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Taller Literario de Salinas

SEMEYA

SEMEYA

 

Pídobos perdón ante to, por leevos estes cuatro lletres n`asturianu ( que non na llingua de l`Academia) pero ye que suéname armonioso y musical, algo consustancial co`l sentir de la mio tierra

 

Nun se si vos pasó a vós, pero yo tuve que agüeyar  mas de un par de vegaes nel`espexo y`ainda asina, cuéstame facer una semeya de cómo me veo.

Paezme que los 63 años vivios fain meya n`un, pero dispues de too nun me pueu quexar, aunque tanga una rodiella fecha una calamidá; pero`n xeneral alcuéntrome a gusto con migo mesmo sin fijame demasiao si yera bien parecio; paizme mas bien, que simpre fui un poco xostru y solo agora de vieyo agueyo algo mas, si los calzones axunten co la camisa o co`l xarsei, pero mas por nun oyir monsergues que por presumir en sina mesmu.

Pariome mi ma´n casa y siéntome astur mas que asturiano, aunque nun se si lo primero tien algo que ver co lo segundo, la cosa ye que sentime siempre murnio cuando tando per castiella, chaba de menos l`orpin, o l´holor de la salitre cuando toi lonxe la mar nuesa.

Soi apasionau hasta llegar al fondo y estrovertiu; nun y doi muncha importancia al que dirán; falo mas qu`escucho y dellas vegaes creo na xente, anque llueu salga trasquilau

No sabía nada y creía

 …no me llamas, nunca vienes, no me escribes…

 

Siempre la misma cantinela ¡qué hartazgo! Sólo quería, necesitaba seguir mi camino.

Lo nuestro había terminado…

…pero el tiempo de los milagros crueles aún no había terminado.

Un día, de repente, se esfumó.

Desde entonces no he dejado de mandar mensajes que nunca contesta.

¿Qué puedo decir?

…no me llamas, nunca vienes, no me escribes…

 

Lavox

Mozart.

Mozart.

 

 

 

Hacía mucho tiempo que mis labios se habían convertido en una línea recta sin expresión. Desde aquel momento en que la razón, dejó paso  a la desesperanza, al igual que un barco navega sin rumbo, mi vida se tornó tortuosa y delirante.

. En mi cuerpo aun pueden apreciarse las secuelas del “amor”.

Un amor violento y torturador, donde las palabras no tenían cabida, pero si los insultos, las humillaciones, la ausencia de calor… La tormenta no cesaba y mis fuerzas mermaban día a día.

¿Dónde encontrare el camino sereno? Mi pregunta obtuvo respuesta en un pequeño resquicio de mi mente. La noche se presentaba tranquila.  En el dormitorio, el gigante dormía placidamente sin sospechar que sería la última. Todo fue rápido y seguro. Nadie nunca sospechó que mi beso contenía el final de su vida.

Aquella voz… Pablo me estaba esperando y  las suaves notas de Mozart, también. Por primera vez, en mis labios brotó una sonrisa.

 

 

 

Bordex.

Pero... ¿aún no se murió?

No sabía nada, y me empeñaba en creer que el tiempo de los milagros crueles aún no había terminado.  Era un presentimiento que luego como pude comprobar se hizo realidad. A medida que me acercaba al hospital ese presentimiento de que seguía vivo se hacía cada vez más acusado. Era como si su voz metida en mi cerebro fuera diciéndome: “estoy vivo”, “todavía estoy vivo”, “tendrás que seguir aguantándome”…

                Tras media hora esperando en la sala el doctor me lo comunicó:

                 “Señora está usted de enhorabuena. Podemos decir que ha sido casi un milagro. A pesar de las lesiones que su marido ha sufrido en el cerebro sigue…

                No pude dejarle terminar. La ansiedad y el desasosiego me consumían. Y sin pensarlo ni medir el alcance de mis palabras le pregunté:

                Pero… ¿aún no se murió?

                A lo que el doctor, un tanto confundido por mi pregunta y no sin cierta ironía respondió:

                Pues no señora, lamento comunicarle que aún no se murió. De todas formas debemos esperar unas horas para confirmar si se muere o no se muere.

