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Figuras geométricas

 

Apoyado en la barra, llevaba unos minutos jugueteando con las migas de un pincho que acaba de tomar; con el dedo índice las juntaba  en un montoncito para volver a separarlas creando figuras geométricas… absorto, no la oyó entrar ni sentarse a una mesa; se había colocado de espaldas a la barra y en el sitio más céntrico de aquel barucho. Juan no sabía mucho de metáforas pero al reparar en ella lo primero que le vino a la mente fue la imagen de una mierda en un solar… el bar estaba prácticamente vacío y aquella mujer, sentada ahora  muy al borde de su silla como para evitar mancharse, no había escogido la mesa junto al ventanal, ni la del  rincón junto a la puerta… no, había ido directamente a la mesa más céntrica, a la vista de todos—y ésto no cuadra--pensó Juan.

 Luego, al cabo de un rato observándola, ahí, sentada muy recta,  pensó  en aquellos dibujos de pasatiempos con sus siete errores… en un sitio como ese, todo en aquella mujer era un error:  su manera de vestir, de comportarse, su tono de voz…

--Un coñac por favor.

La camarera, al igual que Juan, habrían apostado sin temor a perder, a que la extraña pediría un descafeinado de maquina pero… otro error más.

Con los brazos hacia atrás y los codos apoyados en la barra, Juan se encontraba ahora de cara a la calle tal como lo estaba la mujer del traje de chaqueta caro, y sus ojos se posaron en su largo cuello dejado al descubierto por un moño en forma de caracola; últimamente, le hacía falta más que un cuello para “ponerle” sin embargo, aquel cuello de piel blanca, sí que le ponía… entrecerró los ojos para  dejar que, mentalmente, sus labios lo recorrieran. Con movimientos casi imperceptibles, la mujer empezó entonces a ladear el cuello de un lado a otro como queriendo abrir  los caminos que la lengua de Juan iba trazando. En el bar, ya no quedaba nadie salvo la mujer de la mesa del centro y él…  la camarera trajinaba en la cocina contigua a la barra. Juan había vuelto a abrir los ojos; todo en la actitud de la mujer de espaldas a él le estaba invitando a ir más allá: sus dedos habían abandonado el vaso de coñac para agarrarse a los laterales de la mesa, y sus pies, liberados de sus zapatos de tacón, estaban de puntillas debajo de su silla; se  ofrecía a él con la misma naturalidad con la que había pedido una copa de coñac y, sin moverse de su sitio, Juan siguió abriendo caminos imaginarios, cada vez más apartados y sin embargo cada vez más familiares, por todo ese cuerpo que no podía fingir no reconocer por más tiempo: unos pechos firmes, un culo hermoso… sí, era Julia...  y la tomó por detrás como tantas veces lo había hecho en aquel diminuto cuarto de estudiantes en un sexto sin ascensor junto a la universidad. Cuando volvió a la luz fluorescente del local, y antes de darse de nuevo la vuelta hacia la barra, Juan pudo ver el perfil de Julia, el mismo que  cuando ella le decía—sigue, sigue--  : su respiración algo entrecortada, la aleta derecha de su nariz tensa  y una de las venitas de su sien aleteando como una mariposa presa en un bote de cristal.

Pero ya entraba alguien en el bar y  la mujer  se agachó discretamente  para volver  a  calzarse… luego, sacó un cigarrillo de su bolso, dio unas cuantas caladas, lo apagó casi entero en el cenicero que tenía a su lado, apuró su copa y salió. 

Apoyado en la barra Juan  jugueteaba con las migas de un pincho que había tomado; con el dedo índice las juntaba  en un montoncito para volver a separarlas  creando figuras geométricas… absorto, no la oyó marchar.

                                                                                              dominique

30/01/2009 20:46 tallerliterariosalinas Enlace permanente. sin tema

Comentarios » Ir a formulario

Autor: Mercedes

Me parece que está muy logrado tanto el ambiente como las sensaciones, pero eso es algo que creo que siempre consigues.

Fecha: 02/02/2009 16:26.


Autor: Anónimo

erótico y elegante...

Fecha: 07/02/2009 14:44.


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