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Teatro en estado puro

Teatro en estado puro: La misma materia que los sueños…

 

    Fascinados y en absoluto silencio, asistimos a la representación de La Tempestad de W. Shakespeare. El teatro era sueño, o ¿el sueño era teatro? La materia: una puesta en escena estudiada hasta el último detalle, llena de hechizo y lirismo, que nos hizo soñar (¡durante 2 h. y media!) que todo era real. El atrezo sencillo pero efectivo, logró que viéramos un naufragio en las tablas y una isla en la alfombra.

    El trabajo actoral fue sobresaliente al completo. Una maravillosa dicción en la lengua del bardo - en su v.o. medieval, sobretitulada en español - que sin embargo no restó una pizca de interés por su fuerza dramática (en el sentido inglés, donde drama es teatro). La representación de las ninfas, la arpía, etc. fue espectacular. Aderezado todo ello con un acertado juego de luces y la magnífica música en vivo, con percusión, voces angelicales, el sonido del mar… 

    La compañía se llama “The Bridge Project” (Proyecto El Puente): Un puente entre Brookling y Londres. Un puente, también, entre lo real y lo onírico, que nos condujo hasta el otro lado del espejo, donde habita la magia.

    Puro sueño, puro teatro…pura vida.

 

Xana

01/09/2010 11:45 tallerliterariosalinas Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

ADIOS A LOS LIBROS

ADIOS A LOS LIBROS

 

 

     Me gusta estar rodeada de ellos, olerlos, tocarlos… Muchos están inservibles, deteriorados por el paso del tiempo, la acumulación de polvo, las manchas de humedad…ya cumplieron su misión, pero soy incapaz de eliminarlos a pesar de que se amontonan en dobles hileras, en vertical y en horizontal. Sin embargo, hay momentos en los que no hay elección: hay que deshacerse de algunos…y las obras en casa son un imperativo perfecto.

    Los voy empaquetando: Los que quiero conservar, en unas cajas y, en otras, los que no. Aunque cambio varias veces de criterio, los trajino de una a otra, dudando si conservar algunos condenados. Mientras lo hago, releyéndolos me asalta, antigua, la memoria…

    Los hay de los que no recuerdo prácticamente nada, sólo el hecho de haberlos leído. Y los hay de los que, sabiendo que me encantaron, tampoco soy capaz de recuperar detalle alguno. Me justifico diciéndome que siempre queda el poso analítico, lo cual es cierto, pero me jeringa no tener más memoria descriptiva y no poder definirlos más que con simplezas del tipo “me gustó” o “no me gustó”. ¡Se la vie! Y aún así, sé muy bien cuáles sí y cuáles no, pero, sobretodo, aún reconozco muy bien aquellos que dejaron en mí una huella imborrable. Esos que son preciosos para mí por muy diferentes razones.

    El “Nombre de la rosa” o “La insoportable levedad del ser”, cuya lectura adolescente me marcó profundamente y, cuyas versiones cinematográficas - ¡las recuerdo! - son también excelentes. De “La pasión turca” me cautivó la novela, (la peli es un bodrio indigerible, con  la tópica/típica Ana Belén como protagonista, aunque gracias a ella – a la peli, no a Ana - me compré el libro). A Gala empecé a leerlo en sus famosas “Charlas con Troilo” (aquellas agudas reflexiones sobre lo divino y lo humano, en forma de tiernos diálogos hombre-perro) y lo abandoné con “El jardín secreto” por demasiado empalagoso, aunque nunca dejé de leer sus ocasionales artículos hasta que dejó, creo, de escribirlos. Él me abandonó a mí.

    Muchos de los libros que atesoro están relacionados con viajes. A Kundera lo descubrí unas navidades en Budapest, abrumada por los grados bajo cero y su belleza blanca. “El invierno en Lisboa” surgió de una ruidosa nochevieja - de cacerolas - en aquella ciudad. “Ventanas de Nueva York” lo adqurí en Burns and Noble, una calurosa noche de agosto, por el placer de consumir a las 12.00 a.m. en la gran manzana, la que nunca muerde, perdón duerme. El más entrañable fue quizás “El silencio de las sirenas”, que leí en su contexto, Las Alpujarras, donde sentí todo peso del misterio que rodea a la obra. De “El halcón maltés”, ví primero la película, una más de las obras maestras en B/N de Huston, que siempre ha sido mi director favorito.  Luego leí la novela, que también es una joya, y, casi a continuación ofertaron un viaje a Malta, directo desde Asturias, así que allá me fui. En Argentina nunca he estado y si embargo percibí muy bien el alma platense a través de Roberto Arlt, por los libros que me trajo un querido amigo, entre ellos incluso una edición de viejo.