                Abatida me senté en la silla de la salita. No podía creérmelo. ¿Un milagro? ¡Pues vaya un milagro! Cuando le volvió a dar el ataque ayer por la noche, pensé que ya sería la definitiva. ¡Pero no! ¡Ale! ¡A seguir peleando con un pelele medio muerto! No, ahora será peor porque esta vez me llevaré a casa un muerto vivo o un vivo muerto, no sé exactamente como definirlo. Ocho años peleando con él. Dándole de comer, de beber, limpiándole las babas, las cacas y los meados… y esa mano que tenía un poco viva intentando cogerme y yo, apartándome y cuando nadie me veía poniendo cara de asco.

                Y aquí estoy deshojando la margarita, se muere, no se muere… se muere, no se muere… A veces, cuando la gente me pregunta no puedo remediarlo y contesto lo primero que se me viene a la cabeza, como ahora con el médico. Hará como un mes que me encontré a Rita por la calle y va y me dice que Antonio, el hermano de su marido, se murió de repente. Yo sin más voy y le contesto:

                ¡Pues mira tú que desgracia con lo bien que estaba Antonio! Y éste (por mi marido) ¡ya ves!, ¡hecho una calamidad y aquí aguantando!

                 No hace ni una semana que me crucé con Paquita en el parque y la pregunta de siempre, que a veces pienso que lo hacen con recochineo:

                ¿Qué tal Adela?, ¿sacando a pasear a Eusebio?, ¿cómo está hoy? Parece que tiene mejor color.

                De la rabia doy un empujón a la silla de ruedas y Eusebio, a consecuencia del impulso queda doblado por la cintura y con la cabeza colgando.

                Pues ya ves hija, como siempre dando guerra, ¡que esto parece que no se va a acabar nunca! –le contesto mientras enderezo a Eusebio en la silla-

                Luego me quedo pensando muerta de rabia lo morena que está de tanto viaje a Benidorm y venga ir de aquí para allá con el Imserso. ¡Con la ilusión que tenía yo! Y mira lo que me toca…

                 Lo peor de todo es que yo nunca lo quise. A mí, el que de verdad me gustaba era Vicente. Tantos años juntos y va y me deja por una más rica, más fea, eso sí, pero más rica. Y es que a Vicente, siempre le gustó mucho el dinero y la buena vida. Así que Eusebio fue como un saldo porque, entradita en años, no me quedó más remedio que agarrarme a lo primero que se me presentara. El pobre siempre había estado enamorado de mí  y ahí lo tenía, esperándome. Al final no nos fue tan mal porque como a mí siempre me gustó mandar y él de tan apocado y corto casi ni hablaba, pues nos compenetrábamos bien. Hasta que le vino el pampurrio que lo dejó en una silla de ruedas. Yo creo que ahora me odia porque se dio cuenta de que nunca lo quise. Me lo dicen sus ojos y esa mano suya medio viva que intenta cogerme. Todo esto lo aguanto por mis hijos y por el qué dirán que sino donde estaba yo. ¡Vamos! Tomando el sol en Benidorm como Paquita.

                ¡Ay! ¡Por dios! ¡Qué aburrimiento!, estoy harta de esperar y de dar vueltas a la cabeza. ¡Por fin!, ahí viene el doctor. Volveré a preguntarle:

                ¡Doctor!, ¡doctor! Pero… ¿aún no se murió?

 

Xeres

Suplicio de amor.

Suplicio de amor.

 

No sabía nada, y me empeñaba en creer que el tiempo de los milagros crueles aun no había terminado.

 

Ella…

Lo evitaba

Lo buscaba

Sentimientos confusos

 

El…

La intuía

Se frustraba

En la búsqueda

Por ese amor

 

Tormentos del alma

Cruel despertar

Sentía ella

Gran batallar

 

El suplicaba

Lagrimas de sueños

Le ahogaban

Por alcanzar

Lo que un día tuvo

Dejándolo evaporar.

 

 

Bordex.

