veces mi hermano mayor... pero ahora no puedo pensar en él, ahora la que me necesita es mamá  y voy a  rezar como hay que hacerlo, sin distraerme, hasta su vuelta. Me duelen las rodillas pero tengo que dejar de llorar, y terminar lo antes posibles con esos diez Ave Marías bien rezados... luego, la esperaré, y cuando oiga la puerta me haré la dormida hasta que venga a dame un beso.  ¡Cuánto tarda!

--Dios te salve María, llena eres de gracia...

Ya llega mamá, oigo sus pasos... creo que el beso que le dio a mi hermana ha sido más largo que el que me dio a mí, no es justo... mi hermana duerme y yo me preocupo... cada noche que mamá sale, la salvo yo. Se lo tendría que contar todo a mamá para que me quiera un poquito más  pero… Sor Auxiliadora dice que si uno se da importancia con las buenas acciones que va haciendo pues…  que ya no valen. No sé porque sigo teniendo tantas ganas de llorar si mamá ya está en casa... mañana no voy a poder levantarme, ojalá esté enferma.

                                                                                                                           Dominique (a los 8 años)

 

 

Figuras geométricas (de relato a poesía)

 

Figuras geométricas

 

Palabras caídas al azar,

desmigajadas

en la barra de un bar de mierda cualquiera.

Luz de neón mortecina.

El hombre de pie en la barra

no la ve entrar, ni sentarse

allí, tan ridículamente recta… o tal vez sí…

Nada cuadra.

 

Detrás del ventanal

de aquel lugar,

entre las sombras

de una instantánea de Hopper,

tú, yo, o cualquier mirón                                                                            

a la espera.

 

¡Acción!

 

Ahora sí, el hombre se gira,

repara en ella.

La mujer de espaldas  se le ofrece:

largo cuello,

pechos firmes,

hermoso culo.

Luz de otros tiempos

en un sexto sin ascensor.

La lame toda,

sabe a Julia.

Ella susurra: sigue, sigue.

 

¡Corten!

 

Luz de neón mortecina.

Entre las sombras de una instantánea de Hopper

nadie vio ni oyó nada,

ni tú, ni yo, ni el mirón ese cualquiera…

Ni la respiración entrecortada de ella,

ni las aletas tensas de su nariz,

ni aquella mariposa atrapada en su sien.

 

Imagen fija.

 

Ella apura su copa de coñac.

Luego, su mano hacía el cenicero, hacia la puerta… se va.

El hombre de espaldas,

absorto, no ve su marcha… o tal vez sí…

Dibuja figuras geométricas  

con migajas de un pincho que acaba de tomar.

De pie, en la barra de un bar de mierda cualquiera.

                                                                        Dominique

 

Fugaz…

Intenso…

Así fue nuestro amor…

se alejó con la bruma,

y con la bruma volvió…

Pero aquel instante,

escondido quedó

en un lugar oscuro…

como tu pasión…

 

Las nubes se mecen

arrastradas por el viento.

Así te fuiste un día

sin palabras,

regresando en silencio…

Nada queda

el viento se lo llevó,

como a las nubes…

y jamás regresó.

 

 

Carmela.

 

 

 

INRI

¿Qué hubiera pasado si Jesus en vez de nacer en Jerusalén huibiera nacido en España?

Tal vez que al venir los tres Reyes Magos, Baltasar, quizás hubiera sido el primer sin papeles, además, son de Oriente, porque cuando ocurrió todo, ellos estaban ahí trabajando, sinó, qué explicación tiene.

Es posible que Jesus se hubiera hecho torero, involuntario claro, ya que hubiera sido encarcelado por los romanos y para atracción lo hubieran puesto como un gladiador, pero al no haber leones en España, hubieran puesto un toro y en vez de morir crucificado, hubiera muerto de una cornada, y nada de ser traicionado por Judas, los romanos le hubieran encarcelado por vago, por no haberse independizado a los 33 años, acusado por los padres de María Magdalena de haberla dejado encinta y no casarse con ella, con eso del amor libre y amaos los unos a los otros, ya no sigo con los apóstoles, eso será otro relato.

por:  A. M. de Diego.

Otoños

 

Ella estaba allí.

Era Otoño…

El viento raleaba los árboles

para finalmente desnudarlos.

Una, dos, tres…

Eran las hojas recogidas.

Ella estaba allí

con su bolsa.

Cuatro, cinco…

La vieja parecía feliz,

con sus movimientos

abajo, arriba…

Pasó el tiempo

la bolsa estaba llena,

levantó la vista,

muy fija,

miró la acera cubierta de hojas…

¡Cuánto queda aún!                                                                     Carmela

Con su permiso, Sr Monterroso (texto rectificado )

 

 

 (Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.   Augusto Monterroso 1921-2003)

No pasaba nada o eso querían que yo creyese. Sin embargo, todo en su comportamiento me estaba inquietando. Al igual que  existe en el mundo animal rituales para diferentes momentos de la vida, los que me rodeaban ejecutaban, instintivamente también, un extraño baile presagio de una inminente desgracia que me resistía a querer admitir; pero, lo que llegaba a mis ojos y oídos no eran armónicos cantos de grullas, ni destellos de luciérnagas…  sólo se trataba de murmullos pegajosos en labios resecos, y de singulares maneras de desplazarse junto a mi cama… más que andar, mis amigos, familiares y sirvientes se deslizaban a mi alrededor lanzando miradas furtivas. Al cabo de unos días tuve que rendirme ante la evidencia: esa inoportuna presencia invisible que todos parecían querer esquivar no podía ser otra que la muerte, mi muerte. Sin embargo, nadie quiso contestar a la gran pregunta, la única ya que me quedaba por hacer en este mundo:

--¿De cuántas horas dispongo aún?

Abrieron los ojos y los brazos de par en par como espantapájaros,  para poder simular mejor su estupefacción frente a tal disparate.

--¿Pero que dices? ¿cómo se te ocurre decir tal insensatez?

Así es que busqué una manera más sutil de saber la verdad y la encontré.

Fingí sentirme mejor y pedí que me trajeran lo necesario para poder escribir desde  la cama. Todos se alegraron al verme tan animoso. Con gran esfuerzo y el apoyo de un atril empecé a escribir. Mi pulso no era firme pero sí mi intención de salir de dudas.

Al cabo de unos cinco minutos llamé a todos los que estaban en casa para leerles el que sería mi último trabajo. Acudieron  maravillados por la rapidez con la que había llevado a cabo esa nueva creación, y me pareció ver en los ojos de mi supuesto gran amigo y editor, asi como en los de algunos de mis herederos, ciertos destellos de codicia.

Todos se sentaron a escuchar, y después de aclararme la voz con un ligero carraspeo empecé a leer:

“Cuando se durmió, el elefante ya no estaba allí”.

                                                       Arturo De la Vega a 21 de diciembre  1921*

 

Después de unos segundos que se me hicieron eternos, vi como algunos de los allí presentes empezaban a aplaudir; otros, con la voz entrecortada por la emoción me daban  la enhorabuena, y los más cercanos a mi cama  se acercaban por turno para abrazarme.

Deje que todo aquel barullo terminará y cuando por fin pude hablar exclamé:

--¡Gracias hijas, amigos y fieles sirvientes por haberme sacado de dudas!... ahora sé que no me queda tiempo. Es hora de que nos despidamos.