     Echo de menos algunas novelas que me parecieron gloriosas. “El cartero de Neruda” me gusta tanto que siempre lo regalo y lo vuelvo a comprar, una y otra vez. “El marino que perdió la gracia del mar” de Mishima, que me invadió por su belleza y crueldad, a partes iguales. “El perfume”, que despertó mis instintos, además del olfativo… ¡se habrán quedado ¿olvidados? en la estantería de algún amigo!

    Por cierto que los libros, como los amigos, te traen recuerdos, o no. Unos pasan por tu vida sin dejar rastro (ni falta que hace), otros se tambalean en la cuerda floja de tus emociones (van y vienen, como la memoria). Los que valen, los que te valen a ti porque, sin tener un valor mesurable en ningún sentido, dejan huella…esos estarán siempre contigo.

    Finalmente, lleno varias cajas con los rechazados y me despido de ellos ¿para siempre?: Hay que hacer hueco para nuevas historias literarias…y vitales.

 

Xana

El tenedor...

ELTENEDOR DEL MUERTO

En más de una ocasión, había tenido la oportunidad de escuchar algunas anécdotas de labios de su abuelo, sobre cómo habían transcurrido los difíciles días, cuando siendo joven le había tocado luchar, en la injusta y sangrienta guerra civil

Aquellas historias, solían surgir cuando en la televisión, se ponía algún reportaje sobre la contienda, o alguna película relataba hechos de la misma.Una de las que más le llamaban la atención, era aquella que su abuelo recordaba como más cruenta y emotivamente, una de las que más le afectaban.

Había sucedido no muy lejos de donde vivían. Era en una de las colinas cercanas al mar, y en la que aún quedaban restos de aquel emplazamiento, que había sido para un pequeño cañón, que trataba de proteger un posible desembarco por aquella ensenada anterior a la playa. El bunker de hormigón, todavía estaba intacto, nadie se había molestado en destruirlo ni enterrarlo. De algún modo parecía como un símbolo más, dejado por los vencedores para recordar su gesta “heroica” y a la vez fratricida. Algo que el abuelo trataba siempre de hacerle comprender ya que él había luchado en el bando republicano.

Nunca se le había ocurrido acercarse hasta aquel lugar, pero en aquella ocasión, seguramente como para honrar la memoria de su abuelo ya fallecido, se acercó hasta el bunker. Trató de imaginarse el sistema de trincheras que su abuelo le había descrito con tanto detalle, y aunque estas si estaban ya cubiertas por una capa vegetal, todavía se podía adivinar su trazado.

Había llovido abundantemente los días anteriores, y en una parte de estas trincheras, la capa de manto vegetal había desaparecido por causa de la torrentera, se acercó a mirar y algo llamó su atención. Saliendo de una de las paredes que había lamido el agua, aparecían los dientes de lo que podría ser un tenedor. No lo dudó un instante y aun a riesgo de enlodarse, bajó y tiró de él.

 Inmediatamente, vino a su memoria la historia que la había contado el abuelo: << era mediodía, estábamos en la hora del rancho y no había aviso alguno de ofensiva, cuando aquellos aviones aparecieron de la nada; no tuvimos tiempo ni de posar los platos para parapetarnos, las bombas empezaron a estallar y luego las ametralladoras remataron lo que las bombas habían comenzado, solo yo, arrastrándome con la herida que más tarde me costó perder la pierna, logré meterme en el bunker y refugiarme del ataque, todo el destacamento perteneciente al 8º batallón había desaparecido>>.

Limpió con cuidado aquel viejo y renegrido tenedor y en su mango apareció una inscripción “A. R. G. 8º Batallón”. Era evidente que, tras la muerte de su abuelo, aquel tenedor ahora era de un muerto.

