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Taller Literario de Salinas

SENTIMIENTOS.

 

 

 

La niebla envuelve tu cuerpo,

cerca del cielo estás.

Quiero alcanzar tu cima.

Poco a poco te vas.

Aunque sólida y firme

inalcanzable estás.

Solo me queda mirarte

desde el triste ventanal.

Mi mente sigue tus giros,

tus cambios,

tu palpitar…

retumbando en mis oídos

el eco de tu cantar.

El goce de tocarte

de los que pueden volar.

En la distancia te observo…

eres mi punto final.

 

 Carmela.

Patio interior de una ama de casa

Sentada en la cocina

en una luz jabonosa

de día de colada,

dos montones:

sus pensamientos y ropa sucia;

entre calcetines, bragas, y toallas,

van metiéndose

alguna que otra cavilación

de amargada. 

A ritmo de rumiante

la  bestia de esmalte blanco

lo engulle todo,

lo regurgita,

y lo vuelve a masticar.

Ahora,

colgados de las cuerdas

de un patio interior,

calcetines, bragas,  toallas

y pensamientos

ondean,

avergonzados y celosos,

ante la colada

mucho más blanca

de la vecina. 

 

 

la última vez

Fue la última vez que la vi.

Con lágrimas en los ojos.

Cuando nos subimos al coche de Papa.

Yo era el mediano de tres hermanos. Tenía 12 años y ese día empecé a odiar a mi madre. Sentado en el asiento de atrás, y con la nariz contra la ventanilla, no paraba de darle vueltas a mi nueva vida. Creo que yo era el único que se daba cuenta de que nunca  volveríamos.

Iván, el mayor, iba sentado delante. Parecía no inmutarse. Tenía 15 años recién cumplidos, aunque parecía mayor que los chicos de su edad. Últimamente solo se preocupaba de las chicas y de esas visitas que, cada vez más a menudo, hacían a la casa abandonada del pueblo.

A mi lado, en el asiento de atrás, estaba mi hermano pequeño. Oscar tenía entonces 7 años. Estaba feliz . Emocionado con la idea de tener un papa. Ni se acordaba de él. Mi padre nos había dejado cuando el apenas tenía dos años. Ahora tenía un papa y un hermoso caballo, que él le había traído, como compensación a cinco años de ausencia. Estaba feliz, no le hacía falta más.

Sentado en el coche, mirando a mi padre conducir, pensaba en mis propias mentiras que, últimamente, me había dejado de creer. Aquellas en las que mi padre era siempre protagonista: un superhéroe que salvaba a la humanidad, un espía del gobierno, un forajido que debía esconderse por un crimen que nunca había cometido. Había empezado a afrontar la realidad. Más allá de los cuentos de mi madre. Más allá de su teatro. Minuciosamente tramado para justificar la ausencia. Para protegernos. Aunque para mi no era más que cobardía, para no tener que luchar, para no reconocer que todo aquello le había pasado a ella. “Ya volverá, papa volverá” Repetía. Y volvió. Volvió para llevarnos de vacaciones, y le dejo escapar, nos dejo escapar.

Y yo no entendía nada de todo aquello. “ Te vas de vacaciones con papa” decía.

Mi padre le había dicho que quería llevarnos de excursión una semana. Su contestación fue dirigirse a la habitación que compartía con mis hermanos, sacar unas mudas limpias del armario y meterlas en una maleta.

Y No contestó. No protesto. Se quedó allí, sentada en la cama. Haciendo las maletas. Callada. Como si fuera lo único que pudiera hacer. Ceder. No me valieron sus lagrimas desde la puerta cuando se despidió al día siguiente. Igual que nunca me valieron sus mentiras. Y ahora mirando por la ventanilla no puedo evitar sonreírme cuando pienso en lo estúpidos que nos volvemos cuando nos hacemos mayores. Como olvidamos que cuando somos niños, también sentimos tristeza, abandono, desidia, que también entendemos las cosas, la realidad. Mi madre no era feliz porque me creyera sus historias. Yo me creía sus historias para que ella fuera feliz. Y ni se daba cuenta.

No lucho.  Y la odio por eso. Por que eligió seguir creyéndose su mentira y contar a las vecinas  “Volverán, los niños volverán”.

Han pasado ya cuatro años. El viaje de ida duró apenas cinco horas y no tengo prisa porque llegue el viaje de vuelta. Porque me dejó marchar. Porque la odio.

Porque nunca se dio cuenta de cuanto la quise. De cuanto la odié.