Todos quedaron muy sorprendidos.

--¿Pero  a qué viene todo esto ahora? me preguntó una de mis hijas.

--Muy fácil, contesté yo, ya de muy mal humor, sólo a un escritor moribundo se le puede aplaudir por algo tan sinsentido, por lo primero que se le viene a la cabeza.

--Si me lo permite Señor, está usted en un error… escriba lo que escriba siempre le aplauden y le aplaudirán… ya lo tendría que saber.

La que acaba de hablar era una joven empleada  con las que había tenido mis más y mis menos; algo descarada, era la única que, en algunas ocasiones, había sabido plantarme cara, pero nunca me había resignado en seguir los consejos de mis hijas y echarla.

--¿Cómo te atreves? rugió entonces mi hija mayor, faltarle al respecto a mi padre en su lecho de muerte.

¡Por fin!...ya sabía lo que quería saber: la palabra “muerte” había sido pronunciada y por mi propia hija.

Pero ahora eso era lo de menos… lo que de repente ponía en duda, no era la cercanía de la hora de mi muerte (eso había quedado bien claro) pero sí, la valía de la obra de toda mi vida… ¿pasaría a la posteridad porque merecía la pena ser leída, o simplemente por  dos o tres escritos de cuando la celebridad no me había hecho aún tan engreído ni merecedor de un público que, hiciera lo que hiciera, aplaudía y me alababa?

Rogué a todos que me dejaran a solas. Luego, llamé a mi notario para modificar las cláusulas de mi testamento en el apartado “ legado literario”. 

Y así quedó redactado:

A mi muerte,  quiero bajar de los altares donde engañado me subieron, y para eso exijo que todos mis libros sean  retirados de  librerías y bibliotecas para luego ser quemados y en ningún caso reeditados …a  excepción  de mi último relato “El Elefante”, que dejo a mi buena amiga “la descarada”; permitiéndome abrir los ojos sobre la triste realidad de este mundo de hipocresía que me rodea, feliz, lo abandono … un regalo bien miserable para un favor tan grande  ya que me es imposible imaginar que de mi legado pueda sacar provecho alguno.

                              Firmado: Arturo de la Vega a 21 de diciembre de 1921 y en plena posesión de sus facultades.

 

 

Ochenta y ocho años más tarde  un profesor de literatura entra en un aula de  alumnos de segundo de bachiller.

--Abrir vuestros libros a la pagina 100. Hoy veremos  el relato más increíble jamás escrito que marcaría un antes y un después en el mundo literario. Se titula “El Elefante” de Arturo de la Vega… y el profesor empezó a leer.

 

* 21 de diciembre de 1921: nace Monterroso                                               Dominique

Figuras geométricas

 

Apoyado en la barra, llevaba unos minutos jugueteando con las migas de un pincho que acaba de tomar; con el dedo índice las juntaba  en un montoncito para volver a separarlas creando figuras geométricas… absorto, no la oyó entrar ni sentarse a una mesa; se había colocado de espaldas a la barra y en el sitio más céntrico de aquel barucho. Juan no sabía mucho de metáforas pero al reparar en ella lo primero que le vino a la mente fue la imagen de una mierda en un solar… el bar estaba prácticamente vacío y aquella mujer, sentada ahora  muy al borde de su silla como para evitar mancharse, no había escogido la mesa junto al ventanal, ni la del  rincón junto a la puerta… no, había ido directamente a la mesa más céntrica, a la vista de todos—y ésto no cuadra--pensó Juan.

 Luego, al cabo de un rato observándola, ahí, sentada muy recta,  pensó  en aquellos dibujos de pasatiempos con sus siete errores… en un sitio como ese, todo en aquella mujer era un error:  su manera de vestir, de comportarse, su tono de voz…

--Un coñac por favor.

La camarera, al igual que Juan, habrían apostado sin temor a perder, a que la extraña pediría un descafeinado de maquina pero… otro error más.

Con los brazos hacia atrás y los codos apoyados en la barra, Juan se encontraba ahora de cara a la calle tal como lo estaba la mujer del traje de chaqueta caro, y sus ojos se posaron en su largo cuello dejado al descubierto por un moño en forma de caracola; últimamente, le hacía falta más que un cuello para “ponerle” sin embargo, aquel cuello de piel blanca, sí que le ponía… entrecerró los ojos para  dejar que, mentalmente, sus labios lo recorrieran. Con movimientos casi imperceptibles, la mujer empezó entonces a ladear el cuello de un lado a otro como queriendo abrir  los caminos que la lengua de Juan iba trazando. En el bar, ya no quedaba nadie salvo la mujer de la mesa del centro y él…  la camarera trajinaba en la cocina contigua a la barra. Juan había vuelto a abrir los ojos; todo en la actitud de la mujer de espaldas a él le estaba invitando a ir más allá: sus dedos habían abandonado el vaso de coñac para agarrarse a los laterales de la mesa, y sus pies, liberados de sus zapatos de tacón, estaban de puntillas debajo de su silla; se  ofrecía a él con la misma naturalidad con la que había pedido una copa de coñac y, sin moverse de su sitio, Juan siguió abriendo caminos imaginarios, cada vez más apartados y sin embargo cada vez más familiares, por todo ese cuerpo que no podía fingir no reconocer por más tiempo: unos pechos firmes, un culo hermoso… sí, era Julia...  y la tomó por detrás como tantas veces lo había hecho en aquel diminuto cuarto de estudiantes en un sexto sin ascensor junto a la universidad. Cuando volvió a la luz fluorescente del local, y antes de darse de nuevo la vuelta hacia la barra, Juan pudo ver el perfil de Julia, el mismo que  cuando ella le decía—sigue, sigue--  : su respiración algo entrecortada, la aleta derecha de su nariz tensa  y una de las venitas de su sien aleteando como una mariposa presa en un bote de cristal.

Pero ya entraba alguien en el bar y  la mujer  se agachó discretamente  para volver  a  calzarse… luego, sacó un cigarrillo de su bolso, dio unas cuantas caladas, lo apagó casi entero en el cenicero que tenía a su lado, apuró su copa y salió. 

Apoyado en la barra Juan  jugueteaba con las migas de un pincho que había tomado; con el dedo índice las juntaba  en un montoncito para volver a separarlas  creando figuras geométricas… absorto, no la oyó marchar.

                                                                                              dominique

el y ella

El tenía su cabeza sumergida entre las páginas del periódico. Cada vez tenía que acercarse más para que las letras, una vez convenientemente unidas en su retina formaran palabras y no fueran una sopa de letras, síntoma evidente de que tenía que volver a graduarse las gafas. Un ruido de un vaso al caer y romperse hizo que bajando el periódico, mirara hacia las mesas de enfrente y entonces la vio. Estaba sentada con las piernas cruzadas y parecía absorta escribiendo algo en una agenda que tenía colocada encima de la mesa. De vez en cuando se detenía para tomar un sorbo de una taza de café que aún humeaba. Sintió que el ritmo de los latidos de su corazón aumentaba y que las tripas en su estómago se volvían locas buscando sitio. Igual, pensó, igual que hace veinte años, tengo los mismos síntomas cuando la veo, como si el tiempo no hubiera pasado.