Sandex, 18 de Agosto de 2010

28/08/2010 15:10 tallerliterariosalinas Enlace permanente. sin tema Hay 1 comentario.

EL TENEDOR...

EL TENEDOR…

 

            Anoche soñé que volvía a la Casa del Río. La verja extrañamente estaba abierta, las varas de hierro pintadas de negro rematadas por las doradas puntas de lanza brillaban al sol y la vieja señora asomada a la ventana que tenía abierta me sonreía. El sol hacía brillar los colores de los cristales que dibujaban el gran escudo. A la izquierda, la cancela que conducía a la escalera del embarcadero estaba cerrada. Sabía que no podía ser. La señora sólo se asomaba a la ventana que daba sobre el río como si quisiera ver siempre el fluir del agua y en su cara, generalmente pálida, la sonrisa estaba ausente. Solo amabilidad y melancolía aparecían en sus ojos claros. Ahora no. La alegría que yo nunca le había visto estaba presente en su rostro y al notar mi desconcierto levantó la mano para saludarme y mostrar el estuche de terciopelo azul. Al verlo, levanté mi mano hacia la suya para recogerlo. Entonces la bruma lo cubrió todo…

            No podré volver nunca a la Casa del Río. Lo sé. Pero a veces, en mis sueños, vuelvo a aquellos días. Veo correr a Manuel por el jardín, oigo sus risas y las mías y las voces de Julián, el criado que vigilaba nuestros pasos e impedía que bajáramos la escalera para llegar a las barcas. Y, a veces, vuelvo también a aquel plomizo día de diciembre, frío y ventoso. El río estaba cubierto por una blanca capa de hielo desde el día anterior cuando unos muchachos se deslizaban jugando sobre él. Nunca he podido recordar más, ni siquiera en sueños.

            Esta mañana, al buscar  mis papeles en la mesa del comedor, he visto el estuche de terciopelo azul con el pequeño tenedor de plata que me regaló la señora como recuerdo. Mientras yo estaba recuperando mi cuerpo y mi mente fue a visitarme. Primero fue de su tío, de él heredó también su nombre, le dijo a mi padre al entregárselo. Y añadió: Se fue por el río. Como él. Hoy sobre la mesa  había otro estuche muy parecido. Al abrirlo vi una cucharita también de plata con iguales adornos en el mango y con la misma inicial en letra mayúscula, la M. Cuando le he preguntado a Ana, su respuesta me ha sorprendido: Lo mandaron ayer. Es un regalo para nuestro pequeño Manuel. Pero la tarjeta no tenía firma. Solo una dirección, la del Hotel Río. Ya sabes. El que construyeron sobre la vieja casa…

 

                                              MEG

Satán...

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Satán

 

 

Cuando Satán llame a tu puerta

no lo dejes entrar.

No escuches su voz que,

siempre será dulce,

será convincente,

pero nada es verdad.

Busca tu alma,

débil, vulnerable…

te atrapará en su mundo,

sin dejarte escapar.

Sufrirás las penas

del sufrimiento,

esas que anulan la vida

por seguir el camino

errado.

Fácil es caer

en sus brazos acogedores,

de promesas inútiles.

Cuando Satán llame a tu puerta

no lo dejes pasar,

será el final de tu vida…

y de tu libertad.

 

 

 

 

 

 

El tenedor del tío muerto

El cuerpo de mi tío Ambrosio tenía la forma de una vara de hierba. Su cabeza, coronada por cuatro pelos negros e hirsutos, era alargada y sus ojos, redondos y saltones, estaban cubiertos por una cejas tan pobladas que se unían la una con la otra, formando una línea recta y negra en la parte baja de la frente. La nariz llegaba con su curvatura hasta la altura de su boca que, pequeña y de labios finos, permanecía siempre fruncida dibujando una O que se abría y se cerraba de forma intermitente. El cuello, delgado y largo, se unía a unos hombros estrechos y femeninos y a partir de aquí, el cuerpo de mi tío comenzaba a  aumentar e iba tomando la forma de pirámide de las varas de hierba. Los brazos, redondos y llenos, enmarcaban un torso barrigón que, a la altura de su cintura, se articulaba en rodetes de grasa que llegaban hasta la pelvis. Las caderas, anchas y rollizas, apoyaban en unas piernas rechonchas y cortas, formadas por pliegues de carne superpuestos que se detenían en la rodilla. Y desde aquí, en el corto tramo que mediaba entre la rodilla y el pie, dos gruesas columnas de color morado que se unían a unos pies demasiado pequeños para sustentar aquel peso.