 

 

A DÓNDE IRÁN LOS SUEÑOS

 

 

A DÓNDE IRÁN LOS SUEÑOS

 

 

A dónde irán los libros

qué no logré escribir

A dónde los besos olvidados

Las caricias que apenas son un roce

Las palabras surgidas

De otros labios

Canciones cuyas notas no recuerdo

Caminos y senderos nunca hollados

Paisajes entre sombras

Mares que no conozco

Lejanos horizontes  ignorados

¿Se refugiaron en el fondo del alma?

Los habremos perdido y será necesario

Inventar otros mundos

Y  vivir más despacio

Y descubrir de nuevo

El aire, el sol, las nubes

Valorar cada roce y cada paso

Sentir la paz que habita en el silencio

En este vago caminar soñado

 

              MEX

Con los cinco sentidos

No sabía nada, y me empeñaba en creer que el tiempo de los milagros crueles aun no había terminado; vivía en un estado de angustia permanente y todo a mí alrededor, desde los detalles más insignificantes, se tornaba presagio de grandes males. ¿Cómo había empezado todo?... Yo no lo podía recordar pues se remontaba al momento mismo de mi concepción, cuando mi madre sintió cómo una corriente eléctrica le recorría todo el cuerpo:

-- Ya estoy preñada, dalo por hecho, será niña y de mayor solterona.

Mi pobre padre, con las piernas aun flojas por la corriente propia del momento, se permitió sugerirle que lo que ella tomaba por premonición no fuera tal vez más que la reacción normal de su organismo al placer.

--No sé de lo que me hablas, le contestó malhumorada recolocando los faldones de su camisón de franela,  pero tú vete preparando, no tendrás un heredero varón, será niña, feúcha y se llamará Emma.

Criada entre misales por parte de la rama materna, y libros de esoterismo por parte de la  paterna, mi madre, niña mimada de familia acomodada, no careció de nada salvo de sentido común…y como de tal palo tal astilla…

-- ¡Qué rara eres Emma! siempre buscándole tres pies al gato… las cosas son como son... muchas, inexplicables, otras, imprevisibles, injustas, irremediables… pero ¡a vivir que son dos días!… me aconsejaban constantemente las pocas personas que aún me frecuentaban.

--Pero es que no os dais cuenta de que…

--No, la que no se da cuenta de nada eres tú… ¿y tu sentido común?… ¿dónde está?

A esa pregunta no había podido responder nada. Si desde que tenía uso de razón utilizaba cinco sentidos ¿de dónde salía aquel sexto sentido del que me hablaban?

Tenía que averiguarlo y hacerme con él de la manera que fuera. Como habían tenido que pasar sesenta años para que tuviera noticias del sentido común, supuse que sería algo muy íntimo, situado en uno de esos lugares del cuerpo de los que las personas decentes no hablan; tenía que actuar con la mayor discreción. Don Rodolfo, vecino rico del quinto, viajaba a menudo a Paris de donde traía unas revistas; una vez leídas, se las dejaba al portero y, por su manera de esconderlas cuando alguien le interrumpía en su lectura, deduje que podría tratarse de cosas íntimas. Decidí hacerme con una al menor descuido del portero; y así lo hice. Cuando llegué a casa el  corazón me latía con fuerza; era el primer hurto de mi vida, estaba muy excitada. Me  quité el abrigo, me puse los anteojos de ver de cerca y me senté a la mesa donde había dejado la revista.  Muy manoseada,  se había abierto sola en una de las páginas cuyas esquinas, como pétalos de flor marchita, indicaban frecuentes lecturas.  Eran fotos de mujeres posando semi desnudas: unas de pie, otras sentadas en posturas muy incómodas y otras tumbadas sobre falsas alfombras persas o sofás de terciopelo. Sus lánguidos cuerpos de textura de masa de pan, de muñecas de trapo suave, parecían articularse y sujetarse para tal despliegue gimnástico gracias a las jarreteras de sus ligueros, al almidón de sus enaguas y a las ballenas de sus corsés. Sentí que me ruborizaba pero tenía que mirarlas  detenidamente si quería dar con el sentido común de una de ellas, o con un trocito por lo menos. Seguí con el dedo índice el contorno de sus manos, sus ojos, sus narices, sus labios, sus orejas… no quería que se me escapara ningún detalle; eran todas muy guapas y parecían sonreírme… de repente, sentí cómo una corriente eléctrica me recorría todo el cuerpo…  no podía ser más que una señal, la señal inequívoca de que seguía sin saber gran cosa pero de que, tal vez, había terminado para mí el tiempo de los milagros crueles, y empezaba el del sentido común.