Y recordó lo mucho que la había querido, lo felices que habían sido el poco tiempo que habían vivido juntos, quizá por eso, porque había sido tan breve que la rutina y la convivencia no los había quemado. También pensó que siempre tuvo la sensación durante el tiempo que pasaron juntos que había algo en ella que no entendía, algo que se le escapaba y que nunca logró saber lo que era.

Mirándola detenidamente le pareció que seguía tan bella como siempre, más madura, eso si, pero no había perdido aquella elegancia y aquel encanto que era como un aura que la rodeaba y que parecía iluminar el lugar donde estaba. Las pequeñas arrugas alrededor de sus ojos, las finas marcas de expresión que surcaban su frente y las comisuras de su boca y cierta angulosidad en sus rasgos le restaban lozanía a su rostro pero le daban un aire de mujer misteriosa que aún se sabe atractiva. Miró sus piernas enfundadas en unas finas medias de seda negra,  sus tobillos finos y todo lo demás que se le permitía ver hasta el comienzo de su falda. Contempló sus ademanes suaves y pausados en su forma de revolver el café, de colocarse el mechón de pelo que le caía sobre sus ojos, de cruzar y descruzar las piernas. La intuyó refinada, exquisita y mundana. Seguía estando delgada, quizá un poco más rotunda y curvilínea, pero pensó, nada que ver con el cuerpo de su ex mujer, que quizá exagerando un poco empezaba a medir casi lo mismo de ancho que de alto. Y de pronto le pasó por la cabeza la idea de intentar reconquistarla, de acabar lo que quedara inacabado o de retomar lo que nunca deberían haber dejado que terminara.

Otro ruido hizo que girara su cabeza hacia la derecha y entonces contempló su imagen  reflejada en el cristal de la cafetería. Ahí, irremediablemente, estaban su coronilla calva y reluciente rodeada de aquellos pelos ralos, escasos y casposos, su rostro abotargado, deformado por los kilos de más y por los tranquilizantes que tenía que tomar a diario para la depresión, su barriga que colgaba prominente y su enorme culo encajado en los brazos de la silla. Acto seguido levantó el periódico y colocándolo como un parapeto entre su cara y el resto del mundo deseó fervientemente que ella no lo hubiera reconocido.

Ella dejó de escribir sus notas para revolver el café y entonces lo vio. Le costó trabajo reconocerlo e incluso dudó por unos momentos. Pero sí, era el. Siempre pensó que quizá eran demasiado jóvenes cuando comenzaron a vivir juntos pero tenía buenos recuerdos de aquella época. Sin llegar a ser una pasión loca lo había querido pero en ese momento de su vida y como comprobaría posteriormente también en los siguientes, ella no tenía muy claro el concepto de fidelidad y le parecía una tontería desperdiciarla siempre con el mismo hombre. Al poco tiempo de vivir juntos le entró aquel punto de hastío y aburrimiento de la monotonía y se dejó seducir por un compañero de trabajo o más bien lo sedujo ella, ya no se acordaba muy bien porque entre tantas relaciones como había tenido empezaba a carecer de importancia quién conquistaba a quien.

El formaba parte de aquel pasado en el que todavía los hombres eran algo más para ella que una relación basada en la búsqueda de una mutua satisfacción sexual y por eso le dolía lo que veía. Lo recordaba hermoso, atlético, seguro de si mismo y lo que ahora tenía delante de su vista era como los restos de un naufragio, de tan estropeado, tan amorfo, tan deteriorado por fuera como por dentro  según le pareció también.  Lo que supo con certeza es que no se había equivocado cuando lo dejó pero también supo que siempre le quedaría la duda de saber como sería ese hombre si ella hubiera continuado a su lado y ¿cómo hubiera sido ella?, ¿quién arrastraría a quien? Cerrando su agenda acabó de tomarse el café, se levantó y pasando a su lado le dijo: - adiós Eduardo-  al tiempo que a él le llegaba el olor denso y dulce de su perfume.

Mercedes

El legado

Samuel Borjano se sentó delante del ordenador colocando sus dedos escuálidos y temblorosos sobre el teclado. Mientras su enjuto y encorvado cuerpo se estremecía en convulsiones para expulsar  esputos sanguinolentos siguió el dictado de su cerebro que se consumía por la fiebre para escribir lo siguiente:

         “Yo, Samuel Borjano, alias ”Samuel Veneno” como seudónimo, escritor maldito y denostado, irreverente, blasfemo, pendenciero, bisexual con un punto masoquista, alcohólico, drogadicto, aficionado y practicante de alguna que otra perversión, amoral para la mayoría y genio apocalíptico para unos pocos, escribo esta carta. Hace tres meses que sé que me voy a morir y en ese tiempo record he escrito mi último libro “El Legado”. En él aparecéis todos, todos aquellos que durante todos estos años habéis criticado y juzgado mi forma de vida pero que, como en última instancia yo era un negocio, porque mal que os pese mis relatos tenían éxito y como lo que mueve vuestras conciencias es el dinero, me habéis permitido existir en mis libros.

      Diréis cuando leáis estas líneas que me lo tengo merecido, que esta muerte temprana no es sino una consecuencia de mis vicios, de mi vida disoluta y llena de excesos, pero yo os digo que no me arrepiento de nada, que si mil veces viviera mil veces haría lo mismo.

Y particularmente mi libro “El legado”, es eso un legado para vosotros, mis inmediatos colaboradores, los que durante años habéis vivido a mi costa, como garrapatas humanas succionando hasta la última gota de mi sangre si yo os hubiera dejado. En mi novela veréis que estáis perfectamente caracterizados, que sois fácilmente reconocibles, con vuestras vidas pequeñas y contradictorias, con vuestros mezquinos secretos, formando parte de un argumento retorcido, oscuro y con un final sorprendente.

En mi libro apareces tú, Pedro, mi editor, y también tu mujer, Adela, que durante todos estos años ha estado acostándose conmigo y ¿sabes porque lo hacía? Porque decía que le gustaba el morbo de mi lado oscuro y eso es algo que tú nunca podrás darle.

Y tú Daniel, que eres mi crítico literario favorito por que las críticas que hacías de mis libros eran tan ácidas y corrosivas como el mundo de mis novelas, pero con una diferencia, que lo tuyo no era sino producto de la envida, de la amargura del escritor que nunca pudiste llegar a ser mientras que lo mío eran los relatos de mi propia existencia.

          También estás tú, Álvaro, que desde tu posición de asesor cultural del Ministerio has intentado acabar conmigo de todas las formas posibles. En mi libro vuelvo al pasado, a nuestros tiempos de facultad, aquellos en los que tú eras el chivato del régimen, el que avisaba a la policía cuando teníamos asambleas ¿o acaso pensabas que no lo sabía? Sólo estaba esperando el momento oportuno para contarlo.

Y por supuesto estás tú, mi fiel secretaria Greta, fidelidad entendida en un sentido pecuniario pues si alguien te hubiera pagado más que yo no hubieras tenido la más mínima duda en irte. Yo conozco tu secreto, ese que escondes bajo esa apariencia de mujer fría y seca, con tus trajes de chaqueta siempre tan clásicos, tus zapatos planos y monjiles y ese aspecto de eficiente laboriosidad. Sé que te gustan las mujeres porque cuando mis ocasionales amantes venían a verme al despacho no podías evitar mirarlas con ese deseo contenido y atroz de los que nunca serán capaces de reconocerlo.