            Una de las cosas que recuerdo con especial repugnancia de mi infancia era el beso que me veía obligada a darle a mi tío Ambrosio. Todos los veranos, cuando volvíamos de vacaciones al pueblo, mi madre nos obligaba a mi hermano y a mí a besar al tío. Mi hermano lo hacía sin ningún reparo ni escrúpulo, pero yo me acercaba con asco y al mirar su boca, que se abría y se cerraba como la de un pez, mi estómago se revolvía y luego, cuando rozaba con mis labios su piel fría y rasposa, en ese segundo que duraba el roce, tenía la sensación de estar besando un sapo. 

            El tío Ambrosio que se había quedado soltero y vivía en el pueblo con mi abuela tenía un único motivo para vivir, la comida. Su capacidad para engullir parecía no tener fin. Cuando se levantaba por la mañana mi abuela ya le tenía preparada la mesa. Sobre un mantel de cuadros rojos y blancos el tazón del desayuno, el plato con la mantequilla, los botes con la mermelada de tres clases, ciruela, manzana y melocotón y las rebanadas del pan de hogaza recién horneado. Mientras daba cuenta de estas viandas, mi abuela le freía un par de huevos fritos con tocino que él devoraba sin dar tiempo a que enfriaran. Un día, que venciendo la repugnancia me dediqué a observarlo, comprobé que no masticaba.  En el momento  en el que la comida entraba por sus labios no se detenía en su cavidad bucal, pues sus mandíbulas permanecían inmóviles sino que pasaba directamente a  su cuello  que, como un enorme buche, se inflaba y se desinflaba para dar paso a las viandas.  

            El tío Ambrosio no se limitaba a tres comidas diarias, desayuno, comida y cena. Tampoco a cinco, si incluimos un tentempié a media mañana y la merienda a media tarde. El tío Ambrosio comía todo el día, a todas horas y todo lo que quedaba al alcance de sus manos. Y cómo había viandas que no podía coger con las manos,  llevaba siempre en el bolso de la camisa un tenedor y una cuchara de alpaca que lo sacaban de apuros. Y así mientras mi abuela guisaba por las mañanas, mi tío, con su enorme barriga colgando por encima del cinturón del pantalón,  se sentaba en una silla al lado de la cocina y metía la cuchara en la sopa, en el puré o en el cocido y pinchaba con el tenedor los trozos de carne guisada, las patatas fritas, las croquetas o cualquiera de las cosas tan ricas que nos hacía mi abuela cuando íbamos de vacaciones. Y por la tarde, siempre caían un bocadillo de chorizo y un café con un  paquete de galletas de chocolate que no le quitaban el hambre para la cena.

            El último domingo del mes de agosto se celebraban las fiestas en honor de San Fabián, patrono del pueblo, que coincidía con ser el último domingo de las vacaciones que la familia pasaba reunida, por lo que mi abuela lo festejaba siempre con una comida que tenía lugar en el prado detrás de la casa. A la sombra de los manzanos colocaban una larga mesa cubierta con manteles de hilo y ese día se sacaba la vajilla de las ocasiones. De una rama a otra de los árboles colgaban banderines de colores  y mi tío Ernesto tocaba el acordeón. Como era un día especial la comida también era especial. Entremeses variados, sopa, arroz con conejo, lechazo con patatas al horno, casadiellas ,compota de manzana, y natillas se sucedían en este orden. Y hubiera sido una fiesta como la de todos los años sino fuera porque entre la sopa y el arroz con conejo el tío Ambrosio se desplomó sobre el plato. Al principio nadie se percató de lo sucedido hasta que sentimos a una de mis primas pequeñas decir:

            - El tío Ambrosio se está ahogando en la sopa

            El tío con la cabeza metida en el plato de la sopa tenía un brazo colgando al lado del cuerpo mientras que la mano del otro, colocado encima de la mesa, aferraba el tenedor con un humeante trozo de conejo.