                                       Elegantex

 

 

 

 

 

Relatos nonatos

Relatos nonatos

 

    Escribir es como ser padre.

    El virtuoso va a por la criatura y lo consigue a la primera. El mediocre (¡ay!) se pasa la vida intentándolo y nunca lo logra.

    Los hay que adoptan a sus vástagos y saben hacerlos suyos, como si fueran de su propia estirpe. Otros nunca superan la fase de acogida.

    Hay los prolíficos y hay los de producción única.

    Hay retoños excelsos que nacen de carambola porque sus creadores son escritores “de raza”. Otros en cambio, aunque deseados,  nunca llegan a nacer.

    Estos son los hijos que nunca tuviste que son como los libros que nunca has escrito.

 

   Lavox

Lo que no está.

Lo que no está.

Lo que no está.

 

 

Los libros que nunca he escrito.

Libros pensados

Libros escritos en la mente

Pero nunca en el papel

Paginas blancas

Palabras inexistentes

Que la luz no verán

Agraviadas y censadas por la voz

La voz racional

Reprimiendo sus efectos

En el intelecto del ser

Nunca nada antes

Fue tan condenado

Por no existir.

 

 

 

Bordex.

 

 

 

NUNCA

El libro que nunca escribí

yo nunca quise esconderme

en un seudónimo

las cadenas que nunca corté

la tristeza de aquel tango que nunca bailé

nunca me dejaron aprender

la vela azul que nunca apagué

el muñeco de nieve que nunca se derritió

las sombras que nunca me rozaron

el pájaro que nunca liberé

los silencios que nunca escuché

nunca me interesó

la textura de las piedras que nunca

tocaron mis pies

los ausentes y los desaparecidos que nunca

volvieron

las lágrimas que nunca derramé

la mano abierta que nunca cogí

la cometa amarilla que nunca hice volar

el barro que nunca modelé

yo nunca quise terminar  loca

imitando a Camille Claudel

las palabras que nunca dije

nunca nadie me hubiera escuchado

las bocas ávidas que nunca besé

el escalofrío de la tela que nunca

rozó mi piel

la pajarita de papel que nunca recorté

nunca sería libre fuera del papel

el grito que nunca quise oír

las presencias silentes que nunca advertí

los ojos negros que me miraron y

yo nunca vi

las promesas que nunca cumplí

la soledad del café que nunca compartí

nunca lo necesité

el calor de la hoguera que nunca

iluminó la noche

las montañas que nunca subí

nunca llegarás me decían

el abanico de nácar que nunca encontré

el cuerpo palpitante que nunca

acaricié

los muros que nunca salté

nunca pude ver el otro lado

el cuadro con gato mirando la luna que

nunca pinté

los caminos que nunca recorrí

las olas que nunca mojaron mis manos

la puerta con  rejas que nunca abrí

nunca me abandonó el miedo

el ruido ausente de aquel tren que

nunca cogí

la metáfora de la vida que

nunca entendí

los viejos amantes que nunca fuimos

para nosotros veinte años de amor

nunca fue el amor loco

aunque lo cantara  Jacques Brel

 

 

Xeres

Hijos de la luna

    Hijos de la luna

 

    Si la luna se fuera del cielo ¿se enfadaría el mar?

    No lo creo, pero sería una gran catástrofe. Sin el influjo de la luna, el mar se apagaría. Y con él muchos poetas:  

    magnos y diminutos, en verso y en prosa, escritores y peones camineros.

    Porque la luna, democrática, no hace distingos, los ilumina a todos por igual.