Pepa

Oda a la lavadora

A la insignificante lavadora

invento mayúsculo

que me relaja el músculo

en una sociedad de consumo

en la que todo se evapora como humo

 

A la fiel lavadora

que colocada en una esquina

nunca me mira mohína

y con su presencia inalterable

alegra mi vida laborable

 

A la laboriosa lavadora

que siempre dispuesta a trabajar

en el lavado es un instrumento sin par

utilizando cabalmente

cualquier clase de detergente

 

A la modesta lavadora

que lava mis calcetines

y por ello no sale en los pasquines

que lava mis camisetas

y no le dedican operetas

que lava mis pantalones

y no le cuelgan galones

 

A la amorosa lavadora

que en su regazo uterino

da cobijo a mis prendas de lino

y suaviza mis trapos de lana

con esmero y con gana

 

A la infatigable lavadora

que danza y danza

con todo lo que le cabe en la panza

y en el suelo se menea

como un gallo de pelea

 

A la humilde lavadora

que durante años y años

blanqueará mis paños

y será cruel final el suyo

pues valiendo para cualquier chanchullo

así irá a la chatarrería

sin alharacas ni romerías.

magia.

magia.

MAGIA

 

Como si fuese magia,

apretando un botón,     

aparecen en la casa

gente de todo color.

Conoces países…

visitas museos…

Te adentras en un mundo

de guerra y terror,

viendo la injusticia,

también el amor.

Te ríes a veces,

lloras un montón.

Sentimientos dispares

en tu corazón.

 

 

 

 

 

 

Carmela.

 

Sin entendimiento (Modificado)

A veces eres como un caparazón,

otras como un libro abierto.

Ríes y llora.

A veces compartes el sentimiento,

otras te refugias sin razonamiento.

Hablas y callas.

No te enentienden,

a las personas las agotas,

si leen tu mente,

te comprenderán,

pues t digo la verdad,

pero de continuo te sometes,

sin palabras,

sin rencor.

Dificil es tu tiempo.

Si entiendes mi mente,

entenderás mi lamento.

Suerte del amor que yo tengo.

Por: A. M. de Diego

Sin entendimiento (Original)

A veces eres como un caparazón,

otras como un libro abierto.

Ries y lloras.

A veces compartes el sentimiento,

otras te refugias  sin razonamiento.

Hablas y callas.

No entiendes el comportamiento,

a las demás personas cansas de agotamiento,

si leen tu pensamiento,

comprenderán tu comportamiento.

Pues yo no miento,

pero te somees en todo momento.

Sin argumento,

sin remordimiento.

Dificil es tu momento.

Si entiendes mi mente, entenderás mi lamento,

suerte del amor en este mi cimiento.

Por: A. M. de Diego

Microhondas

Microhondas, microhondas.

Tu, que calientas el café por la mañana.

Tu, que calientas la comida por la tarde.

Tú, que calientas la cena por la noche.

Donde calentamos los macarrones.

Donde el queso se va fundiendo.

Donde las palomitas tocan su sinfonía.

Pop, pop, pop.

El calor que desprendes.

El olor que desprende la comida.

El aroma que entra acariciando tu nariz.

Abrir, programar, cerrar y encender.

Clin! suena en el oido.

Y ya está listo.

Abrir, coger, cerrar y comer.

Mmmm, que bien huele.

Mmmm, que bien sabe.

Microhondas, microhondas.

Por: A. M. de Diego

Juego macabro (poema)

1, 2, 3…

--Una  ayuda por favor.

Cuatro palabras como globos humillados

 en el aire gélido de una mañana esquinera.

1, 2, 3…

 --Una ayuda por favor.

Tu súplica, simple cantinela diluyéndose

en el aire cálido de una mañana consternada.

1, 2 ,3…

--Una ayuda por favor.

Salmodia de mañanas a la deriva,

vidas vacías,

caídas en picado,

callejones sin salida.

1, 2 ,3…

--Una ayuda por favor.

Tu vida entera en el humo de mi cigarrillo,

esfumándose.

1, 2, 3…

Nada.

Nadie.

Son las 11 de no recuerdo

qué mañana mutilada,

muda.                         Dominique

Juego macabro (relato)

Al oír el eco de su propia voz en aquella esquina:

--Una ayuda por favor, se sobresaltó.