          Vosotros tampoco podéis faltar, mi aristocrática y decadente familia, porque con vuestra hipocresía y falsa moral dais mucho juego para un buen argumento.  Siempre habéis renegado de mí, hasta ahora, que os abalanzareis sobre mi herencia, pero sabed que no os tocará nada pues sólo dejo un montón de deudas y es que en una vida tan disipada como la mía los gastos son siempre superiores a los ingresos.

A los que sois creyentes os quedará el consuelo de que arderé en el infierno por los siglos de los siglos pero a los que no lo sois no os quedará ni eso, pues me desintegraré en la nada más absoluta hasta el fin de los tiempos.

Y así Samuel Borjano les envió esta carta junto con una copia del manuscrito de su libro “El legado” para que tuvieran el dudoso privilegio de ser los primeros en leer su obra póstuma.

Dos días más tarde apareció en el periódico la siguiente noticia: “Es hallado en su domicilio el cuerpo sin vida del escritor Samuel Borjano, tan famoso por sus libros como por sus escándalos. Fue descubierto por su asistenta ayer, a primera hora de la mañana. El novelista se encontraba acostado en su cama con un tiro en la sien. Todos los indicios apuntan a que se trata de un suicidio”

Felices fiestas a todos

Felices fiestas a todos

ESPÍRITU NAVIDEÑO

 

 

Basado en hechos reales o que podrían haberlo sido. Los personajes tampoco son de ficción. En cada una de sus rarezas y maldades estoy yo, intentando sobrevivir y, de paso, insuflarle vida a este relato como Tía Conchi a sus visones.

 

  

No iba a pasarme lo de otros años. Las fiestas de Navidad iban a ir como a mí me gustaba que fueran, a saber, sin agobios de última hora, sin ataques repentinos de nostalgia ni de alegría, sin ñoñerias de Papá Noel colgado de su escalera en un  interminable movimiento de pierna reumática, ni nada de exagerada austeridad luterana. Resumiendo, iban a ser las Navidades de la mesura, del ten con ten, del buen gusto. A finales de noviembre ya tenía comprados los regalos y sabía, con exactitud, qué comidas festivas con sus respectivos menús me tocaría preparar; podía llegar la Navidad, estaba lista, psicológica y materialmente lista, lo tenía todo bajo control. Tan segura de mí me encontraba, que me sorprendí hablando en varias ocasiones del famoso espíritu navideño como si de mi mejor amigo se tratase y, con sonrisa condescendiente, escuchaba las quejas de unos y de otros: "tendremos que ir a comer a casa de mis padres"... “tendremos a todos nuestros hijos con nosotros y seremos un montón"... "si pudiese, desaparecería"... "vaya invento más tonto"... "aún no tengo nada comprado"... y un sin fin de lamentaciones que oía desde toda mi altura de persona que sabe, que está capacitada, que entiende de esas cosas.

El veinticuatro de diciembre amaneció lluvioso y la cuerda-escalera del Papá Noel del balcón de la casa de enfrente, daba fe del fuerte viento que había debido de soplar toda la noche. Aquel pobre Papá Noel tenía la cuerda alrededor del cuello; se había suicidado. Aparté la mirada de tan triste espectáculo, e intenté recobrar toda la serenidad ante mi belén minimalista de tradición puramente cristiana. Dudé un instante respecto de dos ovejitas aladas o ángeles lanudos que había comprado, quizás un poco compulsivamente, y que había colocado justo por encima del niño Jesús ¿no estarían desentonando? Para explicar el hecho, recurrí a lo de la magia navideña de la que tanto se hablaba últimamente. ¡La magia navideña! otro concepto, ¿qué digo? otra realidad que por fin estaba segura de haber captado después de largos años de búsqueda; en aquel momento me era de gran utilidad… gracias a ella, y en un plis plas, mis ovejitas aladas o ángeles lanudos tenían su razón de ser ¡menos mal, con lo que me habían costado!

 La cena de Navidad iba a reunir a diez personas en mi casa y tenía que tenerlo todo listo. Primero cocinar, luego decorar la mesa, y me quedaría aún un buen rato para la relajación antes de la llegada de mis primeros invitados. Sin embargo, una llamada telefónica iba a cambiar el curso de las cosas.

 --¿Te importa si viene también mi ex-suegra que se va a encontrar sola en esta noche de navidad?

 --¿Importarme? en absoluto, al contrario, contesté educadamente.

 Al colgar me di cuenta que, de todos mis comensales, aquella ex-suegra solitaria sería la única en no contar con su regalo navideño, detalle de la casa. Así es que aceleré el proceso de elaboración del postre para poder acercarme al centro comercial más próximo, y poner remedio a lo que podría haber sido una situación muy embarazosa, sobre todo en un día tan especial.

Y ahí me encontraba yo, en medio de aquel follón: villancicos versión hortera, niños “bollicaos” repelentes,  gente rara que era imposible imaginar con vida propia fuera de aquel entorno  y, ante todo, gente peligrosa dispuesta a acabar con todo y todos, con la ayuda de su única pero temible arma: los carros, auténticos carros de combate. Además de todo lo dicho anteriormente no nos olvidemos, como no, del calor asfixiante. Pero todo aquello no iba conmigo ni con la Navidad; en dos minutos estaría fuera, y aquí no habría pasado nada. Me dirigí directamente a la sección de confitería y eché mano de la primera caja de bombones que tenía delante. Luego, rumbo a la caja rápida, que eso lo digo porque lo ponen en letra bien grande “caja rápida, máximo 10 artículos”. A mi cajero se le ponía cara de cagón de belén cada vez que se veía obligado a explicar que diez artículos eran diez artículos:

--Ni once, ni doce... sólo diez, decía señalando el cartel como un maestro amargado en una clase de párvulos hiperactivos.

--Y si llevo un “pack” de seis cervezas ¿cómo se cuenta eso? ¿vale por un artículo o por seis?,  le preguntó la alumna aventajada de la fila.

Me fijé entonces en la cajera de al lado; había pasado ya por la peluquería y lucía un precioso moño navideño.

 -Sólo le faltan algunas que otras luces, pensé yo.

Pero, a todo eso, serena... inspirar, espirar, inspirar, espirar… utilizando el diafragma tal y como me lo había dicho mi profesor particular de Pilates. Por fin pude pagar y, prescindiendo de un montón de descuentos y de rasca-rasca para entrar en el sorteo de un carro lleno de productos de la casa, me dirigí corriendo hasta una gigantesca mesa generosamente instalada para que todos nosotros, consumidores, pudiésemos auto empaquetar, con papel de regalo y cinta adhesiva gratis, nuestros regalos navideños. Lo que no sabíamos era que aquella mesa para auto empaquetado era también, aparte de mesa-corta-paso en caso de incendio, la prueba de fuego para el farsante, para todo aquél quien, como yo, se creía poseedor del auténtico espíritu navideño. Entre codazos y empujones se trataba de realizar un precioso paquete sin olvidarse, claro está, del peligro que puede suponer perder de vista tus demás pertenencias, y con la dificultad añadida que representa un solo par de tijeras y un solo rollo de cinta adhesiva para unos cincuenta participantes. Sí, dije participantes porque eso éramos… participantes en una prueba que consistía en empaquetar el mismísimo espíritu navideño que, en mi caso, se había materializado en unos bombones primer precio de no se sabía qué marca. Ambiente tenso, miradas furtivas pero inequívocas sobre, referente a mi regalo, lo tacaña que había sido escogiendo aquella caja o, en el caso de mi vecino, lo enorme que era su escalextric comparándolo con el de la señora de enfrente. Inspirar, espirar, inspirar...