    Porque la luna es el sol de todos los poetas.

 

La Vox

Si te vas...

Si te vas…

 

Si la luna se fuera del cielo

El mar se enfadaría

Porque su reflejo en el agua

Desaparecería

 

Si la luna se fuera del cielo

El mar lloraría

Con lágrimas de barro

Se envolvería

 

Si la luna se fuera del cielo

El mar se embravecería

Anegándolo  todo

Para demostrar su ira

 

 Si la luna se fuera del cielo

¡Ay! ¿Que pasaría…?

 

 

 

Niní.

 

El enfado del mar

Si la luna se fuera del cielo, ¿estaría el mar  tan enfadado? pregunta un niño a su padre mientras en la noche oscura contemplan desde el acantilado un mar embravecido y furioso. 

                No hijo, si la luna se fuera del cielo el mar no se enfadaría, se quedaría triste. El mar se enfada cuando le hacen daño  –contesta el padre-

                Y ¿por qué se quedaría triste el mar? – pregunta el niño—

                Porque al mar le gusta que la luna se refleje en sus aguas, para poder acariciarla y jugar con ella y mecerla en las olas como se acuna a los niños cuando son pequeños. También le gusta mirarla cuando está en el cielo y se pone redonda y plateada. En las noches de luna llena el agua del mar se llena de hilos de plata que caen de la luna.

                Y ¿quién le hace daño al mar?, ¿los peces?, ¿o serán los pájaros? – vuelve a preguntar el niño mientras coge la mano de su padre-

                No hijo, ni los peces ni los pájaros le hacen daño al mar. Los peces y los pájaros aman al mar. Los peces viven en él y como es su casa la cuidan y la miman. En los fondos marinos, los peces tienen montañas, bosques de corales y abismos que son como toboganes por donde se deslizan. Algunos pájaros, como las gaviotas que tú conoces, cogen su comida del mar, se balancean en las olas y se dejan mecer por la brisa marina. Y a todos los pájaros, cuando viajan de un lugar a otro les gusta ver el mar y aunque vuelen muy alto les llega su olor y su sonido.

                Papá ¿cómo huele el mar?

                El mar huele a sal, a algas y a los mejillones que están en las rocas.

                Y ¿cómo suena?

                El mar compone música. Pero es una música tan especial que no todos saben escucharla. Pero yo te voy a decir como debes hacerlo. Si estás en silencio y afinas el oído, escucharás como el mar se cuela entre las grutas del acantilado, oirás el sonido de las piedras de la playa cuando el oleaje las mueve con su vaivén y la cadencia de las olas que rompen al llegar a la orilla de la playa. También, cuando llueve, las gotas de lluvia que caen al agua del mar forman una melodía y así irás descubriendo,  si estás atento,  mucha más música.

                Escuchando las palabras de su padre al niño se le iba dibujando una gran sonrisa, pero de repente su rostro se tornó sombrío y volvió a preguntar:     

                Entonces ¿quién es el que le hace daño al mar?

                El hombre. Es el hombre el que le hace daño. Y hay muchas formas de hacerle sufrir. Cuando eso pasa,  el mar se enfada y a veces con su enfado hace cosas terribles. ¿Te acuerdas de aquellas olas tan grandes que hicieron desaparecer un pueblo entero que estaba al lado del mar? – le pregunta el padre a su hijo-

                Si papá, me acuerdo, lo vimos en la tele y las olas tan grandes me dieron mucho miedo. –responde el niño asustado y apretando con fuerza la mano de su padre-  

                El niño vivía al lado del mar y una mañana,  cuando se levantó y miró por la ventana sólo vio una inmensa mancha negra que se perdía en el horizonte. Corrió asustado hasta la playa y allí pudo contemplar como aquella masa negra y viscosa cubría las rocas al pie del acantilado y llegaba con la marea hasta la mitad del arenal. Algunos pájaros, cegados por aquella sustancia pegajosa daban tumbos, otros aleteaban desesperados por desprenderse de ella. Y la mayoría yacían muertos. El mar, abatido y resignado, dejaba que olas mohínas y pesadas rompieran en la orilla y depositaran en ella peces muertos o agónicos.  Todo era negro, el mar, las olas, las piedras,  los pájaros, los peces,  las rocas… Y el corazón del niño también se quedó negro y supo que el mar se enfadaría muchísimo y que algún día, los hombres, serían castigados por aquello.