            Una vez superado el estupor inicial y tras comprobar que estaba muerto, se decidió no moverlo de la posición en la que se hallaba hasta que llegara el médico y certificara su muerte, pues alguien dijo que, en este tipo de fallecimientos si se cambiaba de posición al difunto, podía haber algún problema.  Como fuera que al ser día festivo también lo era para él médico, se tardó en localizarlo y los de la funeraria se demoraron porque también estaban de celebración y entre una cosa y otra, pasaron como una doce horas y cuando por fin se pudo mover el cuerpo del finado para meterlo en la caja se encontraron con un problema. El tío Ambrosio tenía ya rígida la mano que sujetaba el tenedor y no eran capaces de abrírsela para que lo soltara. Unos decían que lo mejor sería enterrarlo con el tenedor en la mano, otros que debería cortársele la mano, pues después de muerto ya no se sangra tanto. Al final el criterio que se impuso fue el de mi tío Manuel que decidió traer unas tenazas para abrir uno a uno los dedos del tío Ambrosio. Tras unos desagradables chasquidos a hueso roto lograron abrir su mano y el tenedor de mi tío muerto pasó a engrosar la cubertería de mi abuela compuesta de piezas sueltas pues ella, por miedo a pasar las carencias que decía había sufrido en su niñez, nunca tiraba nada.

            Seguimos volviendo al pueblo a pasar las vacaciones de verano hasta que mi abuela se murió y cuando nos sentábamos a la mesa a comer y mi abuela repartía los cubiertos al que le tocaba el tenedor del tío muerto siempre gritaba:

            - ¡No! ¡El tenedor del tío muerto no!

            Y aunque nuestros padres nos reñían, pude comprobar que si a ellos les tocaba el tenedor del tío muerto lo apartaban con disimulo, o lo cambiaban por el de otro comensal hasta que acababa en el cajón de los cubiertos.

 

Xeres

EL TENEDOR...

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El tenedor del tio…

 

 

 

Había una vez un tenedor al cual nadie quería, siempre estaba sólo en un rincón, apartado de todos; el no comprendía ese desprecio que no ocultaban en demostrar y que nunca tenían la delicadeza de integrarlo como a todos los demás en aquellas fabulosas fiestas. Los acicalaban con dulzura, bañándolos en aquella misteriosa agua que despedía unas burbujas muy agradables y frotándolos después, hasta quedar tan brillantes como el mismísimo sol. El jamás había experimentado tal gozo, ni había sentido los dedos de una hermosa dama tocando su menudo cuerpo ¿por qué me hacen esto? Se preguntaba en la soledad de aquel cajón húmedo y maloliente.

Así los días vacíos y tristes continuaban para aquel pobre tenedor que no entendía el motivo de su existencia.

Un día desde el alba, la casa se había trasformado en una autentica algarabía. Todos los habitantes trabajaban sin cesar para que todo resultase espléndido y, en la cocina empezaban a filtrarse exquisitos aromas, envolviendo hasta el rincón más oculto.

¿Otra fiesta? ¡Vaya! Otra vez me dejarán en la oscuridad… otra vez mis compañeros tendrán la suerte de ser los elegidos… otra vez sufriré la humillación de la indiferencia y el desdén.  Tan triste estaba pensando en su mala suerte, que no se percató de unas manos suaves elevándolo hasta una altura superior  a la habitual. Asombrado y confuso por estar tan cerca de una mujer bella, descubriéndola, como la prometida de un habitante de la mansión.

¿Por qué está este tenedor tan hermoso apartado de los otros? –La oyó decir-

Señora- no lo toque por favor, es el tenedor de un tío muerto del señor y a nadie de esta casa le gusta.

¡Es gracioso! ¿Acaso temen la resurrección de ese tío? No te preocupes por nada; yo me lo llevaré conmigo para que acompañe a mis otros tenedores, herencia también de otros tíos muertos.

Aunque el destino no parecía muy alentador, al menos no estaría sólo.

 

 

Bordex.

 

 

 

 

 

El tenedor del tío Muerto

Aún no sabía escribir la palabra tristeza, pero sí, representarla: cuatro churros revenidos y una taza de chocolate humeante, o sea, una merienda en casa de la abuela Dolores.