Sin embargo, después de haber repetido la frase una y otra vez, tuvo la extraña sensación que aquellas cuatro palabras que tanto le había costado pronunciar al principio, iban perdiendo consistencia a fuerza de ser dichas, como un globo desinflándose, hasta quedar en nada. Cada tres segundos  siguió pues salmodiando su petición de ayuda; ya no le costaba hacerlo, era una frase hueca, absurda, que no pesaba más que el silencio. Vaciar las palabras de su contenido… eso había conseguido y, aunque resultara ser un juego peligroso, decidió intentar hacer lo mismo con su entorno incluyendo a  cosas y gente. La técnica era algo diferente; ya no se trataba de repetir nada, sólo de observar, observar las cosas y a los demás  fuera del contexto que los justifica y los salva de lo absurdo. Aquella esquina con tanto tránsito de gente corriendo de acá para allá, como huyendo de no se sabía qué espanto,  era el sitio idóneo para tal propósito, asi es que no tardó en logarlo y eso, sin dejar de lanzar al aire, cada tres segundos, su monótono canto:

--Una ayuda por favor.

 Entre tanto la primavera había llegado en la esquina y, aunque nada hubiera cambiando ni en la vestimenta, ni en la rutina del indigente, ya nada iba a ser igual: estaba listo para la gran final, para jugar con su propia vida, vaciándola de lo poco que aún la salvaba de lo absurdo. Y a la primera lo consiguió. La esquina quedó muda y vacía.

 

Aquella misma mañana de esquina muda y vacía, nadie pareció echar de menos al pedigüeño, salvo tal vez una de las vendedoras de la tienda más próxima que, como cada día a eso de las 11, salió a fumar a la calle… tenía comprobado que mientras ella lanzaba al aire sus veinte bocanadas de  humo de cigarrillo, el hombre lanzaba sus cuarentas súplicas. Al reincorporarse al trabajo preguntó por él a su compañera:

--Por cierto ¿sabes algo de aquel hombre que se pasaba horas y horas en la esquina pidiendo?... es extraño, me ha parecido oír su cantinela pero no le veo por ningún lado.

--Se habrá esfumado, contestó la compañera.

 Y sin más, las dos reemprendieron su trabajo.                Dominique

Un suceso cualquiera

Eran las doce treinta de la mañana y en el supermercado “El Arcoiris” la música ambiental se detuvo un momento para anunciar las ofertas de la sección de charcutería: “Señores clientes les anunciamos que comprando un cuarto de kilo de jamón Campofrío les regalaremos una botella de aceite de oliva virgen extra marca el Rocío”.

         Los numerosos clientes a esta hora del día se movían por las diferentes secciones portando enormes carros unos y otros cestas-carritos que a veces ante lo reducido de los pasillos y las prisas chocaban unos con otros,  lo que provocaba  pequeños altercados y conatos de violencia contenida entre los conductores de dichos carros y cestas-carrito.

         En la zona de las cajas sólo dos permanecían abiertas. Al frente de cada una de ellas había dos cajeras, ambas por sus rasgos faciales y su forma de hablar de nacionalidad no española, pudiendo ser posiblemente sudamericanas.

         La cola comenzaba ya a hacerse numerosa en cada una de las cajas cuando  hizo su aparición el encargado del supermercado. Este hizo una seña a una de las cajeras y ella levantándose de la caja siguió al encargado ante los murmullos de desaprobación de los que esperaban que pasaron a engrosar la fila de la cola de al lado.

         Mientras, la única cajera que en este momento quedaba despachando a los clientes continuó su trabajo hasta que sonó su teléfono móvil. Entonces se detuvo y contestó:

Ah, ¡Hola amorsito! ¿Cómo estás? ¿Te levantas ahora? ¿Cómo dormiste mi amor?

¿Qué como se hace el  marmitako de bonito?. Pues corasón ahora mismo te lo explico…

Y se puso a explicarle minuciosamente y con todo lujo de detalles la elaboración de la receta al interlocutor del otro lado del teléfono ante el pasmo de los que aguardaban en la cola.

Entre los que esperaban la paciencia comenzaba a agotarse y los comentarios iban subiendo de tono y de volumen.

Señorita por favor deje eso para más tarde –dijo un señor de mediana edad y poblado bigote que en ese momento era el siguiente al que correspondía ser despachado-

¡Anda tía corta el rollo y venga ya! –gritó la adolescente con cazadora de cuero negro cubierta de imperdibles de diferentes colores y tamaños, y con dos piercing en la nariz, uno en el labio superior y otro en la punta de la lengua-

¡Vaya morro la chorva y encima sudaca! –mosqueado un obrero de la construcción vestido con mono blanco manchado de yeso y que llevaba en la mano un bollo de pan, una lata de cerveza y un paquete de la charcutería para hacerse el bocadillo del mediodía- 

¡Eso, tiene razón, encima sudaca! Estas son las que vienen aquí para quitarnos los maridos, que ya lo dice mi prima, que le pasó a una vecina suya, que la dejó el marido después de veinte años de matrimonio y con tres hijos para liarse con una pendeja de esas – le da la razón toda ofendida una señora cincuentona y molletuda que se encuentra detrás del obrero de la construcción-