--¡Dios mío, que me ahogo! Tenía que salir de allí  lo más rápido que pudiese.

 En el coche por fin, contemplé mi lamentable paquete-regalo amorfo y arrugado, triste reflejo de lo que le estaba pasando a mi recién encontrado espíritu navideño. Queriendo salvar lo que quedaba de él, arranqué como una posesa y, estando ya lo bastante lejos de aquel centro comercial del demonio, intente relajarme leyendo los carteles luminosos de la autopista:

“Lo importante es volver" "Felices fiestas".

Me fijo en todas esas frases, tan disuasorias a la hora de la infracción, porque aposté con una amiga que, en breve, habría anuncios de turrones y demás productos en esos paneles de ayuda al conductor. Por eso, iba a lo que iba y no vi el traicionero ”control radar"... y ahí estaban los dos reyes magos a la busca de camellos y gente de mal vivir (faltaba Baltasar que andaría ocupado en otros menesteres).

--¡Su documentación!

A tomar por saco con el “por favor”, a eso lo llamaba yo espíritu navideño.

-- ¿Sabe usted a qué velocidad iba?, me gruño el agente que resultó ser reina maga.

--Pues  por mucho que yo quisiera ir, a menos de 140 km por hora… a más velocidad se desintegra.

Pues no, no le había gustado la broma... me miró por encima de sus gafas de espejo, y se quedó unos segundos inmóvil con los ojos posados en mi paquete... entiéndase, la caja de bombones. Yo siempre me creí ingeniosa y quise probar con otro chiste.

--Un paquete que va a ser la bomba.

Un tic nervioso le deformó la cara que se le puso tan patética como mi paquete-regalo.

 A los dos les había sido negado ser portadores del espíritu navideño.

--La cosa se pone que arde, pensé, y en este preciso momento me llegó un olor a chamusquina y me acordé del horno, el horno que no había programado para parada automática.

--Señora Agente, acabo de recordar que dejé el horno encendido y…

--¿De dónde es usted? me interrumpió sin más miramientos.

--Pues, de aquí, lo pondrá en mi documentación, contesté mansamente.

---Sí, pero… ¿ y eso de Francia?

Entonces procuré ser concisa por si quería llegar a casa antes del incendio y, por si todavía tenían dudas (que sí, las tendrían) precisé que había nacido en Lyón, que Lyón no estaba en el país vasco, que si tenía el párpado vasco no era culpa de nadie (en todo caso de mi madre, no mío), que más que vasco lo tenía hinchado debido a una retención de líquidos (hecho aún no penalizable por la ley según creía yo) y que a la única persona a la que conocía en aquella región, era a una tía mía apodada "la Culialta" pero,  por el mero hecho de tener el trasero bastante más cerca del cerebro que de sus pies, y no por pertenencia a banda armada. Todo eso solté, por si estuviesen pensando en lo que yo creía que estaban pensando y, a toda velocidad, para poder llegar a casa antes que los bomberos. Nuestros dos apuestos agentes (ya se habían acercado los dos) dudaron unos instantes más antes de pasar a la redacción de una multa por exceso de velocidad que, por supuesto, me iba a llevar a casa.

 --Una multa como la copa de un pino, pensé yo, pero esto ultimo me lo guarde para mis adentros y, cuando por fin pude arrancar y reemprender mis ejercicios respiratorios... inspirar, espirar, inspirar, espirar... tuve la horrible certeza que lo peor quedaba aún por llegar.

    El viento seguía soplando fuerte. Un viento de los que sirve de circunstancia atenuante en ciertos juicios de ciertos países. El Papá Noel de los de enfrente había resucitado y se encontraba ahora de cara a la calle. Con el ceño fruncido y una pierna doblada sobre aquel trozo de escalera que no le llevaba a ninguna parte, parecía como si estuviese a punto de liberarse de una dolorosa ventosidad.

-- Qué mal gusto, suspiré.

Pero, para mal gusto también, el de tía Conchita (por parte de mi marido) que, como siempre, había confundido ser puntual con llegar una hora antes de lo acordado.

--Mua, Mua.

Y empezamos a subir los dos pisos que separan mi piso de la calle, ella detrás, teniendo que izar sus no menos de cien kilos envueltos en un abrigo de no menos quince visones y yo, delante, azuzada por los latigazos de aquella lengua viperina que, en el descansillo del primer piso, ya me había reprochado y recordado lo poco que me dejaba ver por su casa, lo increíble que era no tener ascensor y, cómo no, en el último tramo le quedaba aún por confesarme (eso sí, por mi bien) lo gorda y  desmejorada que me veía. De todas formas, casi me gustaba más la técnica de vaca-burra de tía Conchi que consistía en soltarte sus impertinencias así, de sopetón (era como una muerte rápida, un trámite que quedaba solucionado desde el primer momento) que la técnica de vaca-zorra, usada por otro tipo de expertas, que aunque más discreta a simple oído, resultaba en realidad más dañina... apenas te reponías del primer golpe, ya  estaba a punto de caerte el siguiente.

    Pero ya estábamos en casa... inspirar, espirar, inspirar y tirar la carne, abrir inmediatamente las ventanas de toda la casa si no queríamos morir asfixiadas: ventana de la cocina, del salón... y mi tía detrás, quitándome parte del precioso oxígeno y con aspecto de querer insuflar vida a sus quince visones con tantos aspavientos y berridos. ¡Colgada de un trozo de escalera junto al pedorro de los de la casa de enfrente, ahí tendría que haber estado! Entre muchas otras cosas quería contarme su ultimo viaje a Madrid:

-- Qué finos son los madrileños con sus “he ido” y “he hecho”… ahora bien, en Barajas no fueron ni capaces de ponernos el esfínter.

Ese lapsus ya se lo conocía pero, a pesar de la tensión de aquel momento, tuve que hacer un esfuerzo para que no se me aflojara el ídem de la risa. Sin embargo, pasé de explicarle el motivo de aquella juerga privada ya que, en ese día, podía perfectamente ser un ataque de repentina alegría navideña. Y, renuncié también a hacerle entender que no se decía esfínter sino que finger que quiere decir “dedo” en inglés; imagínenla, protestando a pleno plumón en la terminal del aeropuerto:

---¡El dedo, exijo que me pongan el dedo!

 Pero tenía que relajarme como fuera; tarareando "Noche de Paz", deje a tía Conchi en compañía de Smoky, mi gato, y subí a mi habitación para intentar arreglarme y de paso coger la mitad, sólo una pequeña mitad, de mi relajante preferido... ¿Abusar de esas cosas yo?... ¡qué va!... Controlaba todo los aspectos de mi vida a la perfección, y demasiada pena me daban todas las personas abusivas. Inspirar, espirar, inspirar... Llamaban a la puerta e insistían; tenía que bajar a abrir ya que tía Conchi, embutida en mi butaca new-design (que no, cow-design) era capaz de salir con el sillón puesto con tal de enterarse, antes que nadie, de quién eran los segundos en llegar.

--Mua mua, mua mua.  Eran mi primo Paco y su mujer.

--¡Qué alegría volver a veros! dije con una risita nerviosa de las mías que no suelen augurar nada bueno.