 

Xeres

DIVORCIO AMERICANO

DIVORCIO  AMERICANO

¿Estaría el mar tan enfadado porque la luna había decidido abandonar el cielo? Se preguntaba Ruth arrebujada entre las sábanas blancas de su habitación en aquel castillo, donde a pesar de llevar una semana ya, no se acostumbraba aún a su lobreguez sintiéndose permanentemente en vilo, asustándose ante cada sonido.

Se durmió con la imagen de aquel mar bravo y crespo aullando en aquella noche de total oscuridad, de “luna vacía” como le había contado su abuelo cuando llegó con aquella cara asustada, las facciones contraídas y la piel helada, de la mano de la aya y se tiró en sus cálidos brazos buscando el consuelo y calor del que carecía desde hacía casi seis meses cuando sus padres habían fallecido en un accidente de automóvil.

El abuelo antaño risueño y elegante, se había quedado postrado en una silla de ruedas tras conocer la noticia de la muerte de su querida hija y su yerno, y lo peor, sin ganas de vivir, a no ser por aquellos momentos en que volvía a sonreír con su pequeña en el regazo haciéndole carantoñas como si no hubiera transcurrido el tiempo, y se tratara de su Mimí.

Aquel día, le había contado una historia que la había dejado relajada y más tranquila, aquella de su infancia cuando paseando por el acantilado al atardecer, el rumor del mar en calma acompasando sus movimientos, y cómo se había sentado a leer quedándose completamente dormido hasta que un murmullo de olas le había hablado al oído avisándole de una fuerte tormenta que se acercaba peligrando su vida, abrió los ojos, y se encontró en la más absoluta oscuridad, echó a correr hacia el castillo entre truenos rayos y un potente diluvio, sólo una vez se dio la vuelta para darle las gracias al mar, viendo a través de la fugaz luz del faro aquel mar desconocido por la inusitada fuerza con que batía sus olas en ausencia de aquella siempre presente luna.

Llegó a salvo, una partida de hombres junto al sheriff del condado, aparecieron entre la negrura empapados y con la desesperación pintada en sus húmedas caras pues creían haberlo perdido para siempre.

                              Sesyx

TINIEBLA

TINIEBLA

 

Si la luna se fuera del cielo

 el mar lloraría

navegando a la deriva

inquieto oscuro enfurecido

 buscando la salida

 

sin luz sin vida

opaco y triste

como yo en las noches sin luna

cuando no estás tú

                                                                                                                   Distrax

Luna.

Luna.

LUNA.         

 

Si la luna se fuera del cielo ¿estaría el mar tan enfadado?

-¿Es una pregunta, o una reflexión?

-Bueno… se me ocurrió

-¿Por alguna razón especial?

_Piénsalo. Es tan profundo…

-Es complicada la repuesta, porque si la luna no estuviera en el cielo, habría muchas limitaciones, en particular ¡imagínate a los poetas!  Cuantos y cuantos poemas dedicados a la luna… incluiríamos también, a los enamorados, a los astrónomos a las sombras de la noche deslizándose con la única luz de la luna; a sus cambios influyentes en la tierra. Sin olvidarse de sus fervientes adoradores, a trovadores, músicos…

-Si valoramos todas estas cosas y muchas más, la hermosa y majestuosa LUNA, es imprescindible para todos.

-Exponiéndolo de esa forma, no parece tan romántico.

-Yo pienso lo contrario. Analiza punto por punto todo esto y verás claramente la respuesta.

 

 

 

Bor…

 

Si la luna se fuera del cielo

Si la luna se fuera del cielo, ¿estaría el mar tan enfadado?