Bueno, yo creo que eso no tiene nada que ver. Lo que hay es mala educación y poca responsabilidad en su trabajo –contesta comprensivo el chico progre y bienintencionado de barba rala, coleta y un pendiente en la oreja- 

En un avión los metía yo a todos y los devolvía a su país. ¡Vagos que son todos unos vagos y maleantes! ¡Que otra cosa que robar y vivir de los españoles honrados no hacen! –protestando en un tono de voz alto el señor calvo con gafas de montura negra, traje cuidadosamente planchado y corbata de rayas-

¡Pero que poca vergüenza!, esto en nuestros tiempos no pasaba. ¿Tenernos aquí esperando mientras ella habla por teléfono? ¡Lo nunca visto! ¿Y si llamamos a la Guardia Civil? Nosotros a nuestra edad ya no aguantamos mucho de pie. Y luego está el problema de la incontinencia, que como tarde mucho más no sé si me lo haré encima –se queja una anciana de pelo blanco apoyada en un bastón a su marido también octogenario que mantiene el equilibrio sujetándose con dos muletas.

¡Encargado! ¡Encargado! –grita alguien de la interminable cola-

Pero el encargado que en ese momento se encuentra en el cuartucho que hace las veces de oficina y tiene sus manos ocupadas en desabrochar el sujetador de la otra cajera y su cabeza pensando en lo que vendrá a continuación no oye los gritos.

De repente de la cola sale una lata de tomate disparada hacia la cabeza de la cajera. Acierta plenamente en su objetivo y Helga que así se llama la chica, cae inconsciente con la cabeza ensangrentada encima de la silla giratoria que hay enfrente de la caja registradora.

Nunca sabremos si el disparo de la lata de tomate fue el detonante de lo que sucedió a continuación o bien pasó por que todo está ya escrito y la sucesión de los hechos que tuvieron lugar tenían que ser así.

Ante la visión de la sangre la adolescente de los piercing en el labio y en la nariz coge uno de los imperdibles de su cazadora y dirigiéndose a la cajera le pincha el globo ocular. El obrero de la construcción saca la navaja que utiliza para prepararse el bocadillo y se lo clava repetidas veces en el estomago, en el abdomen, en el pecho, en el cuello y así seguiría sino fuera porque la señora cincuentona y molletuda lo aparta de un empujón para darle varios sartenazos a la cajera con la sartén que lleva en su cesta-carrito. El señor trajeado le propina con saña varias patadas cuando ya Helga debido a los sartenazos se encuentra tirada en el suelo y la pareja de ancianos no desaprovechan la ocasión para destrozarle la cabeza a bastonazos y muletazos.

Y todos los que estaban en la cola de una forma o de otra cuando pasaban al lado de lo que quedaba de la cajera se vengaron del tiempo que les hizo perder con patadas, puñetazos, golpes con objetos contundentes, pisotones que quebraban los huesos…, hasta el chico progre cuando llegó a su lado le escupió porque pensó que se lo tenía merecido.

El encargado que en este último momento seguía en el cuartucho de la oficina ya en posición coital mezcló en su cabeza el griterío que venía de la sección de las cajas registradoras con los gemidos de la cajera y los suyos propios.

Cuando terminaron y mientras se vestían les extrañó aquel silencio sólo roto por el murmullo de la música ambiental.

Al llegar a la sección de las cajas pudieron ver que de Helga la cajera sólo quedaba un amasijo de sangre, huesos y piel y a su lado un teléfono móvil del que salía una voz masculina que repetía:

Pero amorsito ¿dónde estás?-

Linda mía, al refrito ¿qué le añado? ¿ajo o cebolla?-

¿Estás ahí? Cielito, pero ¿me estás oyendo?-   

 