--Pasad y perdonad el humo, intenté explicar.

--Aquí huele a pedo, sentenció Marta, tipo vaca-zorra, antes de que yo pudiera dar más explicaciones.

--No dije pedo, dije humo, aclaré.

--Ya veo que hay humo, no soy ciega, pero aquí a lo que huele es a pedo, insistió Marta; de nuevo se pudieron oír risitas de las mías mientras, lo más discretamente posible, cada uno de nosotros intentaba hacer un análisis olfativo detallado de lo que teníamos más a nariz.

--Ahora que lo dice Marta, creo que a mí también me esta llegando un olor que no tiene nada que ver con la carne quemada... y si no, prefiero que no me recomiendes a tu carnicero, aclaró tía Conchi tomando posición a favor de Marta.

--Será el Papá Noel de los de enfrente, quise bromear para restarle tirantez a la situación; pero al ver las tres caras de besugo que tenía delante de mí, me pareció que lo más fácil era seguirles la corriente.

---Pues muy bien, no se hablé más, aquí huele a pedo y bienvenidos a este hogar de guarros, exclamé, para luego ponerme a cantar la versión hortera de aquel villancico que habla de la Virgen, de San José y de sus calzones.

  Ciertamente no era eso lo que había estando ensayando tantos días antes, pero no se me ocurrió nada mejor y no sé lo que hubiera pasado si, en aquel preciso momento, no hubiese llegado mi hermana con su ex-suegra solitaria.  Ellas también se percataron del mal olor a la primera pero, como ya venían bastante "pedo", pues... fueron risas y, al relajarse el ambiente, tuve la agradable sensación de que no todo estaba perdido aún, teniendo en cuenta además, que nadie había dicho jamás que el espíritu navideño tuviese que saber a solomillo y oler a rosas.

  Pero se preguntarán si vivía sola con Smoky o si, por el contrario, tenía a alguien que, en un día de tantos agobios, pudiera haberme echado un cable. Pues sí y no, y por la siguiente razón. Tengo marido e hija pero, como si nada, especialmente aquel día de Nochebuena. Unos meses antes de Navidad, a mediados de septiembre más o menos, para vencer tal vez la depresión post-vacacional, mi marido y yo nos habíamos lanzado a reformar los baños de casa y, como una obra lleva a la otra, ya habían llegado los turrones y nos quedaba todavía por lijar el parqué. Para tal efecto habíamos contratado a Ángel, pero eso lo contaré en otro relato... Sólo deciros que el tal Ángel era más bien de los lanudos, al igual que los de mi belén, con perdón de las ovejas. Y, volviendo a lo nuestro,  aunque del lijado se iban a encargar unos auténticos  profesionales, mi marido estaba atareado en la creación de una especie de transportín, a prueba de lumbagos y hernias discales, para la movida general de muebles y demás enseres que se avecinaba.

--Déjalo ya, ¿por qué tienes que idear nada si los que van a venir se ocuparán de todo? argumentaba yo.

Pero se ve que lo del transportín lo tenía pensado desde hacía algún tiempo y no iba a renunciar tan fácilmente a ello.

--Además, si lo tengo terminado para Nochebuena podré probarlo con  tía Conchita... y eso último me dejaba bastante perpleja... ¿bromeaba o no? Por su culpa, ya estábamos enfadados con mi tía "la Culialta" que aún nos debía nuestro regalo de boda, a saber, una olla exprés. Desde hacía mas de treinta años, y cada vez que nos veíamos en una fiesta de familia, mi marido solía saludarla imitando el ruido de una olla exprés a punto de explotar... Eso desconcertaba a mi tía que, no acordándose ya de su promesa, le había empezado a tener miedo y procuraba evitarnos. Sólo faltaba ahora que quisiera que tía Conchi hiciese de piano en el transportín. Total, que se pasaba media vida en el garaje, en su mini sucursal del rey Merlín y prácticamente ya ni nos veíamos.

En cuanto a mi hija, eso es otra historia. De haber estado ella en casa cuando la quema de la carne no hubiese significado ningún otro tipo de desenlace, la carne se hubiese quemado igual. Tranquila, sigilosa como Smoky, no se mete en nada para nada.

¿Pasota?...¡Qué va! lo que ocurre es que se lo tiene que pensar todo muy mucho antes de actuar; no hace un solo movimiento que no sea estrictamente preciso. ¿Vaga?...tampoco; a veces le dan las cuatro de la mañana y allí está, en un local cedido por el ayuntamiento, donde, junto a otros chavales de su edad, practican todo tipo de deportes de deslizamiento... una juventud de lo más sana aunque todos un poco paliduchos por eso de preferir la luz de la luna a la del sol. Y todo eso para que quede claro que aquella Nochebuena a las nueve de la noche, me encontraba muy desamparada y que, el ver llegar a mi hermana y a su ex-suegra solitaria, aunque trompas las dos, me resultase bastante reconfortante y esperanzador. Además, tengo que confesar que acababa también de tomarme la segunda mitad de aquel fabuloso relajante mío y que mi pastillero, que no por casualidad se encontraba en el bolsillo de mi pantalón, era como una mano amiga tendida hacia mí en aquel trance, más parecido a la peligrosa maniobra de cruzar un río de aguas bravas sobre un puente de madera carcomida, que a la agradable misión de ser anfitriona en una relajada cena de Nochebuena. Me encontraba como a la mitad del puente y, al otro lado, aún se podía distinguir un trozo de espíritu navideño.

Sin más preámbulos opté por dar paso a los aperitivos aunque faltasen dos participantes de esta gran noche... una amiga mía y su hija. La primera, se reponía a duras penas de su divorcio y la segunda, de nombre Nuria, acababa de hacer oficial su decisión de irse a vivir con su amiga íntima desde hacía ya dos años. Para darle a la Navidad un carácter más internacional quise servir una bebida francesa.Tía Conchi no quiso ni probarla por eso de que ¡donde esté una sidrina que se quite cualquier otra cosa!

--Como si no tuviéramos aquí todo lo que nos hace falta... Bastante que tengamos que aguantar a todos esos extranjeros, y que encima nos digan lo que tenemos que comer y beber. Esta mañana, sin ir mas lejos, me quisieron vender unos frutos secos de Turquía... yo, que de toda la vida gasté el producto de aquí, no voy a empezar a cambiar ahora… el arroz, las lentejas, las naranjas... de aquí, de la única marca de la que se pueda uno fiar "la Asturianina".

Mi hermana, ella sí, estaba dispuesta a probar cualquier marca de licor y demás elixires y exotismos de toda clase; además, no quería perderse ni una sola ocasión para provocar a mi querida tía Conchi.

--Pues yo, muchas cosas las prefiero de fuera, a poder ser de países soleados, son bastante más sabrosas... sin ir más lejos, el plátano. Y por si no hubiésemos captado la broma, añadió a su observación un gesto de lo más explícito.

--Pues hija, yo, el plátano, ni probarlo, replicó tía Conchi con un  gesto que hizo que su doble papada se hinchara de manera inquietante.

--Aquí esta el problema tía Conchi, interrumpió mi hermana, usted, del extranjero no ha sabido probar lo mejor. Pero nunca es demasiado tarde para empezar.