Una vez al mes, mi madre y yo nos acercábamos hasta su piso de la calle Bretón de los Herreros. En cuanto franqueábamos el portón de entrada de aquel edificio, todo cambiaba: la luz, los sonidos (susurrábamos), la manera de desplazarnos (ya no andamos sino que nos deslizábamos sobre el impoluto mármol del suelo). Entonces, mientras mi madre contestaba al ceremonioso «Buenos días, Doña Soledad» del conserje, un hombre gris y enjuto, yo le apretaba la mano con más fuerza que nunca. En el ascensor, solo de subida, con su puerta de hierro forjado y cromados relucientes, mi madre me recordaba que me portara bien, que no tocara nada y, sobre todo, que no me acercara a la vitrina del comedor.

—Ya lo sé —suspiraba— ya sé que las cosas del tío Muerto no se pueden tocar.

 Como ya dije antes, no sabía escribir aún, pero, de no haber sido así, hubiera puesto mayúscula a «Muerto», tan convencido estaba que así era su nombre. ¿Acaso mi madre no se llamaba Soledad y la abuelita, Dolores? Entonces, ¿por qué no iba a poder un tío mío llamarse Muerto? De haber nacido niña seguro que hubiese heredado de aquellos tremendos nombres pero, por fortuna, era chico y me llamaba Juan; era de los pocos de mi clase que no llevaba el nombre de su padre o de uno de sus antepasados… ¡mejor!, mi padre se llamaba Críspulo…

 

La abuelita nos recibía sin grandes aspavientos; se limitaba a abrazarme reteniendo, por unos segundos, mi cabeza entre su enorme pecho, a la vez que medio regañaba a mi madre por no venir más a menudo.

—Este niño se está haciendo un hombrecito y yo, sin enterarme.

Pero ninguna de las dos tenía mayormente ganas de peleas de verdad y, rápidamente, pasaban a hablar de cosas de mayores, de reuma, del tiempo, de entierros o bodas.

Después de un rato que me parecía eterno y que pretendía acelerar con un balanceo de piernas de segundero de reloj, la abuelita le pedía a mi madre que me llevara al comedor.

—Ya está todo preparado… cuidado con el chocolate, estaba muy caliente… aunque… como a cada visita llegáis más tarde, tal vez se haya enfriado.

 

Esto último, la abuelita Dolores lo decía bajando la voz y recolocando el tapete de ganchillo que protegía el brazo izquierdo de su butaca; el derecho no lo necesitaba, ya que se sentaba en el borde mismo del asiento, con la mano derecha siempre apoyada en su bastón, dispuesta a levantarse a atender a un supuesto invitado que no terminaba nunca de llegar.

 

Mientras intentaba tragar aquellos cuatro churros fríos y revenidos, (Arcadia, su asistenta de las mañanas, los preparaba antes de marcharse) oía como mi madre y la abuela seguían con sus conversaciones de mayores; llegaban a mis oídos entremezcladas con el tintineo de sus cucharillas en vajillas de porcelana y eran tan volátiles como aquel hilo de calor que subía de mi tazón de chocolate y al que, aburrido, seguía con la vista hasta verle desaparecer.

 

De repente, en el transcurso de una de esas meriendas en solitario, me di cuenta de que la vitrina estaba abierta; un olvido, supuse yo —había oído comentar a mi madre que, de vez en cuando, Arcadia sacaba brillo a todos aquellos objetos (de plata en su mayoría)—. El chocolate quemaba aún y no me lo pensé dos veces; me acerque despacio a aquel altar y, con mucho cuidado, deslice la mano hacia lo prohibido. Después de peinarme el flequillo con un cepillito suave de mango de plata, de manosear una medalla de santo, un vasito de plata también, vi un tenedor más pequeño de lo normal; me hizo gracia, lo cogí y, acercándome de nuevo a la mesa, intenté pinchar con él uno de los churros. Era un trabajo de precisión, fuerza y concentración y, justo cuando me llevaba el tenedor a la boca, oí a mi abuela detrás de mí:

            —Pero ¿qué haces? ¿qué haces? —balbuceó— este tenedor es de Juan, tu tío.