Mercedes

En la cola

¡Vaya!... ¿por qué será que en cuanto te decides por una cola se empieza a mover la otra más rápido?  bueno, en realidad no tengo prisa… a ver si lo tengo todo… dos litros de aceite, un gel de baño, el que huele tan bien a vainilla y… buf… pues aquí no huele precisamente a vainilla… será este de delante que tendrá alergia al agua… me apartaré un poco no sea que la de detrás se crea que soy yo la del sobaco… por cierto, tengo que pedir hora para depilación ¡anda! pero si es Pura la de detrás … pues no, no me quiere saludar, se hace la despistada… mejor, pero que no se pase dándome con el carrito en toda las pantorrillas, que entonces sí que me va a oír le guste o no… menos mal que no tengo varices… mi madre tampoco las tiene… ¡lo que son los genes!… ¡ayyy…  se me olvidaron las naranjas para mi madre!... imposible dejar la cola con todos los que tengo ya detrás… ¿pero de dónde saldrá toda esta gente?… como borregos, todos a la misma hora… pues que tome kiwis o ciruelas, que van igual de bien que las naranjas… estoy harta de tener que ocuparme de todo… “naranjas cada vez que te levantas”… mira que escribe bien ese Julio… pero debe de ser un estreñido... ¡vaya! no recuerdo su apellido... Julio... Julio... ¡qué rabia!... pero si hasta recuerdo uno de sus versos… a ver, a ver…"tu piel es sol naranja, tierra húmeda…” y no soy capaz de... esto no avanza… uno, dos, tres, tres delante de mí, pero a este paso me van a dar las uvas… pues a este de delante sí que le deben de gustar las uvas, pero fermentadas… el agua ni para la ducha , ni para beber… cuatro litros de vino peleón, güisqui, ron , cinco botellas de coca cola… lo que se dice comida, comida, no lleva nada y tiene el carro lleno… y se quejará de la crisis… la gente se gasta el dinero en chorradas que es increíble… a ver qué pasa ahora… ¿qué dice aquella pesada?

--Sí, la tengo pero…

Claro ¿cómo va a poder encontrar la tarjeta de descuento en un billetero que parece una morcilla a punto de reventar?… con  fotos de toda su familia… vaya ganas, sobre todo con lo feas que son las fotos de carné… a todos se nos pone cara  patibularia… tengo que hacerme unas para renovar el pasaporte… huuuum… ¡Méjico!… total, sólo faltan dos meses… suponiendo que consiga salir a tiempo de esta cola…  vaya cara de mala leche que tiene la cajera… bueno, la verdad  es que su cara no tiene remedio… que no se me olvide pasar a la farmacia a por una crema  de protección solar que me parece que esta tarde habrá playa… para la foto tendré que maquillarme un poco… ¡ala! ya está Pura dándome en las pantorrillas… se está emocionando hablando de no sé qué con la de detrás… a ver si pilló algo… nada… no sé yo si lo de ir a la playa esta tarde… además, sin estar depilada… mejor me quedo en casa y adelanto trabajo para el lunes… ¡vaya semanita de trabajo que tuvimos!... ¡Dios! qué sueño tengo... con este cambio de hora que seguro no sirve para nada… si al final me debí de acostar a las 6… pero mereció la pena… ya lo creo… estuvo genial... ¡anda! ¿ya está fuera aquel tío?... pero si iba a la misma altura que yo en la cola de al lado... y ya está fuera... no, si ya lo sabía yo que siempre me toca la fila de los tontos...  inspirar, espirar... ahora que, vamos despacio, ahora que, vamos despacio, vamos a contar mentiras tralala...

Bueno, ya parece que falta menos… la señora mayor del abrigo de visón… ¡vaya calor que me está entrando sólo con verla! será por la edad… frío sepulcral… luego el maloliente y luego voy yo… ahí va Lola con su hija… qué cambiada está… hacía un siglo que no la veía y no se puede decir que el invierno le haya sentado muy bien… debe de tener mi edad más o menos, pero la verdad parece mi madre… tiene una chaqueta muy mona… ¿qué tal resultaría este color para mi habitación?... a ver ese pintor cuando se acuerda de mandarme el presupuesto… menudas sortijonas que se trae la del visón… le deben  de pesar un montón y encima tiene un principio de parkinson… como Rosa… pobre Rosa, tendré que llamarla… ¿ a ver cuanto tarda en recuperar su cambio?… no te digo,  podía habérselo dado en la mano… ¿cuántos visones se habrá necesitado? ¡qué pena!…  ¿qué pasa ahora?

--Creo que se ha equivocado… me ha cobrado 1,30 euro la lata y en el papel de la oferta ponía  1,10 euro…

Será posible la vieja pelleja esta… “se ha equivocado, me ha cobrado”… y de Madrid tenía que ser… parece más muerta que viva y mírala como se entera hasta de los céntimos… ¡Dios mío, qué pesadez!… y el tío de delante que no se inmuta… debe de ir fumado o no me lo explico… vaya, parece que se está nublando… si al final, la del visón no estaba tan equivocada… ¡mierda de clima!

--Sí, un sorteo para un viaje a Canarias... aquí tiene que rascar.