--¿Por qué no pasamos a abrir los regalos que cada uno podrá encontrar junto a su plato? lancé, en un intento desesperado de poner punto final a esta conversación que hacía que la sensación de encontrarme en medio de un  puente por encima de aguas bravas fuera intensificándose. Mi propuesta, acogida con un relativo entusiasmo, bastó para tranquilizar a tía Conchi que empezaba a sospechar que, en esta conversación, había algo más que un simple intercambio de opiniones sobre frutas y verduras.

Sabía con bastante exactitud la frase que acompañaría la apertura de cada obsequio:

Mi amigo Paco de toda la vida: --En cuanto lo haya leído te lo paso, muchas gracias.

Su encantadora mujer: --Haber preguntado antes, odio ese olor.

¡Y dale con el olor!

Mi hermana: --Joder, eres la hostia, me encanta.

La suegra solitaria: nada. Normal, si se considera el aspecto de su paquete regalo más propio del de un “re-regalo” o sea, de uno de segunda mano (o segundo chupeteo, hablando de bombones).

Tía Conchi: --Como éste, y bastante mejor, ya tengo varios.

Mi amiga la recién separada, que por cierto acababa de llegar: --Gracias, pero no te creas que yo, ahora…

Nuria: --Quedará precioso en el salón.

Mi marido: --Lo había igual en Lidl y seguro que más barato.

Mi hija: --Mola, mola… a saber: --Me gusta, gracias.

No teniendo ya un buen segundo plato cárnico que ofrecer a mis comensales (volver al principio del relato si han perdido el hilo de toda esta movida) decidí hacer durar un poco más la parte “aperitivo” sin darme cuenta que, si bien las patatitas y aceitunas, españolas por cierto, terminaban por minar los apetitos, hecho positivo, llevaban bastante sal, lo que implicaba un deseo mayor de saciar una sed en constante aumento, hecho negativo. Las mentes se abrían, las conversaciones se animaban, hecho positivo, las opiniones se radicalizaban y las lenguas se desataban, hecho negativo. Y aquí estaba yo aleteando como una mariposa, mejor dicho como una polilla junto a una bombilla, sintiendo que en cualquier momento se me iban a quemar las alas. ¿Quién dijo que era buena la diversificación y el no querer segregar a la gente por edades o maneras de pensar? Seguro que alguien que nunca tuvo que preparar una cena de Nochebuena. Mis comensales no pegaban ni con cola y yo procuraba llevar las conversaciones hacia lugares fáciles de andar sin precipicios ni grandes desniveles. Una vez descartada pues, la política (acababan de retransmitir en directo el discurso navideño de rey, el nuestro, no Baltasar, y  tía Conchi había necesitado más de diez pañuelos por eso de la emoción), la religión (y eso que, se supone, estábamos celebrando el nacimiento de Jesús), los grandes problemas sociales (con lo del plátano ya había quedado patente que entrábamos en terreno resbaladizo), me alegró poder echar mano de los Pocholos, Cuñados y demás grandes figuras que unen a las familias; unos, porque no nos perdemos nada de sus tertulias y otros, porque tampoco (aunque sólo sea en los zappings y con qué ganas…) han llegado a ser como esos parientes que, sin estar jamás invitados, terminan colándose en todas las fiestas.

A todo eso se habían terminado las aceitunas, los ganchitos, y del mueble bar no quedaban ya más que los goznes. No sé si fue el aspecto de contenedor de reciclado que había tomado mi preciosa mesa navideña con tantos papeles arrugados, lazos, cintas y demás adhesivos de los de ”espero que te guste”, o esa tertulia de alto vuelo pero, de repente, todo aquello me pareció de lo más patético, me sentí muy, pero que muy cansada y sin ganas ya de luchar contra esa inevitable caída mía al río de aguas bravas. Aún no habíamos empezado a cenar y de las cuatro pastillas que llevaba en el pastillero no me quedaba nada; por ese motivo quizás, era como si, al igual que mis ovejitas del belén, tuviese alas, lo que me garantizaba una caída de lo más suave al río, aunque eso implicase perder de vista y para siempre, aquel invento perverso llamado espíritu navideño.

 Luego, todos los acontecimientos se precipitaron. Tía Conchi queriendo ser amable (lo alegaría días más tarde), preguntó a la hija de mi amiga recién separada que por qué no había traído a su novia.

--Es una pena porque, ahí donde nos ves, somos gente de mente muy abierta y estamos acostumbrados a cosas mucho peores que a dos lesbianas… de buena familia por cierto…

Se supone que esto último lo había añadido tía Conchi queriendo suavizar lo anterior, que hasta una vaca-burra tiene su corazoncito. Mi hermana, aún lo bastante consciente como para valorar el intenso grado de metedura de pata de mi tía, fue presa de un ataque de tos, no sé si debido a la risa o a la indignación por el comentario; para asegurarse de que su amiga de borracheras  no fuera a entrar en coma etílico antes de la buena movida que se olía, le propinó un codazo de intensidad seis que, al tiempo que le fisuraba  una costilla, le hizo estallar en plena cara el décimo aperitivo que la pobre solitaria se estaba llevando a los labios. No sé si fue la fuerza del cóctel o los trozos del cristal finísimos de mis copas, pero el hecho es que empezó a sangrar de una manera inquietante. Tía Conchi, que no pierde una sola ocasión para superarse a si misma, se quedó extrañadísima de que unos labios tan siliconados sangraran y no gelatinearan.

--Por algún lado se tendría que ver algo gelatinoso, insistía con ademán de acercarse a la pobre ex-suegra herida.

 Para mi hermana la vida es como una enorme tomadura de pelo, un gran circo, pero  para ella también existen limites; saber cuáles son esos límites es tan difícil como creer en el corazoncito de tía Conchi; sin embargo, así eran las cosas, y desde luego, no iba a consentir que aquella foca se metiera con su protegida. Cogiendo un puñado de makisushi, primer entrante del menú navideño que íbamos a degustar, mi hermana lo tiró en dirección a tía Conchi quien, antes de poder firmar el acuse de recibo, fue, a su vez, derivada por la ex-suegra solitaria. Esta última, viendo el goteo incesante de su propia sangre, había escogido ese preciso momento para desmayarse arrastrando a la vaca-burra en su caída. ¿Entonces, dónde había ido a parar aquel proyectil de fabricación nipona?... Pues, al ser también de fabricación casera (no era de los de última generación con cabeza pensante para un seguimiento infalible del objetivo) fue nuestra experta en pedo, Marta, la que pudo dar fe de lo bueno que era mi makisushi. Poniéndose histérica perdida, no paraba de berrear mientras se intentaba limpiar la cara y repetía una y otra vez que qué asco, que qué mal olía, y que si aquel invento chino que les quería hacer comer era de la época Ming. No quise discutir sobre su ignorancia que le hacía meter en el mismo saco a todos los de ojos rasgados. Además, yo volaba ya hacía un buen rato y, tan segura estaba de que en breve iba a posarme en el lecho del río de aguas bravas, que acaba de ponerme de pie en mi silla para no mojarme los pies al aterrizaje. ¡Cuantas cosas se pueden ver desde las alturas!… un montón de cosillas que, desde mi metro sesenta, habrían podido pasarme inadvertidas. Paco, con las mejillas encendidas, intentando consolar a mi amiga la recién separada; la hija lesbiana de buena familia ayudando a Marta a desprenderse de todo resto de sushi hasta de debajo de su blusa; mi hermana, intentado reanimar a su ex-suegra solitaria con un poco de anís”una gota  para ti y otra para mi”; mi tía, en el suelo, enseñándonos sus enormes posaderas de la época Ming; mi hija, la imperturbable, levantándose tranquilamente de la mesa para seguir comiendo en la cocina con menos follón y en compañía de los Simpson (los de su generación prefieren lo virtual más light a la vida misma) y por fin, mi marido, corriendo a buscar el transportín para levantar a  tía Conchi y llevarla lejos de todo aquello antes de que le diera una ataque. Empecé a cantar un villancico cuando, de repente, un grito más agudo que ningún otro nos hizo callar a todos:

-- Se está cagando, se está cagando…

Señalando al belén, tía Conchi, que había dejado de luchar contra la fuerza de la gravedad, parecía estar asistiendo al verdadero milagro de la Navidad. Si yo no había puesto ningún “cagonet”en mi belén ¿quién se estaba cagando en él? Era demasiado para un solo día y, antes de perder el conocimiento, no me dio tiempo de ver a Smoky tapar cuidadosamente con musgo y por segunda vez (Marta tenía razón, olía a pedo) sus dos o tres bombas fétidas felinas, ni a mi marido entrar con el transportín cargado con el Papá Noel de los vecinos de en frente; por fin, aquel viejo reumático había podido escaparse de aquel infierno de escalera de pega aún a riesgo de perderse para siempre en una noche con tanto vendaval.

Cuando abrí los ojos, día veinticinco de diciembre a eso de las cinco de la tarde ( unas diecisiete horas de sueño orfidal) estaba en mi cama, confortablemente acurrucada contra el enorme Papá Noel rescatado… no me pregunten que cómo había llegado hasta mis brazos ni tampoco quién, de las tres figuras principales del Misterio acompañadas de sus dos ángeles lanudos, se había cagado en mi belén. Sin embargo, sí, ahora sabía agunas cosas más: tía Conchi había sido la elegida en aquel milagro algo escatológico y de difícil interpretación; Marta había salido del armario y, efectivamente, sabía de olores; Paco y mi amiga la recién separada pronto me invitarían a su boda; se podía contar con mi hermana que, junto a su ex-suegra solitaria, sabían amenizar una velada; mi hija era una verdadera maestra zen y, tenía que reconocerlo, el transportín de mi marido había sido un auténtico acierto. Volví a cerrar los ojos y abracé un poco más fuerte al enorme Papá Noel… quizás demasiado, como todo en este relato, pero antes de que explotara, recobré por unos segundos mi recién encontrada, luego, perdida fe, en el Espíritu Navideño y su inseparable Magia.  

                                                                                      Dominique    

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Planta de descansillo

Cargado con bolsas del súper de la esquina, abrió con dificultad  el portón de su edificio que, con tanta verja de seguridad, pesaba un quintal. Estaba malhumorado ya que, como cada viernes, llegaba su mujer para pasar el fin de semana con él, lo que equivalía al reinicio de las hostilidades. Al entrar en el portal, se alegró de no tener que encontrarse con la limpiadora y aguantarle su eterna alegría. Pisó con ganas el suelo aún mojado en dirección al ascensor; en ese preciso momento, se abrió la puerta y se encontró con Pepe, amigo circunstancial suyo de toda la vida.

--¡Hombre Andrés! y, mirando las bolsas ¿quién diría que estamos en crisis? claro, tú te estarás forrando con lo de los coches de segunda mano!..

No, decididamente Andrés no estaba para bromas, y tal vez hubiese contestado una grosería a su amigo de no haber llegado Loli, una vecina de hacía muchos años; por mantener ellos la puerta abierta, había tenido que bajar andando sus 4 pisos hasta la calle. Andrés no le dijo nada, pero su amigo le rogó que les disculpara a lo que contestó con una discreta sonrisa.

--Parece mentira que sigas enfadado con ella con lo buena que está aún, comentó Pepe siguiéndola con la vista.

Pero nuestro comprador matutino no tenía ganas de más cháchara; se había metido ya en el ascensor y se despidió de su amigo con un ”hasta otra” que no admitía más prórroga. Su malhumor iba en aumento... lo achacó a lo bocazas que, a veces, podía resultar la gente y a su encuentro con Loli. Todo un misterio esa mujer que, por haber hecho dos o tres anuncios en televisión, se tomaba por una diva y se empeñaba en mirarle con un aire mitad Mata Hari mitad Madre Teresa de Calcuta. Durante años les había hecho la vida imposible a su mujer y a él con sus taconeos, sus fiestas con música y demás movidas a horas intempestivas.

--Es que la gente del espectáculo funcionamos así, le había contestado una noche en la que hartos de no poder dormir, su mujer le había instado a que subiera a quejarse

--Pues, por lo menos, cómprese zapatillas …había gruñido él, derrotado por aquella ambigua mirada.

Y, mientras iba recordando todo aquello, Andrés dio inconscientemente al 4º en vez de al 3º como hubiese sido lo lógico; muchas veces se preguntaría el por qué de aquel gesto ¿ casualidad, equivocación, destino? El caso es que cuando paró el ascensor, lo retuvo con sus bolsas y salió al descansillo. Luego, se acercó a una planta decorativa junto a la puerta del piso de Loli y, como si fuese la cosa más natural del mundo, se desabrochó  la bragueta y se meó con todas sus ganas en el tiesto. Eso mismo lo había hecho en varias ocasiones, cuando loco de rabia por no poder dormir, descubrió que esa venganza primitiva e infantil le producía un doble alivio: el de su  vejiga y el de su sentimiento de impotencia y de rabia. Pero hacía mucho que Loli no daba fiestas… los tiempos eran duros para una actriz cincuentona en paro, y él no había vuelto a cometer esa chiquillada  sobre todo ahora que, con su mujer fuera cuidando de sus nietos, pasaba la mayor parte del tiempo solo en casa;  los poco ruidos que podían llegar del piso de Loli le acompañaban en su soledad. ¿Entonces, por qué lo había vuelto a hacer?... y mientras se cerraba la bragueta comprendió que  se meaba en su propia existencia que era de lo más aburrida, igual que la vida de aquella planta de descansillo... tal vez igual que la de Loli.

Cuando se dio la vuelta vio a su vecina mirándole estupefacta... otra vez ella había tenido que prescindir del ascensor para subir los 4 pisos y no la había oído llegar. El hombre no pudo pronunciar una sola palabra, y menos aún cuando vio una lagrima resbalar por la mejilla pálida de Loli. Como un niño avergonzado y asustado bajó la mirada y murmuró un atropellado “lo siento” antes de volver a meter, de una patada, todas aquellas estúpidas bolsas en el ascensor, y desaparecer tras la puerta.

Al día siguiente Loli encontraría un ramo de flores en lugar de la planta; acompañando el ramo una nota: “No quiero ser planta de descansillo, destino obligado de lo que estorba en casa... el lunes me voy de viaje una temporada ¿quiere acompañarme? Andrés.”                                                                      Dominique

Supervivencia.

Supervivencia.

Supervivencia.

 

 

 

 

Soy un pequeño tallo

en mitad de tierra árida,

Intento brotar…

no puedo…

Mi voluntad férrea

no me deja desistir,

siento la  opresión

de mis ramas…

sufren por salir.

Liberarme de esta prisión

es mi reto…

Una gota cae…

fluyo en silencio.