 

El velero salió del puerto al anochecer. La luna llena también salía en ese momento,  una luna enorme que alumbraba el camino en la ría. Al cruzar la bocana todo cambio. Empezó a sentirse las rachas de viento que empujaba al velero. Había un violento mar de fondo, crujía el maderamen del barco, una fuerte corriente nos empujaba al oeste, los enormes trenes de olas, grandes burros de agua se sucedían uno detrás del otro sin cesar, el velero subía la cuesta y descendía rápidamente del otro lado. Íbamos en zigzag, sacudiéndonos de un lado a otro, un sube y baja como en una montaña rusa.

 

El capitán nos había informado al llegar al puerto que no había peligro, pero se sentía en el ambiente, el mar furioso golpeaba el malecón y pasaba por encima, no habían permitido la salida de yates y embarcaciones de fondo plano, podían volcar en un descuido. Un velero no se voltea nos había explicado el capitán, tenemos permiso de la capitanía de puerto para zarpar. Y así lo hicimos zarpamos al anochecer coincidiendo con la salida de la luna que llenaba todo el océano con su luz.

 

Era mi primer viaje en velero y además de noche, era escalofriante todo el velero se sacudía, se sentía el esfuerzo en las subidas y la liberación corriendo cuesta abajo al terminar de subir, al llegar abajo de nuevo se iniciaba otra subida, las diferencias de nivel eran mayores de ocho metros. ¿Por qué se enfadaba el mar?, Si la luna se perdiera del cielo, quizás el mar se calmaría, pensé agarrándome con fuerza del mamparo de babor.

 

El capitán desde el timón dirigía el velero conversando como si no pasara nada. Una ola golpeó la amura de babor y nos llenó la cabina de agua salada y fría. El capitán amarró el timón y bajo al camarote, volviendo en un minuto con bañador y continuo la conversación diciendo así estamos mejor  y no nos importará mojarnos. Nos recomendó hacer lo mismo. Y siguió como si nada hubiera pasado.

 

Ya en bañador al cabo de una hora larga, logre calmarme y asomado a la barandilla, la luz de la luna me permitía ver los trenes de olas que se acercaban lentamente desde el nordeste, y pude empezar a admirar el espectáculo que se me ofrecía: un cielo estrellado inmenso, un mar oscuro, enorme y crispado, pude sentir el ruido de las olas y el viento empujando al velero. Seguía siendo impresionante pero a la vez era hermoso. La imagen era grandiosa.

 

Ojala pudiera describir lo que sentí en las siguientes ocho horas que duró la travesía, horas de lucha contra el mar enfadado, bueno realmente quien tuvo que luchar fue el capitán que tenía que soportar la arremetida de las olas y la corriente, para mantener el timón y no perder el rumbo. Yo estaba, sujeto al mamparo y a la barandilla disfrutando del espectáculo gratuito de luz y sonido que me regalaban un océano inmenso, un cielo estrellado y una luna redonda grandota riéndose del mar enfadado.

 

Bulldox

OLVIDO QUE TE OLVIDÉ

 

 

 

 

 

OLVIDO QUE TE OLVIDÉ

 

 

 

 

Me olvido que te olvidé

Que para mí ya no existes

 Y sueño volverte a ver

 

 Y, a veces, creo escuchar

Cerca del viejo molino

Tus pasos y tu cantar

 

Y si la brisa recuerda

Tus caricias en mi piel

Yo olvido que te olvidé

 

Oigo tu voz que me llama

Porque de nuevo es ayer

Y olvido que te olvidé

 

 

                        MEX

DESDE EL SILENCIO DE UNA PLAYA

Masticando silencios

para llegar a la Esencia de la Palabra,

al ensordecedor mundo del

¿Por qué?

del

¿Comó?

del

¿De dónde ?

 del

¿A dónde?

                                                                                  Elegantex

Modo silencio (2)

Modo silencio (2)

 

Mastico

Tu silencio

Antiguo ya

¡Hace tanto!

Que el recuerdo se me hace

Trabajoso

Casi

El olvido releva

Tu silencio

Pero no

Más duro es el olvido

Porque

Tu silencio también

Es parte de la música

O eso creo.

 

LA VOOOOZ