No, no quiere rascar... lógico, con visón no se puede ir a Canarias... una hora menos en Canarias... ¡qué suerte! sin embargo con este tembleque lo de rascar lo tendría fácil... no, esto no estuvo bien... anda, déjate de sorteo y deja paso al alérgico que se nos duerme... no, él tampoco quiere tu cartoncillo, se ve que nadie tiene ganas de rascar hoy... el cartoncillo al suelo... ¡ah!... lo recoge... mira, es ordenado el hombre, un poco guarrete pero ordenado… todas las botellas bien en fila, el código de barras bien a la vista… le tendrían que dar un premio y  poner su foto en la entrada de la tienda como en media mark… el cliente del mes…  de todas formas podría rascarse los sobacos de vez en cuando porque con tanto movimiento de brazos.... apuesto a que no saca billetero de morcilla… acerté: visa, carné, una firmita y…

--Anda, si eres tú… no te había reconocido.

--Y yo a ti tampoco… ¿pasando unos días con la familia?

--No, solo y definitivo… renovarse o morir. Por cierto, para celebrarlo organizo una fiesta en casa… estás invitada.

Me aturullo,  se me revienta el kilo de azúcar que iba a poner en la cinta y no consigo encontrar mi monedero con tanto bolso. Todos protestan detrás,  Pura la primera.

No me molestaré en contestar, que les den a todos…

Salgo disparada… una vez duchado podría ser que…

--¡He!... vale ¿A dónde y a qué hora la fiesta?                                 Dominique

  

El faro

Como el hombre, solo,

desterrado

en el acantilado,

Cilindro blanco

en el horizonte gris

Como el hombre, solo,

indefenso

en el océano líquido,

Soledad de gaviotas

en los islotes rocosos

Como el hombre, solo,

perdido

en la niebla opaca,

Rodeándolo

el mar, la mar

amante hermafrodita

Como el hombre, solo,

desamparado

en la tormenta metálica,

Gritan

olas viajeras

de espuma blanca

Como el hombre, solo,

angustiado

con el eco acerado del viento,

Pájaros nómadas

de alas negras

y picos afilados

lo rozan

Como el hombre, solo

en su existencia…

 

Mercedes

EL ESPEJO.

 

 

 

Me busco a veces en el espejo

y me encuentro revuelto,

al revés.

Veo esos ojos

que son (y yo quiero que sea así)

dos enormes pozos hacia mí

interior.

Las cejas, a la expectativa,

aguardan gachas

guardando el gesto.

Ahora veo que hay un mundo

en el cristal

que nosotros no vemos,

y que nos abre una puerta en

el espejo.

También veo y pienso

que si todo está ahí cambiado,

en viceversa,

quizá tú y yo estemos juntos,

en el espejo.

 

 

 

 

 

Nel.

Razón de amar

Razón de amar

querer poder

tiembla el velo de la noche

su apasionada e infinita desazón

ruge en su delirio interno

y se quiebran las marañas del averno

la bestia dormita su ensueño

cuando la llama se apaga quedamente

poder querer

razón de amar.

                                Encarna

Montaña Prohibida (según el poema de J. Marta Sosa)

 

Montaña prohibida

 

Todo lo apetecible, lo interesante de este mundo está en alto.

Érase una niña que se llamaba Verónica. Con menos de cinco años Vero ya sabía aquella gran verdad y, en cuanto podía, se subía a un taburete para alcanzar la caja de bombones que su madre tenía a salvo detrás de una vajilla sin estrenar,  o las revistas esas raras de chicas sin ropa que tanto parecía gustarle a su hermano mayorle encantaba hacerle rabiar.

Vero creció y su afán por llegar a lo inalcanzable creció con ella. Un día al volver del colegio se encontró con una I. A Vero las I  no le caían muy bien con aquel ridículo tocado pero, bien mirado, subida en una I algo más  podría vislumbrar… asi es que trepó por la letra que empezó entonces a lanzar agudos “ies” de queja; sintiendo las miradas de reproche de la gente que pasaba por ahí Vero decidió llevarse la quejica a casa, guardarla en una caja de hojalata donde almacenaba otros tesoros, e intentarlo de nuevo más adelante.

De la O que se encontró al poco, mejor no hablar… como un  perro queriendo atraparse el rabo Vero dio vueltas y vueltas subida en la O hasta que, agotada y algo avergonzada, lo dejo por imposible.

Unos años más tardes volviendo del instituto, se encontró con una N junto a una MA Vero le encantaba esas dos letras cuando, despojadas de sus trajes almidonados de los domingos, se volvían entonces tan mullidas como nubes y divertidas como  montañas rusas; decidió montarse a lomo de esas dos juguetonas casi gemelas, y se lo estuvo pasando en grande hasta  que, de tanto subir y bajar, mareada, se vio obligada a dejar aquel mágico tobogán; junto a las demás, las dos letras fueron a parar a la caja de hojalata

Luego llegaron años de mucho ajetreo para Vero; si bien tropezó con la R que cierra amor , la  T que abre  tentación, la dulce Lde libar o la amarga de lamentar otra I, la de imprudencia esta vez,  dos D,  la de deseo y  la de dar,  y dos A, las dos de acumular,  no tuvo realmente tiempo para hacerles mucho caso y, sin más miramiento, las dejo todas olvidadas en la famosa caja.