¿Juan?, ¿mi tío Muerto se llamaba también Juan?... ¿Juan Muerto?, ¿Muerto Juan? o ¿solo Juan y, como yo, niño cuando murió?... Eso no podía ser, yo era Juan, el único Juan y no estaba muerto, los niños no se podían morir. Aparté el tenedor de mi boca; su tacto, hasta ahora suave, me pareció frío y duro y me heló por dentro; lo deje caer al suelo y empecé a tiritar.

 

Aún no sabía cómo se escribían las palabras tristeza y muerte, pero sí podía representarlas y conocía hasta su sabor, olor y tacto; la primera sabía a churro revenido y olía a chocolate caliente, y la segunda tenía forma de tenedor, un tenedor de plata, de puntas frías y duras. 

 

 

perdon, pero me gusta el FÚTBOL

Perdón, pero me gusta el……………. FÚTBOL                                                                                                       

    

Un barrendero madrugador borra los restos de euforia. Hoy son amarillos y rojos.

Las callejas de la vieja ciudad recuperan la calma después de una noche reventada por la alegría, pólvora contenida que esperaba mecha hacía años.

Este verano mediterráneo golpea desde muy temprano y los primeros  ya desayunan, a la sombra, en las terrazas de los bares, se está muy bien.

En una mesa, un hombre con edad de abuelo mira atentamente un periódico. Lee la crónica del partido, campeones del mundo, está llorando, discretamente, pero no puede contener la emoción que con su artículo le transmite el igualmente emocionado periodista. Limpia sus lentes empañadas y vuelve a la lectura.

Tomo asiento un poco más allá, están regando la plaza y aún se está mejor. Mientras espero un café doble, hago lo propio con mi diario. Yo nunca compro un periódico deportivo. Hoy, lo he comprado, es más, he salido para comprarlo, y con intención de conservarlo.

A mi izquierda, una docena de personas comparten alegres una mesa grande,

Al cabo de unos minutos escuchando inevitablemente sus comentarios, ya sé que forman parte de la Corporación Municipal, el Ayuntamiento está a la vuelta de la esquina.

Hoy no se aprecian diferencias políticas, y como cualquier grupo de compañeros trabajadores en España, todos van a bloque. Ni siquiera las diferencias a muerte que se viven entre aficionados de distintos clubes durante la temporada de liga aparecen en ningún momento.

 Estos funcionarios, concretamente están discutiendo

entre bromas y croisans si proponer el nombre de “la roja” para alguna calle del pueblo.

Después del primer sorbo empiezo a leer. No es mi intención entrar en detalles meramente futbolísticos, pero si me gustaría reseñar que como en toda obra de arte, esos detalles fueron perfectos en esta ocasión.

Sin la perfección completa, el regocijo no llega al clímax. Ayer, llegamos al éxtasis…y muchos acabamos en la fuente haciendo el ganso, pero tan a gusto.

Lo siento por los no aficionados, pero creo que al mundo “serio” no le sobran ocasiones como para andar renunciando a sentimientos y emociones colectivas, y a pesar de “sus” sueldos, tan baratas a nivel individual. La gente quiere fiesta, y alguna, como esta, son únicas e irrepetibles, es la primera vez….

Todos saben que este deporte tiene algo de absurdo, que resulta desmedido el seguimiento que se realiza sobre 22 jugadores en pos de un balón…y miles de gilipollas mirando .Quizás la simpleza sea la base de su éxito en una sociedad tan “desarrollada”

Parece sencillo, tres palos, posiblemente una de las primeras estructuras fabricadas por nuestros ancestros, y algo que rueda y pasa entre ellos. Al margen de que meterla es un placer, y además no es fácil,(el gol es caro y lo caro se cotiza) está el hecho de utilizar los pies, un malabarismo circense sin las omnipresentes manos. Además, televisivamente, el fondo visual en todo momento es ese tranquilizante verde del césped. Esto no evita la aparición de la virilidad y a veces, la violencia, que no es propia del fútbol, lo es del ser humano.

 Si a mi vecinito de quince meses le pones una pelota cerca, trata de darle una patada, y sí, seguramente ya lo ha visto, pero comienza a darse cuenta de que sus piernas sirven para algo más que andar.