 

Muchos años más tardes Vero supo que era hora de poner algo de orden en sus recuerdos; encontró entonces  la caja  de hojalata, la abrió, y la volcó sobre su cama. Entre muchas otras cosas ( piedrecitas de colores, lazos, papelitos doblados sobre secretos) las letras  lanzadas al azar sobre la cama fueron a parar en la almohada de Vero en el orden exacto que da la palabra: INMORTALIDAD. Asombrada de haber conseguido lo inalcanzable Vero acaricio la inmortalidad  con una mano temblorosa. Estaba emocionada pero no feliz como hubiera sido de esperar y, además, estaba asustada; Vero era mayor, estaba cansada y muy sola en un mundo que ya no era el suyo… aquella inmortalidad que se le ofrecía le llegaba tarde, como una terrible condena

 

-- Cadena perpetua, murmuró.

Pero, en aquel preciso instante irrumpió su nieta, sin llamar a la puerta, como siempre lo hacía.

--¿Abuela que haces? te estaba buscando…. uaaah…¡que bonitas letras! …yo también tengo dos en una caja pero tu tienes muchas … mira, hasta las tienes “repes” …y sin más, se llevó las dos primeras  dejando a Vero de nuevo a solas con su MORTALIDAD… ¿y ahora qué? pensó Vero.    Dominique 

 

Respuestas.

Respuestas.

Respuestas.

 

Sobre tu tumba

mis ojos se secaron ,

Intentando descubrir

el misterio del más allá.

Una señal… un pequeño soplo.

Para sumergirme en el pozo

donde el alma esconde

pensamientos… deseos…

en el silencio,

gime el viento

emulando gemidos ausentes

de almas errantes,

que no encuentran asilo.

Me integro en el coro

de esos susurros

que aúllan buscando respuestas.

 

 

 

Carmela.

 

Ruinas

Ruinas

 

De lo nuestro no quedó más

que un mosaico de paredes desconchadas,

jirones de piel marchita,

puertas ciegas,

grietas como

arterias de infarto,

enormes lagartos de sangre fría

en busca de otros soles.

 

El tiempo se impacienta;

lo sabe: siguen aleteando mariposas

en aquel tejido dañado,

y sus manecillas de torpe costurera

clavan sus agujas en heridas

que no consigue cerrar.

 

No desesperes;

el gigante se derrumbará,

el mosaíco se apagará.

Escombros.

Polvo.

Oscuridad.                    Dominique

Monopoly

 

Monopoly 

Atrapado en un no man’s land

espero a que ocurra algo.

El teléfono mudo.

Lluvia de aburrimiento.

Tarde de guiñapos.

Gotas y lagrimas

zigzaguean en paralelo

en su caminar de borrachos.

 

--Me quedo con tus tres casas

de la calle Serrano.

Y añades:

--¡Estás acabado! 

Apesta tu aliento a día festivo.

Me levanto.

¡Dios mió!... odio los juegos de mesa,

tanto como las tardes de domingo.                   Dominique

 

Jacinto y el espejo

El nacimiento de Jacinto supuso una decepción para su madre y un estorbo para su padre. Cuando a su madre le enseñaron al niño después de un parto largo y doloroso y vio lo que éste tenía entre las piernas su único comentario fue:

-“¿y para esto me he tirado yo doce horas con dolores?”, prorrumpiendo a continuación en un llanto agudo y colérico ante el espanto y la perplejidad de los allí presentes.

   La relación sentimental de sus progenitores nunca había sido muy sólida en el plano afectivo así que tras el nacimiento del niño su padre, un marinero pendenciero y tosco, harto de los lloros de la criatura y de los llantos de la madre hizo las maletas y se marchó.

Su madre unió así a la decepción sufrida por el nacimiento de un hijo varón la depresión por el abandono del padre del niño.

A partir de ese momento como medida terapéutica y para hacer su vida más llevadera decidió tratar a su hijo como si fuera una  niña y el primer paso a tan tierna edad fue vestirlo de rosa.

A medida que Jacinto fue creciendo, bien fuera porque su madre se empeñara en cambiarle el sexo, o porque sus hormonas se habían  alterado por el deseo tan ferviente de su progenitora mientras lo tenía en su vientre de que naciera una niña, que se convirtió en un ser sensible, tierno y con cierta tendencia al afeminamiento, a lo que se sumaba un físico delicado y grácil.

Jacinto se crió en las estrechas callejuelas del puerto, calles sombrías donde apenas entraba el sol, con ropa tendida que colgaba de los tendales colocados en todas las ventanas y que las hacían aún más oscuras. Creció entre los  gritos de las pescaderas, las borracheras de los marineros y el olor a pescado podrido que parecía impregnarlo todo. Le gustaba jugar con las niñas, vestir y desvestir a las muñecas, disfrazarse de hada y de princesa. Odiaba por brutos los juegos de los niños y su forma de comportarse que le parecía grosera y zafia.

Por todo ello y ya desde muy pronto fue siempre objeto de burlas y puyas que cuestionaban su dudosa identidad sexual.

 Cuando llegó a la adolescencia seguía prefiriendo las compañías femeninas pero llegó un momento en que éstas deseosas de establecer relaciones con el sexo masculino vieron que la presencia de Jacinto suponía un impedimento por lo que de una manera sutil pero firme decidieron prescindir de su amistad.

Y así comenzó el periodo más triste de la vida de Jacinto. No sólo era objeto de burlas e insultos sino que ahora estaba solo y comprobó que la soledad era terriblemente triste y desoladora.

Aquel verano de sus dieciséis años se lo pasó vagando por la casa, de habitación en habitación con la sola presencia de su madre, que ya medio loca lo llamaba siempre Jacinta.

Una tarde, de puro aburrimiento y porque ya no sabía en que emplear el tiempo se acordó de la época en que siendo niño se disfrazaba con ropas femeninas. Corrió al armario de su madre, rebuscó y encontró un vaporoso vestido de fiesta, un chal y unas sandalias de tacón. Una vez vestido se colocó delante del espejo y se sintió emocionado con lo que vio. Le pareció que era hermoso, que era bello y se sintió a gusto consigo mismo. Luego comenzó a balancearse suavemente mientras la ligera tela del vestido rozaba sus piernas.

Otro día le cogió las mallas de ballet a una prima suya y colocándose de nuevo delante del espejo vestido con las mallas, las sandalias de tacón y unas plumas en la cabeza bailó como a él le parecía que hacían las bailarinas de las revistas musicales que veía en la televisión.

Y así fueron pasando los días de aquel verano hasta que  una tarde cuando comenzaba a oscurecer y Jacinto volvía a casa por una de aquellas callejuelas oscuras oyó que le decían:

-¡maricón, sarasa, ven, no corras que te vamos a dar tu merecido¡ que lo estás pidiendo a gritos¡ 

Ya estaba acostumbrado a los insultos, pero esta vez le pareció  que era diferente y mientras corría notó como un sudor frío recorría su espalda. De repente unas manos lo inmovilizaron, para luego tirarlo boca abajo en el suelo aplastando su cara contra el asfalto húmedo y maloliente de orines. Le bajaron los pantalones y pudo sentir a pesar de su aturdimiento como lo violaban varias veces. Cuando terminaron lo molieron a palos, dejándolo allí tirado, dolorido y ensangrentado, más muerto que vivo.

De las secuelas físicas de aquel episodio tardó meses en recuperarse, pero de las psíquicas supo que si se quedaba allí nunca se recuperaría.

Los años pasaron y una noche en uno de aquellos tugurios mugrientos del puerto, refugio de putas viejas y marineros borrachos una voz ronca preguntó:

-¿Pero ese que está hablando en la televisión no es el Jacinto?

    Todas las miradas se dirigieron hacia la pantalla y si,  allí estaba Jacinto.

    Jacinto, siempre delicado y tierno, ya adulto. Ahora era un personaje famoso al que le hacían una entrevista y allí estaba contando su vida, toda, sin obviar nada, su infancia de niño-niña en una ciudad portuaria, su naturaleza sexual equivocada, su adolescencia solitaria, los motivos que le llevaron a marcharse, sus duros comienzos como artista….

      Cuando terminó de hablar Jacinto, el hombre que lo entrevistaba   dijo que a continuación verían la actuación de Cinthya como primera vedette en la revista musical del cabaret más importante de París.

     Y salió al escenario Jacinto-Cinthya, rodeado de bailarines, embutido en un escueto corsé de lentejuelas doradas, con un aparatoso tocado de plumas en la cabeza y calzado con unas sandalias de tacones vertiginosos. Un Jacinto-Cinthya escultural, de piernas largas y pechos enhiestos y puntiagudos. Jacinto-Cinthya bailando y cantando para el selecto y exigente público parisino pero siempre viendo su imagen reflejada en aquel espejo  que le mostró su verdadera identidad.

Mercedes