Siendo niño, nuestro juguete preferido, dentro de aquel elenco de tres, siempre era el balón. Unos años después de la posguerra, junto a nuestras viviendas  para obreros, aún no abundaban las pistas de tenis ni los campos de golf, además, nuestra talla tampoco nos permitía disfrutar mucho peleando por los rebotes del americano “basquet” y los Globe troters.

Lo que sobraban en nuestras ciudades y pueblos eran explanadas, polvorientos  e ilimitados campos sin urbanizar  o arenales y playas donde con cuatro piedras para las porterías, la ilusión infantil de abundantes hijos de familia numerosa y una mágica pelota más ó menos esférica te entretenías a diario, sin pilas, sin marcianitos, un simple y económico juguete “colectivo”, será malo…

Y es por eso, que en España, si un paisano tiene que devolverle un balón de baloncesto que se les ha escapado a los chavales en su partidillo, lo hará como quien lanza una piedra con la izquierda. En cambio, si la pelota es de fútbol, ¡Ay! Si es de fútbol. Todos trataran de darle ese efecto personal que desarrollaron a lo largo de su juventud, ese toque futbolero. Por eso este es un deporte tan popular. Pocos son los que no han dado unas patadas a un balón aquí o allá. Eso  ofrece la posibilidad de discutir los detalles, de saber de que se está hablando, al margen del nivel intelectual o social., identificarse con ello, y tener opinión, muy importante. Popularidad. En España la mayoría de las personas, sobre todo los hombres, siempre han entendido de fútbol, dicen ellos; Ahora también de Fórmula 1, ojo.

Vuelvo a Peñíscola. Ahora paseo por el mercado. Viene a ser como los de Asturias, pero con más calor y más razas. Huele a melón maduro y axila africana.( desde que empecé en el taller huelo más, ando por ahí como un perro)

En un puesto musical regentado por un fornido senegalés que lleva la camiseta con el nombre de Villa (manda h.) la cantante Sakira concluye cada cinco minutos diciendo que “esto es África”. Otros dos mandingos el la línea, portan bufandas de la selección española, bien ajustadas y acabo de ver que el termómetro de la farmacia marca 37º C.

Pocas cosas son tan universales como el fútbol, un conjunto de movimientos, de lenguaje corporal, una danza diría, que se baila en todos los lugares y para la que no necesitas manejar ningún idioma ó religión, al alcance de mudos, sordos e incluso, lisiados, gays y medio gays, hombres y mujeres, curas y rabinos, artistas y poetas, extraterrestres y galácticos. El fútbol como todos los deportes y todas las actividades físicas son una continuación del ser humano y de sus miembros, lo mismo que pensar o inventar, enseñar o aprender. Es humano desde tiempos de los mayas, en cuya época, era tal el honor de ganar, que los triunfadores en el partido eran sacrificados a los dioses. Yo personalmente, me quedo con el sistema de primas actual.

Sigo paseando a la vez que busco desesperadamente una cerveza…

Infinidad de ventanas y balcones lucen esta bandera a la que le han suprimido el color morado. Supongo que para ahorrar tinte. De hecho creo que pocas veces he visto lucir el trapo con tanta inocencia, sin que su lucimiento coloque a nadie en ninguna de las dos Españas.

Realezas (estos sueldos si que me molestan) y votados se suben al carro, siempre a toro pasado (con perdón, solo faltaba empezar ahora con los toros. Aprovecho: TOROS TORTURA)

Podría aportar muchos detalles más a favor y en contra del fútbol. Él está ahí, para quien lo quiera disfrutar y también, gratis, para quien lo quiera odiar.

OÉ OÉ OÉÉÉ

 

mogox

La zorra y la liebre.

 

 

La zorra estaba al acecho,

mientras la liebre comía,

esperaba, esperaba

pero no se decidía.

 

 

La liebre se fue corriendo

nada la detenía.

Y la zorra con el hambre

apenas se movía.

 

 

A la liebre le dio pena

y hasta ella se acerco,

pero antes de darse cuenta,

en un tris, se la comió.          

 

 

(Moraleja)

 

Nunca te fíes de la apariencia.

Por ser buena, acabaste, ofreciéndote de cena.

 

 

Bordex.

 



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